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Construir el futuro

Luis Rubio

El futuro se construye, sea esto de manera consciente o no. El presidente, a fuer de sus acciones, decisiones y retórica, le va dando forma, quiéralo o no. A casi un año y medio de iniciada la administración del presidente López Obrador, hay dos cosas muy definidas: primero, que su objetivo es cambiar el futuro que venía construyéndose a lo largo de las cuatro o cinco décadas previas. Y, segundo, que tiene una serie de ideas muy claras y muy fijas respecto al futuro que pretende construir y que son incompatibles con el siglo XXI. Y ahí reside el problema.

La visión del presidente surge de una era muy distinta a la actual. El país comenzó a cambiar -eso que él demoniza como “neoliberalismo”- porque la estrategia de desarrollo a partir de la substitución de importaciones en una economía cerrada y protegida había dado de sí. En estas décadas el mundo cambió debido a las comunicaciones, la ubicuidad de la información y, sobre todo, las realidades que esos elementos crearon a nivel global: la internacionalización de la producción, las amenazas derivadas del ambiente y de potenciales pandemias; las reglas impuestas por los importadores; la explotación de la información -big data- por parte de los monstruos tecnológicos; y la magnificación de las expectativas de una población cada vez más conocedora del mundo. Reconstruir un pasado idílico en este contexto es simplemente imposible.

A pesar de la obviedad de nuestra circunstancia como país inserto en el contexto global, la tradición mexicana de reinventar al gobierno cada seis años sigue tan vigente como siempre. En lo que se distingue el gobierno actual es en la enormidad de su ambición: no sólo quiere reinventar al gobierno, sino que quiere recrear al país. Los pasos que ha venido dando en esa dirección son reveladores: ha ido haciendo polvo de todas las estructuras y organismos institucionales que se construyeron para conferirle certidumbre a la población en sus diversos aspectos. Las comisiones de derechos humanos para proteger al ciudadano del actuar del Estado y las comisiones reguladoras en materia de energía, comunicaciones y competencia para darle certeza a los actores en la economía.

El resultado de su actuar es doble: por un lado, ha concentrado cada vez más poder; por el otro, ha creado un elevadísimo grado de incertidumbre. La brecha entre la popularidad del presidente como persona y la de su gobierno -de alrededor de 40%- ilustra el fenómeno: la ciudadanía confía en el presidente pero no comulga con el actuar de su gobierno ni con sus políticas. Estamos por ver si el INE, una institución mucho más trascendente y conocida por el ciudadano común y corriente, sufre un ataque similar. La pregunta obvia es: ¿en qué momento aparece la gota que derrama el vaso y derriba la popularidad presidencial?

De hecho, la facilidad con que desmanteló el entramado institucional revela la falta de arraigo de esas instituciones y la ausencia de credibilidad respecto a su importancia para la vida cotidiana. Al mismo tiempo, exhibe la enorme debilidad del propio gobierno porque ningún país aguanta los bandazos entre administraciones que son característicos de nuestro sistema político, y menos en la era en que el bienestar de prácticamente todos los mexicanos depende de las cadenas de suministro tan enraizadas que cruzan las tres naciones del subcontinente. La contradicción entre los objetivos del presidente y los requerimientos para el progreso es más que flagrante.

El presidente claramente quiere atraer la inversión privada, pero no está dispuesto a aceptar que, en el siglo XXI, su única posibilidad de lograrlo radica en crear condiciones propicias para que ésta fluya de su propio libre albedrío. Hace décadas que quedó atrás la posibilidad de forzar a la gente -humilde o encumbrada- a ahorrar o invertir sin su venia. La inversión va a fluir sólo en la medida en que desaparezca la incertidumbre que proviene del propio gobierno y sus huestes.

El punto de partida para el grupo en el poder reside en su creencia que la democracia se inauguró en México en 2018. Por lo tanto, todo lo que existió antes debe ser erradicado, y, al mismo tiempo, que la legitimidad con que cuenta el gobierno  le permite hacer lo que le plazca no sólo con el pasado, sino incluso con el futuro. Ese tipo de arrogancia ya ha sumido a más de un gobierno en nuestro pasado reciente y no hay razón para pensar que será distinto con el actual. Su alternativa radica en convocar a la construcción de un futuro común, algo que es claramente contrario a su naturaleza y estrategia pero que, a la larga, reconocerá como su única posibilidad de éxito.

La democracia, dice David Runciman,* vive en el momento pero muestra sus fortalezas en el curso del tiempo. Este desempate crea confusión e incertidumbre que, si no es atendido, crece, dañando tanto a la democracia como a la economía. La pregunta es si el ánimo es de crear o de destruir porque nuestro entorno es perfectamente claro y las opciones reales mucho más. Es en este sentido que vale la pena pensar en la advertencia de la historiadora Mary Renault: “Solo hay un tipo de choque peor que el totalmente inesperado: el esperado para el cual uno se ha rehusado a prepararse”

 

*The Confidence Trap

 

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16 Feb. 2020

No hay vuelta atrás

Luis Rubio

No hay vuelta atrás

Luis Rubio

El pasado ya no va a retornar: México y el mundo cambiaron, cada uno a su ritmo y circunstancia, por lo que lo único certero es que estamos ante un futuro distinto. El viejo “orden” se acabó; nos encontramos ante un quiebre histórico de enormes proporciones y mientras más tardemos en asimilar esta premisa fundamental, peor será ese futuro.

La propensión humana más natural es la de aferrarse a lo existente o, más comúnmente, a lo conocido. La imagen más clara en este sentido es la de los interminables esfuerzos que hacemos todos, todos los días, para intentar que el genio vuelva a meterse a su lámpara mágica. En lugar de lidiar con las nuevas realidades, soñamos con regresar a lo que había: que los ataques de septiembre 11 nunca hubieran ocurrido, que el candidato X (ponga el de su preferencia, no faltan) hubiera perdido. Es como querer meter la pasta de dientes de vuelta al tubo: no se puede. Lo único certero es que el pasado ya no existe; la gran pregunta es qué sigue.

