El gran desajuste

Luis Rubio

A la memoria de Adolfo Sánchez Rebolledo

Charles Dickens, el gran autor británico que relató la enorme dislocación y empobrecimiento que representó la revolución industrial, comienza Historia de dos ciudades con su extraordinaria perspicacia: “Fue el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y también de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas. La primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo teníamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo, y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado  superlativo”. La historia se repite.

El gran tema del mundo en los últimos lustros es, nuevamente, el gran desajuste: la realidad avanza mucho más rápido que la capacidad de los gobiernos y las instituciones de adecuarse. La tecnología provoca grandes cambios en la economía y las familias, dislocando empresas, fuentes de trabajo y modos de producir, consumir y vivir. Así como la revolución industrial destruyó millones de empleos agrícolas, la revolución digital está alterando el statu quo en todos los frentes. Quien visitó alguna fábrica hace tres o cuatro décadas y lo vuelve a hacer en estos días notará una obviedad: la producción crece exponencialmente pero no así los empleos. Hace medio siglo se requerían dos trabajadores por telar; hoy un solo empleado, manejando una computadora, es responsable de hasta diez mil telares. El impacto social es evidente.

Pero la dislocación digital es infinitamente más compleja que la experimentada hace dos siglos porque, aunque desplazó muchos empleos agrícolas con la incorporación de maquinaria en el campo, el tipo de actividad no cambió radicalmente: en ambos casos, en el campo y en la industria, los empleos requerían habilidades manuales para trabajar las líneas de producción. En contraste, el trabajador promedio de una línea de producción industrial no tiene las características que requiere la era digital, donde se requieren habilidades intelectuales producto, en buena medida, del proceso educativo.

Dos cosas resaltan de observar la evolución de la industria automotriz en el país, quizá la más avanzada del sector industrial. Por un lado, la habilidad que han tenido los trabajadores para remontar las deficiencias del sistema educativo con que llegaron: cursos de entrenamiento y la enorme capacidad de adaptación que es típica del trabajador mexicano han permitido elevar la productividad y competir exitosamente con el exterior. Por otro lado, los procesos industriales que se localizan en el país siguen siendo, bajo comparaciones internacionales, relativamente simples. Es decir, el sistema educativo constituye un enorme impedimento a la incorporación de los sistemas productivos más avanzados del mundo, esos que vienen acompañados de los mejores empleos, los que más pagan.

La disfuncionalidad del sistema educativo es sólo un síntoma del problema más amplio que padece el mundo: no hay país, por desarrollado que sea, que no esté experimentando el mismo tipo de desajuste. La manifestación política de este fenómeno es evidente en el fortalecimiento de la extrema derecha francesa, el ascenso del populismo estadounidense en la figura de Trump e, incluso, en el atractivo electoral que, en su momento, representaron figuras como Chávez en Venezuela y los Kirchner en Argentina. Quienes se sienten atosigados por el ritmo de cambio, muchos de quienes han perdido empleos o viven con sueldos miserables, son carne de cañón propicia para estos movimientos. El mismo fenómeno ocurrió al inicio de la revolución industrial y no cejó sino décadas después, cuando la sociedad y sus instituciones lograron adecuarse a las nuevas realidades y sumarse a la nueva era económica. No hay razón para pensar que esta vez será diferente, pero eso implica décadas de dislocación, con las consecuencias que eso entraña.

Hoy en día existen mecanismos de ajuste (seguridad social, afores, pensiones, programas como Prospera) que permiten atenuar los costos más evidentes de estos desajustes, pero el fenómeno político no es distinto. Es decir, quizá los estragos humanos sean menos extremos, pero los impactos políticos sin duda lo serán. Las personas que pierden sus empleos, que no encuentran empleo o que tienen empleos improductivos, inevitablemente se suman a las filas de los frustrados que animan las soluciones populistas. Si a esto agregamos lo que inexorablemente tendrá que venir, la reestructuración de monstruos como Pemex, la dislocación política será enorme porque ahí no sólo se perderán empleos, sino que los perderán grupos sociales y sindicatos que por décadas han sido intocables y desarrollaron toda una cultura militante y agresiva. Las reverberaciones de la quiebra de Luz y Fuerza en la figura del SME habrá sido juego de niños comparado con lo que podría venir de Pemex.

México está particularmente  mal pertrechado para enfrentar el desajuste que viene. Tenemos instituciones débiles, un sistema de gobierno que ya de por sí era incapaz de lidiar con los retos de la era industrial y un gobierno ausente. Al mismo tiempo, ésta podría ser una gran oportunidad para transformar el sistema de gobierno y saltar dos etapas de un trancazo. El símbolo chino para crisis incorpora tanto peligro como oportunidad. La pregunta es cuál será nuestra preferencia.

 

 

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