Sumido en el conflicto por la independencia de la India, le preguntaron a Mahatma Gandhi qué pensaba de la civilización europea: su respuesta fue “sería una gran idea.” Alcanzar la civilización implicaría lograr un nuevo estadio de estabilidad, crecimiento y civilidad, tres grandes ausentes en nuestra realidad actual. Parece claro que el camino por el que vamos no permitirá que se materialice ninguno de estos elementos, por lo que la respuesta de Gandhi es sumamente pertinente para el México de hoy. La civilización se construye, no se da fortuitamente.

Es importante reconocer que la encrucijada en la que nos encontramos no es producto de la casualidad, ni es resultado, al menos en su origen, del gobierno actual. Ese mérito lo tiene una sucesión de varios gobiernos que realizaron cambios y reformas sin reparar en el conjunto que estaban construyendo, particularmente en el ámbito político: en una palabra, no construyeron la capacidad gubernamental para lidiar con las fuerzas sociales, económicas y políticas que estaban desatando. Pero sí hubo un gobierno que no sólo perdió el camino, sino que nunca lo encontró: nunca entendió por qué llegó al poder, para qué llegó al poder o cuál era su “misión.”

Las reformas comenzaron en 1983 porque no había de otra: los gobiernos de los setenta habían quebrado al país. Uno puede coincidir o no con la vertiente que cobraron esas reformas, pero no había ninguna alternativa a la urgencia de reestructurar al gobierno y estabilizar la economía. Los siguientes gobiernos le imprimieron su sesgo al proceso, unos con mayor visión y capacidad que otros; algunos con claridad de rumbo y otros con total incomprensión del reto.

Pero sin duda fue el gobierno de Peña Nieto el que nunca entendió, primero, por qué el electorado le dio una nueva oportunidad al PRI y, segundo, el enorme potencial que tenía en sus manos. En lugar de construir un “nuevo Estado”, el proyecto se limitó a avanzar algunas reformas (no desdeñables como veremos cuando se atore el carro en el futuro mediato) mientras se consumaba el robo del siglo. Sin el gobierno de Peña el México de hoy sería muy distinto.

Nadie puede culpar a AMLO de las causas de su victoria. La contundencia con la que ganó constituye una condena reprobatoria que no deja dudas del mensaje: el electorado se sintió traicionado por el gobierno saliente y se volcó de lleno hacia la única opción que ofrecía algo distinto. Y eso distinto es lo que hoy construye un orden diferente mirando hacia el futuro: no es solo otro gobierno, es otra manera de ver y entender al mundo.

En el planeta se debate mucho sobre el fin del orden mundial construido después de concluida la segunda guerra mundial. La razón, al igual que al interior del país, es que hay nuevos actores, nuevas realidades de poder y nuevas reglas del juego. Nos encontramos en la etapa de las “vencidas” en la que el nuevo grupo en el poder va intentando imponerse en las diversas instancias e instituciones políticas, económicas, electorales y sociales. Poco a poco, van apareciendo nuevos criterios y valores, lo que afecta – para bien o para mal- la forma en que se asciende al poder, los derechos efectivos de la ciudadanía, la forma en que se conduce la economía y la manera en que se procuran los controles sociales.

Un nuevo orden no necesariamente implica menor pobreza, mayor igualdad o mejor situación económica. Solo implica reglas nuevas que responden a los grupos en el poder. Como en el mundo, nos encontramos en un momento de cambio en el que todo está en ciernes, susceptible de ser alterado, por lo que lo que hoy vemos puede no perdurar, todo lo cual crea un entorno de inexorable incertidumbre.

El presidente se ha abocado a intentar darle certidumbre a los diversos intereses sociales de que su concepción del viejo México es viable y el mensaje, guste o no, ha sido captado por muchos actores clave de todos los ámbitos -políticos, empresarios, líderes sindicales-, todos ellos buscando acomodarse. Se trata, sin embargo, de un escenario engañoso, de una calma chicha antes de que las fuerzas, intereses y valores del nuevo grupo gobernante hagan suyo el escenario político e impongan su ley. En una palabra, un nuevo orden que no por nuevo será benigno.

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09 Feb. 2020

Sistema de gobierno

Luis Rubio

¿Por qué perdió eficacia el gobierno mexicano? Lo que lo distinguió a lo largo de casi todo el siglo XX fue su estabilidad y efectividad, en franco contraste con la mayoría de las naciones del hemisferio. México se caracterizaba, como repetidamente afirma el presidente, por su estabilidad, orden y crecimiento económico. Todo eso se acabó y no hay un diagnóstico compartido sobre las causas de la debilidad actual del gobierno, pero tengo certeza que el intento centralizador actual no logrará su objetivo de restaurar su antigua eficacia.

El corazón del problema yace en un sistema de gobierno obsoleto que no funciona desde hace casi medio siglo y, más importante, que no va a funcionar por más que el gobierno intente reconstruir sus desvencijadas estructuras. México adquirió un sistema federal de gobierno porque lo copió de la constitución estadounidense, pero sus circunstancias no eran similares. No es casualidad que las dos etapas de mayor crecimiento económico –y de sus beneficios en la forma de movilidad social y creación de empleos- fueron el porfiriato y la etapa priista postrevolucionaria. El común denominador fue la centralización del poder, es decir, la violación flagrante de la estructura constitucional. A pesar de las caravanas retóricas que se le hacen al federalismo, el país no cuenta con un sistema de gobierno compatible con una organización política federal.

Antes del porfiriato y desde el fin de los setenta, el gobierno mexicano ha sido ineficaz. Antes porque no existía una estructura institucional, hoy porque la que existe ya no funciona. Muchos mexicanos vivientes todavía recuerdan (algunos con nostalgia) la estabilidad y crecimiento económico que hizo posible el “desarrollo estabilizador,” estrategia que llegó a su fin porque los factores que lo hicieron exitoso desaparecieron.

En lugar de una gradual liberalización que permitiera un ajuste de la industria nacional a la competencia, a partir de 1970 se cerró más la economía, se favoreció a grupos nacionales que no tenían preocupación por elevar sus niveles de productividad o satisfacer al consumidor y se elevó el gasto público (y la deuda) de manera inusitada. Todo eso provocó el colapso de las finanzas gubernamentales en 1982, obligando a un ajuste brutal cuando ya no había alternativa alguna.

La apertura política fue más atropellada porque fue reactiva e iba a contracorriente de los intereses más poderosos. La reforma electoral más importante, la de 1996, creó las condiciones para una competencia equitativa, pero no modificó la forma en que se gobernaba al país. El sistema de gobierno, que se había estructurado desde los treinta, quedó esencialmente igual. Por ejemplo, en lugar de liberalizar al sistema electoral, se incorporó al segundo y tercer partidos (a la sazón PAN y PRD) en el sistema de privilegios del PRI. O sea, se amplió el sistema existente, suponiendo que los problemas que eso arrojaba se resolverían solos, lo que obviamente no ocurrió.

En lugar de transformar al sistema de gobierno para que se pudiera lidiar con las condiciones y desafíos del siglo XXI, se preservó su estructura y objetivos, lo que lo dejó totalmente incapaz de funcionar en un entorno radicalmente cambiado. La apertura de la economía implicó que el gobierno dejó de controlar al sector privado y a los sindicatos de empresas. Las reformas políticas arrojaron vicios que se magnifican sistemáticamente: descontrol de los gobernadores; ausencia de instituciones para la seguridad; servicios mediocres; poderes fácticos que hacen de las suyas; y una población que, legítimamente, reprueba al orden existente.

Las reformas, en los ámbitos político y económico, eran necesarias, pero no se desarrolló una estrategia que anticipara sus consecuencias en términos de gobernabilidad, estabilidad, seguridad y eficacia. Como diría Fukuyama, se democratizó antes de construir un gobierno funcional. Lo que hoy estamos observando es un intento por reconstruir lo que antes –hace medio siglo- funcionaba, cuando lo que se requiere es construir un sistema de gobierno para el siglo XXI.

El punto nodal es que el gobierno federal es cada vez menos poderoso (así se centralicen toda clase de funciones) frente a una sociedad cada vez más grande, demandante y diversa y una economía que reclama condiciones de estabilidad para poder ser exitosa. El truco porfirista y priista de centralizar el poder no va a arrojar el resultado que el presidente desea porque no es compatible con las circunstancias de la era de la ubicuidad de la información y de feroz competencia internacional.

El gobierno mexicano requiere incrementar sus capacidades y eso entraña un cambio de concepción: construir mecanismos que permitan desempeñar sus funciones desde el municipio hasta la federación, con procedimientos que hagan posible la rendición de cuentas, a la vez que incrementan, de manera sistemática, sus capacidades para cumplir con sus funciones, desde las más elementales como la seguridad, hasta las vitales para erradicar la pobreza como la educación y la infraestructura.

México requiere una revolución en su sistema de gobierno; mientras eso no ocurra, gobiernos vendrán y se irán, pero el desarrollo y la paz seguirán siendo ilusorios.

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02 Feb. 2020

El nuevo mantra

Luis Rubio

Según el nuevo dogma, en 2019 se crearon las condiciones para que la economía mexicana, y el país en general, entren en una etapa de elevado crecimiento y desarrollo este año. La conclusión -finalmente- del nuevo tratado norteamericano, el aumento en los salarios mínimos y la estabilidad financieras son las anclas que permitirán la tan esperada transformación. Ya solo falta que quienes toman decisiones de ahorro e inversión se sumen.

El nuevo mantra tiene sentido, pero no realidad. Los logros tan festinados por el presidente del CCE y sus contrapartes en el gobierno -indistinguibles unos de los otros- son condiciones útiles, más no suficientes: la inversión y el ahorro fluyen cuando existen los elementos tanto objetivos como subjetivos favorables al crecimiento.

Entre las condiciones objetivas se encuentran sin duda las mencionadas en el primer párrafo, más no son suficientes: en el siglo XXI tanto la inversión como el ahorro ven al mundo como su espacio de acción, lo que implica que México literalmente compite con todo el resto del planeta para afianzar proyectos de desarrollo en nuestro territorio. En términos netos, la atracción de la inversión requiere condiciones apropiadas para ello, mismas que van desde la macroeconomía hasta la infraestructura y el marco legal. Sin embargo, el gobierno ha cambiado las reglas del juego y el marco legal y ha abandonado cualquier pretensión de allanarle el camino a los inversionistas, además de que no ha avanzado en materia de seguridad. En adición a lo anterior, el nuevo TLC fue diseñado por el lado estadounidense para no incentivar la inversión en industrias clave para México como la automotriz. En consecuencia, los factores objetivos que son indispensables para atraer la inversión no son conducentes a satisfacer la retórica gubernamental y de su personero privado.

Por el lado subjetivo las cosas son mucho más complicadas, pero también más transparentes, porque el presidente ha hecho todo lo posible por minar la confianza que es clave para que se materialice la inversión y el ahorro. Desde la decisión relativa al aeropuerto hasta la forma de decidir sobre proyectos como el tren maya y la refinería de Dos Bocas, cualquier observador neutral no puede más que concluir que el único patrón discernible es la voluntad de una persona. Agravando esta circunstancia se encuentra la eliminación (de jure o de facto) de todo contrapeso en materia regulatoria: entidades que fueron creadas a lo largo de los años precisamente para conferirle certidumbre al inversionista. La forma en que la (nueva) CRE* le abrió la puerta a PEMEX para que incurra en prácticas depredadoras en la venta de gasolina habla por sí misma. En una palabra, la ausencia de contrapesos e instancias (razonablemente) autónomas que limiten los excesos gubernamentales o, al menos, que los evidencien, constituyen frenos absolutos a cualquier proyecto de inversión.

Las condiciones tanto objetivas como subjetivas hacen muy difícil suponer que la economía se va a reactivar de una manera significativa en los próximos meses, esto incluso con los proyectos de infraestructura que están en ciernes. La pregunta es si hay algo que pudiera hacerse para cambiar el panorama.

Hay dos caminos muy claros: uno funcional y otro ambicioso. Por el lado funcional, hay cosas en que el daño que se ha hecho no es (todavía) catastrófico y donde, con relativamente pocas acciones, podría alterarse la perspectiva. El caso de la energía es, con mucho, el más obvio: en este ámbito no se ha cambiado la legislación y, con excepción (no menor) de la composición del consejo de la CRE y de la CNH**, instituciones clave para el funcionamiento del sector, el gobierno sólo ha dejado de llevar a cabo licitaciones. Recrear condiciones para el relanzamiento del sector no es algo inconcebible y tendría el doble efecto de fortalecer el lado pragmático del gobierno y alentar el desarrollo de un sector que es clave bajo cualquier premisa. Si además se restablecieran condiciones para energías renovables, el panorama mejoraría. Nada de esto cambiaría dramáticamente la perspectiva, pero sí permitiría revertir las peores tendencias que hoy se perfilan.

La salida más ambiciosa, esa que permitiría no sólo sacar adelante el resto de este sexenio sino modificar para bien el futuro general del país, requeriría una serie de reformas que ninguno de los gobiernos de las pasadas cuatro décadas estuvo dispuesto a contemplar y para las cuales el presidente López Obrador cuenta no sólo con la legitimidad, sino con el apoyo popular para llevarlas a cabo. El país requiere reformas profundas para atacar los verdaderos lastres con que carga el país, como la pobreza y la desigualdad, y estas implicarían atacar grupos de poder que se han dedicado a impedir el desarrollo en Guerrero, Oaxaca y Chiapas; a sindicatos abusivos que expolian de manera cotidiana; a la estructura político-legal que crea feudos en los gobiernos estatales; y, en general, a la maraña de intereses que depredan, extorsionan y corrompen como actividad cotidiana.

Si el gobierno de verdad quiere avanzar el desarrollo del país, la agenda no es pequeña, pero sus activos para lograrla son enormes.

 

*Comisión Reguladora de Energía ** Comisión Nacional de Hidrocarburos

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26 Ene. 2020

 

El mito del pasado

Luis Rubio

Para el presidente López Obrador los sesenta fueron el momento culminante de la vida pública del país. En esa era México crecía a tasas cercanas el 7%, había orden y no había conflicto social. El momento parecía idílico; mucho más, visto en retrospectiva. Sin embargo, una mirada a la forma en que funcionaba la sociedad mexicana en aquella época revela circunstancias mucho menos encomiables y, en todo caso, irrepetibles.

La característica central de aquella época era la presidencia todopoderosa que establecía el rumbo, fijaba prioridades, resolvía disputas y mantenía la paz. Al menos ese es el mito, pero el hecho indudable es que el sistema postrevolucionario había logrado un equilibrio efectivo entre los diversos intereses de la llamada “familia revolucionaria” y los requerimientos de una economía pujante. La coalición gobernante -y la estructura de control del partido que le permitía enorme latitud al presidente- arrojaba una gran capacidad de decisión y acción que, en el contexto específico de la era posterior a la segunda guerra mundial, creó un entorno excepcionalmente favorable para el crecimiento económico.

La poderosa presidencia se mantenía gracias a la conjunción de circunstancias excepcionales que, años más tarde, dejaron de existir. En primer lugar, el sector privado estaba fuertemente controlado a través de requisitos de permiso para invertir, exportar e importar. La economía cerrada le confería al gobierno una gran latitud de decisión y control sobre este factor de la producción que, además, se complementaba con severas limitaciones a la inversión extranjera y una fuerte propensión a favorecer la existencia de monopolios. El gobierno regulaba la competencia y determinaba, indirectamente, la rentabilidad de las empresas. Para los empresarios lo importante no era la calidad o precio de sus productos sino estar cerca de la burocracia.

En segundo lugar, los sindicatos funcionaban como un mecanismo de control donde los líderes se enriquecían a cambio de mantener el control de las bases. El congreso del trabajo hacía parecer como que había democracia sindical, pero ésta se limitaba a la retórica y siempre y cuando los líderes operaran dentro de reglas del juego claramente establecidas. La clave era el control sin disidencia alguna.

En tercer lugar, los gobernadores vivían bajo la férula del gobierno central, siempre a sabiendas de que podían experimentar lo que se conocía como una “desaparición de poderes,” o sea, su remoción, a la menor provocación. Los gobernadores que en el pasado reciente se pavoneaban de que no tenían razón alguna para responderle al presidente, recibían instrucciones de funcionarios de tercer y cuarto nivel sin chistar.

En una palabra, se trataba de un sistema autoritario centrado en el presidente que, a través de los tentáculos del partido y de los mecanismos de premiación y represión mantenía un férreo control del país. Un diplomático europeo que estuvo basado en México en aquella época citaba a un funcionario soviético en la embajada de aquel país, afirmando que, comparado con México, los rusos eran unos meros amateurs porque aquí se había logrado construir un sistema político autoritario con pleno control pero absoluta legitimidad, mientras que ellos sólo podían mantener el control por medio de una aguda represión.

El éxito de aquella época permite soñar con su recreación. La noción de que se puede someter al sector privado a través de la subordinación de las decisiones económicas a las políticas llevaría la alineación de las prioridades y a la recuperación de altas tasas de crecimiento económico. La libertad sindical, mandatada por la OIT y por el nuevo tratado de libre comercio, el T-MEC, facilitaría la eliminación de los liderazgos charros para su reemplazo por líderes entrenados en Canadá, con criterios anti corrupción nunca antes vistos. El presupuesto favorece la reconstrucción de los controles políticos sobre los gobernadores, subordinándolos al poder central y obligándolos a ceder sus ambiciones a los designios del gran líder nacional. Finalmente, el ejército se convierte en la piedra de toque que le permite al liderazgo central un control absoluto de todos los actores locales y sectoriales, sin consecuencia alguna ni riesgo de corrupción. O sea, el Nirvana, versión siglo XXI pero con características de 1960.

El mundo de los sesenta acabó mal, no porque estuviera mal concebido o estructurado, sino porque, simplemente, acabó dando de sí. Como dice el dicho, todo por servir se acaba y así le pasó a la era del desarrollo estabilizador. Se acabó porque resultó insostenible: porque cambió la forma de producir en el mundo, porque hubo una revolución financiera y otra tecnológica y porque, poco a poco, las comunicaciones favorecieron la democratización radical de la información.

En lugar de apalancar lo logrado entonces para transformar la estructura productiva y política como hicieron tantas otras naciones asiáticas, europeas y un par de latinoamericanas, nosotros nos empecinamos en ir de crisis en crisis. Y ahí seguimos. Pretender reconstruir aquella era no va a acabar distinto porque no tiene sustento en la realidad, sino en una nostalgia insostenible.

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19 Ene. 2020

Año clave

Luis Rubio

Inicia el segundo año completo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, año en que su proyecto y estrategias comenzarán a rendir frutos. Lo que se sembró en su primer año tendrá que arrojar resultados. Por sobre todo, a partir de ahora ya no hay forma de echarle la culpa al pasado, al “cochinero que nos dejaron.” El país está firmemente en las manos del presidente y, por lo tanto, la responsabilidad.

Para ahora hay dos cosas indudables: primero, el proyecto central del presidente -el control político- ha avanzado de manera irredenta. Segundo, la economía muestra severa afectación. La afectación se manifiesta de diversas formas, pero dos resumen el dilema: por un lado, no hay inversión privada (y muy poca por parte del sector público); por el otro, la recaudación viene a la baja de manera inexorable. Esto último se explica en buena medida por la falta de crecimiento de la economía, pero su impacto sobre el gasto es dramático, toda vez que las obligaciones del gobierno en materias como la de las pensiones para quienes se retiran aumentan sistemáticamente, lo que minimizan el llamado “espacio fiscal,” o sea, el monto disponible para que el gobierno ejerza el gasto y lo dirija hacia sus programas. En adición a lo anterior, la decisión del gobierno de dirigir sus recursos cada vez más escasos a Pemex reduce todavía más sus opciones de gasto.

En honor a la verdad, el problema de la inversión privada no comenzó con este gobierno: ésta prácticamente desapareció desde la campaña de Trump en el 2016, con su amenaza de cancelar el TLC. Ese hecho, muy anterior a AMLO, constituye un indicador obvio de lo que estimula o inhibe la inversión privada, tanto nacional como extranjera. Lo que el TLC aportaba era certidumbre respecto a las reglas del juego, a lo que el gobierno se había comprometido a respetar con el objeto de atraer la inversión. La amenaza de Trump paró la inversión y ésta no se ha repuesto desde entonces tanto porque el nuevo T-MEC elimina la fuente nodal de certidumbre que era el corazón del NAFTA, como porque el gobierno actual muestra una incomprensión cabal (o se niega a aceptar) lo que se requiere para atraer inversión privada. Su insistencia en que las decisiones económicas deben subordinarse a las políticas evidencia una total incomprensión de la naturaleza del siglo XXI.

La pregunta es si, ante el riesgo de que se perpetúe el estancamiento o, peor, que la economía entre en recesión, el gobierno estará dispuesto a revisar sus premisas y corregir el rumbo. Desde mi punto de vista, el gobierno de AMLO tiene la mejor y mayor oportunidad de la historia para enfrentar los problemas que décadas de reformas (la mayoría benignas y necesarias) no resolvieron. La oportunidad se deriva de dos circunstancias: primero, la enorme legitimidad con que cuenta y, segundo, el hecho de que las prioridades que marcó desde hace años -corrupción, pobreza, desigualdad regional y falta de crecimiento- son las prioridades nacionales.

La economía ha crecido poco en promedio por mucho tiempo por razones muy explicables: primero, porque no ha habido mayor inversión en infraestructura en el sur; segundo, porque hay poderosos intereses económicos, políticos y/o sindicales en las regiones que no crecen y que impiden que se desarrollen nuevos proyectos de inversión; tercero, porque innumerables regulaciones y prácticas promueven el crecimiento de la economía informal (la cual entraña límites a su crecimiento por falta de acceso al crédito y no contribuye a la recaudación fiscal); y, finalmente, pero quizá el resumen de todo, porque el país se caracteriza por una extorsión permanente: inspectores extorsionan a ciudadanos y empresarios, líderes sindicales extorsionan a los trabajadores, políticos extorsionan a la población, los narcos extorsionan al gobierno y a la sociedad en general. El TLC no eliminó la extorsión, pero creó condiciones para que ésta fuese controlada en su espacio. El resto del país vive bajo una extorsión permanente.

La agenda de cambios que requiere el país no es difícil de identificar y toda ella es absolutamente compatible tanto con las prioridades que el hoy presidente marcó desde hace lustros como con su base política. De hecho, si uno observa la lista (incompleta) del párrafo anterior, los grandes perdedores son siempre los ciudadanos en su calidad de pequeños empresarios, empresarios informales y demás, que no gozan de protección como la que por décadas provino del TLC. Todavía peor le ha ido al sur del país donde sindicatos y políticos extorsionan a la población y le niegan oportunidades de crecimiento y desarrollo porque ello implicaría alterar el statu quo local. Si uno evalúa dónde se encuentran las regiones de mayor pobreza e inequidad, es obvia su correlación con estos males.

El año que comienza es la gran -y quizá última- oportunidad para que el gobierno se aboque a atender las causas de los males que padece el país y que, como decía yo antes, son precisamente los mismos que el presidente identificó como eje de su campaña y de su agenda. Lo que no ha funcionado a la fecha para atenderlos constituye una oportunidad única para avanzar en este año. Dado el ciclo sexenal, lo que no se haga ahora, ya no se hizo.

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12 Ene. 2020

La relación

Luis Rubio

No existe frontera tan intrincada y diversa como la que separa a México de Estados Unidos. Lo fácil es simplificarla, racionalizándola como un asunto meramente comercial. La realidad es de una enorme heterogeneidad, complejidad y multiplicidad. La frontera con Estados Unidos incluye cruces legales e ilegales, drogas, contrabando, personas, ideas, mercancías, servicios y pleitos. Todo lo que existe en ambas naciones cruza la frontera. Un viejo dicho de aquella región afirma que “si cabe por el puente, puede pasar.”

Desde el altiplano es difícil comprender la diversidad y complejidad de la zona fronteriza. Se trata de una región, en ambos lados, que experimenta una relación simbiótica en la cada uno vive del otro y ninguno podría explicar su existencia, y éxito, en ausencia del otro. Muchos han hablado de un “tercer” país, distante tanto de México como de Washington DC, pero en realidad se trata de un espacio de intercambio dinámico donde todo ocurre, tanto lo mejor como lo peor de ambas naciones.

Por décadas, los americanos vieron al lado mexicano de la frontera como un espacio de recreación y lujuria, pero también de mayor simplicidad y facilidad que la vida estructurada en su país. Los mexicanos acabamos viendo a la frontera como una oportunidad inagotable de mercados, clientes y desarrollos que jamás hubieran sido posibles sin la liberalización comercial que tuvo lugar al amparo del TLC. Más allá del T-MEC, sucesor devaluado del TLC, y, en general, de la cercana relación que existió hasta el 2016, los vínculos entre ambas naciones son cada vez más profundos y diversos. La guerra comercial entre Estados Unidos y China abre oportunidades adicionales que hubieran sido inconcebibles hace sólo unos años.

La gran pregunta es si los mexicanos seremos capaces de convertir esta coyuntura en oportunidad, ahora en el contexto de Trump (y de la campaña en ciernes) y de problemas estructurales mexicanos que no sólo no se resuelven, sino que ni siquiera están en la agenda pública.

El gobierno reconoce la existencia de problemas y limitaciones con relación al desarrollo del país, pero no ha estado dispuesto a aceptar que sus preconcepciones son inviables y actúan en detrimento de su objetivo de reiniciar el desarrollo. Por el lado de los problemas, reconoce que la inseguridad es persistente, pero no que sus grandes ánimos sean realizables con la estrategia que ha adoptado, que ni siquiera promueve el fortalecimiento y estandarización de las estructuras de policía a nivel local.

El mexicano, de todo origen y estirpe, ha demostrado enorme potencial de adaptación en lo cotidiano, a la vez que los migrantes, con cada vez más capacidad y disposición para desarrollar grandes proyectos de transformación económica y comercial, hacen su aparición en la vida nacional. La relación bilateral es contante, inequívoca y sistemática: fuente potencial de enormes beneficios o de conflictos insolubles. Pero no aguanta cambios radicales.

La violencia que caracteriza a la relación es producto de una interacción poco comprendida. Es obvio que una gran proporción de las armas que emplean las mafias del crimen organizado provienen de EUA. Igual de obvio es el hecho que México -a todos los niveles- ha sido incapaz de desarrollar estrategias de seguridad que le confieran certidumbre a los habitantes del lado mexicano de la frontera. Para nadie es secreto que México ha sido un enorme fracaso en la provisión del derecho más elemental, que es la seguridad, sea ésta en los municipios limítrofes o en las principales ciudades del país.

México vive un mundo de incertidumbre e inseguridad que todos los mexicanos conocen, independientemente de la lealtad o rechazo que le profesen al presidente. Aunque muchos respondan positivamente en las encuestas y con convicción apoyen al presidente, las mismas encuestas confirman que la abrumadora mayoría quiere una mejoría y no cambios radicales.

Desde la cima del poder es fácil acusar o perdonar a presumibles transgresores de la ley pero, para el mexicano común y corriente, cada ejemplo de corrupción, extorsión, asesinato y flagrante mentira es un hito más en una larga historia de abuso, imposición y corrupción. El presidente puede ser absolutamente inmaculado, pero su administración ha ido mostrando que es indistinguible de las que le han precedido. La corrupción ahoga a Morena, como lo hizo con el PRI, el PAN y el PRD. A menos que corrija el rumbo, sus resultados no podrán ser distintos.

La relación bilateral constituye una oportunidad o una maldición, dependiendo de la perspectiva que se decida adoptar. Quienquiera que haya vivido u observado la realidad cotidiana de la vecindad sabe bien que el problema de fondo no es la frontera, los americanos o la relación, sino la persistente incapacidad del lado mexicano para estabilizar al país, generar policías locales capaces de mantener el orden y garantizar la seguridad, igual al mexicano más modesto que al más encumbrado.

La agenda del presidente es tan ambiciosa como ciega. Lo que México requiere es soluciones; lo que el presidente busca es excusas para ir contra lo que la ciudadanía quiere y demanda. La pregunta es qué tanto tiempo -y daño- tomará para que la terquedad ceda ante la realidad.

 

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05 Ene. 2020

Viejo y nuevo

Luis Rubio

La vida tiene sus ciclos y el calendario también. Está por concluir un año y por comenzar el que sigue: la expectativa nunca deja de estar presente en la forma de esperanza y miedo, oportunidad y posibilidad. Como en otros años, aprovecho este momento para citar a algunos de los grandes pensadores, esta vez respecto a una de las grandes aspiraciones de todos los integrantes de la raza humana: la felicidad.*

“La felicidad es un misterio como la religión y nunca debe ser racionalizada.” GK Chesterton, 1905

“Uno nunca es tan infeliz como piensa, ni tan feliz como espera.” La Rochefoucald, 1664

“Aquí tienes, mi querida hija, mi collar, mi pluma, mi descendencia, mi progenie, mi sangre, mi color, mi euforia de sangre. Ahora, por favor comprende, por favor escucha, porque tu llegaste a la vida, por nuestro señor omnipresente Señor, el creador, te ha enviado aquí a la tierra… Y ahora que ya ves, que observas cómo son las cosas, que no hay satisfacción, no hay felicidad, sino que hay tormento, hay dolor, hay cansancio; de ahí viene la miseria, el tormento y el dolor. Es difícil en la Tierra: es un lugar de llanto, un lugar de sufrimiento, donde la aflicción y las dificultades son comunes. Y un viento frío sube y pasa. Realmente se dice que el viento enfría el calor del sol para las personas. Es un lugar de sed y hambre. Esa es la forma como es… Pero la vida en la Tierra sigue.”Bernardino de Sahagún,Códice Florentino 1596

“¡Una vida de felicidad! Ningún hombre vivo lo soportaría: sería el infierno en la Tierra.” George Bernard Shaw, 1903

“Ya he disfrutado demasiado; dame algo que desear.” El viejo se sorprendió por esta nueva especie de aflicción y no sabía qué replicar, pero no estaba dispuesto a guardar silencio. “Señor”, dijo, “si hubiera visto las miserias del mundo, sabría cómo valorar su estado actual”. “Ahora”, dijo el príncipe, “me ha dado algo que desear; Anhelaré ver las miserias del mundo, ya que verlas es necesario para la felicidad.”Samuel Johnson, The History of Rasselas, Prince of Abyssinia, 1759

“Marcaje de Objetivos: 1. Se paciente. En todo momento. No hables mal de otros: asigna responsabilidad, no culpa. No digas nada de alguien más que no le dirías a él. 3. Nunca supongas que los motivos de otros son, para ellos, menos nobles que los tuyos son para ti. 4. Amplia tu sentido de lo posible. 5. No te compliques con asuntos que realmente no puedes cambiar. 6. No esperes más de nadie que lo que tu puedes lograr por ti mismo.  7. Tolera la ambigüedad. 8. Ríete de ti mismo con frecuencia. 9. Preocúpate de lo que es correcto en lugar de sobre quién está correcto. 10. Nunca olvides que, por más seguro que estés, puedes estar mal. 11. Olvídate de deportes sangrientos. 12. Recuerda que tu vida le pertenece también a otros. No la arriesgues en frivolidades. 13. Nunca mientas por ninguna razón (mentiras por omisión a veces pueden exceptuarse). 14. Aprende las necesidades de quienes te rodean y respétalas. 15. Evita la búsqueda de la felicidad. Redefine tu misión y persíguela. 16. Reduce el uso de la primera persona. 17. Elogia al menos tan frecuentemente como menosprecias. 18. Admite tus errores libremente y pronto. 19. Vuélvete menos suspicaz de la felicidad. 20. Entiende la humildad. 21. Recuerda que el amor perdona todo. 22. Promueve la dignidad. 23. Vive de manera memorable. 24. Amate a ti mismo. 25. Sostente. No espero el perfecto cumplimiento de estos principios. Sin embargo, los publico como un patrón de conducta como adulto. Si alguno de mis amigos o colegas me sorprende violando cualquiera de ellos, evidénciame.” John Perry Barlow, Principles of Adult Behavior, 1977

“Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar una roca hacia la cima de una montaña sin parar, para luego ver le roca rodar hacia abajo por su propio peso… La lucha misma hacia las alturas es suficiente para llenar el corazón de un hombre. Uno debe imaginar a Sísifo feliz”. Albert Camus, El Mito de Sísifo

“Como lograr, como mantener, como recuperar la felicidad es de hecho para la mayoría de los hombres en todos los tiempos la motivación secreta de todo lo que hacen.” William James, 1902

“La felicidad no es un ideal de la razón sino de la imaginación.” Immanuel Kant, 1785

“La felicidad de la sociedad es el fin del gobierno.” John Adams, 1776

“Una de las más entristecedoras cosas de la vida es que, por más que se intente, nunca podremos estar seguros de hacer que la gente sea feliz, mientras que casi siempre podemos estar seguros de hacerla infeliz.” Thomas Henry Huxley, 1895

“La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía.” Mahatma Gandhi

“Hasta la muerte, todo es vida.” Don Quijote, Miguel de Cervantes

“Solo hay un impulso honesto en el fondo del puritanismo y ese es el impulse de castigar al hombre con mayor capacidad para lograr la felicidad.” H.L. Mencken, 1920

*todas las citas vienen de Lapham’s Quarterly, Volumen XII, Numero 3, Verano 2019

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29 Dic. 2019

Mis lecturas

 Luis Rubio

“El libro es la única herramienta inventada por el hombre que no es una extensión del cuerpo, sino de la mente”

Jorge Luis Borges

 

Pocos temas tan álgidos en la discusión pública, en México y en el mundo, como la forma de conducir los asuntos económicos. Trump, Brexit y AMLO personifican la contra corriente a la era de la liberación comercial: el énfasis siendo no lo ganado y los beneficios alcanzados, sino las pérdidas, los perdedores y la desigualdad resultante. John Tomasi encara el fenómeno de manera directa, pero con un enfoque excepcional: en Free Market Fairness hace un planteamiento filosófico argumentando que sí es posible lograr las dos cosas: la eficiencia económica que proveen los mercados con la justicia que reclama la población. Su propuesta es que es factible sumar los argumentos de F.A. Hayek, héroe de los liberales, con los de John Rawls, héroe de los que persiguen la justicia a partir de la igualdad. Para Tomasi, la legitimidad democrática sólo es alcanzable cuando se logra en la presencia de justicia social y derechos de propiedad, las anclas de cada una de aquellas corrientes filosóficas.

Noah Rothman escribe un texto sobre la justicia social, intitulado Unjust, “Injusto” en el que afirma que el énfasis en justicia social para la actividad política entraña una visión victimista que no hace sino minar la democracia y la libertad de expresión. Situado en el contexto de la política estadounidense, en que la identidad de las personas o grupos se ha tornado el factor central de disputa, Rothman aboga por una visión centrada en la democracia y la búsqueda de la equidad que conduzcan a la movilidad social. Leído en el contexto mexicano, muy distinto al norteamericano, el texto permite visualizar lineamientos filosóficos fácilmente utilizables para mejorar nuestros propios debates internos.

Por casualidad me encontré un libro relativamente viejo, sobre la naturaleza de la presidencia mexicana. En “El hombre que lo podía todo, todo, todo” Juan Espíndola Mata analiza el mito de la presidencia todopoderosa. Es un análisis retrospectivo de la presidencia de la era del PRI vista desde la disfuncionalidad que tuvo lugar en los años de Fox. En lugar de poderes absolutos, argumenta el autor, el presidente vivía en una constante negociación con grupos de interés que procuraban avanzar sus objetivos. El presidente, en el centro del sistema, tenía seguramente más poder que el que le concede el autor, esencialmente por el maridaje entre el partido y la propia presidencia, pero el argumento es implacable.

Victor Bulmer-Thomas* argumenta que Estados Unidos es un imperio (un término severamente disputado en ese país) y que está en camino hacia convertirse en una nación “normal,” que no será tan poderosa pero que estará en paz consigo misma. Se trata de un argumento controvertido pero poderoso porque, además de estar sustentado en una acuciosa investigación histórica, responde a la lógica que llevó a Trump al gobierno, situándolo como un síntoma más que como causa de la guerra intestina que vive esa nación respecto a su poder, responsabilidad como potencia y requerimientos internos de solución de problemas cotidianos. Buena lectura.

Todo fluye, de Vasili Grossman, fue una revelación, gracias a Leonardo Curzio. Crónica novelada de la era stalinista de la Unión Soviética, el texto muestra la falibilidad humana, la capacidad destructiva de un sistema de gobierno opresivo e incompetente, las relaciones humanas sometidas a los miedos y manipulaciones del poder y una economía inviable, arrojado la tragedia social a plena luz del día. Nada como la ausencia de libertad para evidenciar la vitalidad humana.

Sophia Rosenfeld** ataca uno de los asuntos más politizados del momento, la verdad en la vida política. Siguiendo una secuencia histórica, evalúa las afirmaciones en el sentido que las “fake news” son algo novedoso y llega a una conclusión por demás relevante para el mundo tan polarizado de hoy: la verdad no existe; al igual que la democracia, la verdad es algo que se va forjando de manera consciente y colectiva. Sólo así existen “hechos” y perspectivas que todo mundo comparte y da por buenas. Enorme el desafío para la sociedad moderna, encandilada en la información ubicua, instantánea y siempre sujeta a interpretaciones discordantes.

Peter Pomertansev publicó este año la secuela a su extraordinario libro Nada es cierto: todo es posible. En aquel volumen, el autor describía los absurdos de su trabajo en la televisión rusa y la manera en que se deformaba la realidad para acomodarla a los intereses del poder. En su nuevo texto, This is Not Propaganda: Adventures in the War Against Reality, Pomerantsev va más allá del mundo de Putin al que se refería su primera obra para expandirla hacia la corriente que ha hecho suya la estrategia de las noticias falsas, las famosas “fake news.” Lo extraordinario del libro es que, al contrastar la estructura de control absoluto de la comunicación en la era de la dictadura soviética con el caos mediático de nuestra era en que todo se vale, el mundo de hoy queda al desnudo, evidenciándose como algo no muy distinto al de entonces: el potencial de infinita manipulación para controlar no cambió mucho, tan sólo adquirió otras modalidades.

*Empire in Retreat, **Democracy and Truth

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 REFORMA

22 Dic. 2019

Narrativas y realidades

Luis Rubio

 

La política en la era de la ubicuidad de la información es sobre narrativas: visiones contrastantes del mundo con fines electorales, que exageran las diferencias y atenúan las coincidencias, todo en aras de capturar el apoyo ciudadano y su voto. La esencia de la política no ha cambiado, pero la velocidad del mensaje, las redes sociales y la confrontación que le es inherente a la comunicación instantánea, producen efectos muy distintos a los de la era de la política directa o unidireccional, por vía de la televisión. El resultado es una permanente confrontación que no contribuye a avanzar los objetivos que todos los políticos dicen querer lograr, como paz, seguridad, crecimiento económico y estabilidad.

A lo largo de las últimas cuatro décadas, los mexicanos hemos vivido dos narrativas contrastantes: una que exalta la transformación que han producido las reformas estructurales que se comenzaron a implementar a partir de mediados de los ochenta y otra que denigra la realidad actual, reprueba las reformas y enaltece un pasado idílico. Entre esas dos narrativas existe una realidad, que es la que vive la población de manera cotidiana y que probablemente entraña algo de cada una de esas posiciones extremas, que naturalmente impacta la percepción que la ciudadanía tiene de la política, del gobierno y del futuro.

La narrativa del éxito reformador es muy clara: las reformas permitieron romper con la era de las crisis financieras, estabilizaron la economía, sentaron las bases para un crecimiento elevado y sostenido y eliminaron a la inflación como un factor de preocupación. Según esta visión del mundo, la integración de la economía mexicana a los circuitos internacionales de tecnología, comercio e inversión ha permitido que México se convirtiera en una potencia exportadora, construyera una industria moderna, convertida en una de las más competitivas del mundo y que todo el personal asociado a este segmento de la economía cuente con empleos mejor remunerados y con mayores prestaciones. Entidades como Querétaro y Aguascalientes son ejemplos de lo que una buena estrategia de desarrollo puede ofrecerle a la ciudadanía y al país y muestran que, de seguir por el camino adoptado, el país se consolidará como una economía pujante con un sistema político democrático gobernado por un Estado de derecho cabal.

La narrativa del caos económico, ecológico y social resalta la pobreza que han traído consigo las reformas, la falta de crecimiento económico (un mero 2% en promedio), la inseguridad en que vive la población y los malos empleos, inciertos y sin prestaciones, que caracterizan a la mayoría de los mexicanos. El punto de partida de esta narrativa es el elevado crecimiento económico que caracterizó a la década de los setenta, la paz social que se vivía y la seguridad pública que era la norma. Oaxaca, Guerrero y Chiapas muestran los pésimos resultados de las reformas, la pobreza que caracteriza a esas entidades y la desigualdad que se acumula y acusa de manera creciente en el país. En lugar de logros y oportunidades, esta narrativa resalta la corrupción, la inseguridad, la impunidad y los excesos de los gobernantes en todos sus niveles y dimensiones. Su propuesta es retornar a la era, y las estrategias, que hacían posible la estabilidad de antaño, lo que fortalecería la democracia y la participación ciudadana. Los problemas comenzaron justo cuando se viró el camino con las reformas de los ochenta, mismas que tienen que ser canceladas para restaurar la capacidad de crecimiento económico y desarrollo social.

Cada uno corregirá y adjetivará la descripción de estas narrativas, pero lo importante es que, por su naturaleza, se busca polarizar: para unos todo está bien, para otros todo está mal. Para los primeros lo importante es hacer más de lo mismo; para los otros hay que cambiarlo todo. Si uno analiza los datos concretos, las diferencias son menos pasmosas de lo que la narrativa sugiere, pero lo relevante es menos la narrativa -que concentra toda la atención- que la realidad de la vida cotidiana.

Una visión más objetiva de las últimas décadas sugeriría que la economía mexicana muestra una extraordinaria diversidad, que hay regiones creciendo a más del 7% en tanto que otras se rezagan; que la mayor parte de quienes están empleados viven en relativa precariedad; que la inseguridad nada tiene que ver con las reformas sino con la falta de una transformación del propio gobierno y sistema político; y que no es posible retornar al pasado, pero que más de lo mismo claramente tampoco resuelve nada. También, que el país no va en la dirección de la democracia o el Estado de derecho. Quizá más importante, los problemas del país son reales y trascienden a las narrativas que polarizan pero no resuelven.

El gran éxito de Salinas en sus primeros cinco años de gobierno fue que logró que hubiera una sola narrativa y que la población mirara hacia adelante para hacerla realidad. Su fracaso en el sexto año no tuvo que ver con las reformas mismas, pero provocó la confrontación de narrativas que polarizan y generan desconfianza. AMLO avanzaría mucho más si se dedicara a sumar y cerrar esa brecha tan destructiva.

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15 Dic. 2019