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Nostalgias

Luis Rubio
A la memoria del Dr. Guillermo Soberón

 Francisco de Quevedo escribió que “cuando decimos que todo tiempo pasado fue mejor, condenamos el porvenir sin conocerlo.” El pasado no siempre fue mejor, pero es más fácil de visualizar porque queda congelado en el tiempo. El nuevo dogma es que la economía iba muy bien en los setenta y que fueron las reformas las que la destruyeron: el llamado modelo neoliberal puede ser obsoleto y haber provocado innumerables fallas, pero la noción de que volver al pasado va a resolver los problemas actuales es pura nostalgia.

Diagnosticar la problemática económica requiere una mínima honestidad sobre la naturaleza del problema que se quiere resolver. Por ejemplo, se parte del principio de que la tasa de crecimiento económico de las pasadas tres décadas (2% en promedio) fue mediocre, lo que es obviamente cierto. Pero ese promedio esconde más de lo que revela: la economía se ha tornado cada vez más compleja y ha experimentado una gran fragmentación, donde algunos estados venían creciendo a tasas casi asiáticas en tanto que otros se relegaban. La clave es por qué de esas abismales diferencias.

El planteamiento de que hay que “mexicanizar a México” no es más que un lema ideológico que ignora la elemental realidad que se ha vivido en estas décadas. Sin duda, los chiapanecos, oaxaqueños y guerrerenses tienen toda la razón en protestar por el enorme letargo en que han caídos sus estados, pues eso se debe en gran medida a lo que han impedido los factores de poder real en sus propias localidades y lo que no han hecho sucesivos gobiernos federales. En contraste, cuando uno se apersona en Aguascalientes o Querétaro, resulta inmediatamente evidente la impresionante transformación que han experimentado. La pregunta relevante es qué han hecho mal los primeros y bien los segundos.

Los nostálgicos que pretenden recrear los setenta tienen razón en que el país es más desigual porque arroja tasas muy diferenciadas de crecimiento, pero es imposible recrear la estrategia que se siguió hace medio siglo por al menos dos razones: primero, porque la realidad socio política y económica de entonces no tiene semejanza con la actual. En aquella época el crecimiento se explicaba por una combinación óptima de inversión pública (infraestructura) e inversión privada que respondía a un marco de certidumbre producto de un claro entendido entre los diversos factores de la producción y el gobierno. No era un mundo perfecto pero, mientras duró, resultó sumamente exitoso.

La segunda razón por la que es imposible reconstruir los setenta es que el factor clave que hizo posible las elevadas tasas de crecimiento de esos años -el petróleo y la expectativa de que sus precios crecerían de manera permanente- ya no existe. Además de que la producción de petróleo ha decrecido en términos absolutos, su importancia relativa en la economía mexicana ha disminuido radicalmente. El país cambió al petróleo por las manufacturas y los estados que se incorporaron en esa lógica han ganado empleos y fuentes de ingresos.

Muchas falacias dominan la lógica gubernamental. La primera y más importante porque determina las demás, es que se abandonó el modelo del desarrollo estabilizador por razones ideológicas. De hecho, en los setenta y ochenta se hicieron absurdos intentos por prolongar la vida del desarrollo estabilizador cuando sus pilotes de soporte ya habían desaparecido. Pero lo más importante es que no se puede retornar a un mundo que ya no existe.

El punto nodal es que se abandonó aquel modelo de crecimiento porque la economía ya no crecía. Mientras México vivía la borrachera petrolera, el resto del mundo cambió su forma de producir, volcándose al mercado mundial. Las reformas no fueron más que un reconocimiento de la nueva realidad productiva mundial. Regresar al pasado va a agudizar nuestros males.

La implementación de un nuevo modelo requirió desarrollar nuevas fuentes de certidumbre porque las anclas que habían funcionado antes fueron destruidas en diversos terremotos políticos como el de la expropiación de los bancos. El TLC fue un instrumento cuya esencia radicaba en generar certidumbre para los inversionistas y empresarios. Los estados que se incorporaron a esa lógica se transformaron; los que no, se rezagaron. Lo imperativo sería entender qué es lo que impide que llegue inversión a los estados más pobres y actuar en consecuencia, no en la retórica, sino en la realidad.

La evidencia demuestra que factores como los derechos de propiedad y el Estado de derecho son cada vez más importantes para el crecimiento de la economía mientras mayor es el nivel de desarrollo.* Si uno le pregunta a una empresa automotriz qué es lo que le ha llevado a montar una planta en Puebla o Durango y no en Oaxaca o Chiapas, estos factores sin duda serán prominentes en su respuesta. La clave es certidumbre y concordia política.

La tasa de crecimiento es un distractor porque permite imaginar grandes proyectos gubernamentales en lugar de atender la enorme complejidad socio política actual. Es falso el dilema entre crecimiento y estabilidad, como demuestra casi toda la región asiática donde sus gobiernos se han abocado a allanar el camino para la prosperidad. El asunto no es ideológico, sino práctico. Por ahí habría que comenzar.

 

*Acemoglu, Daron, “The Form of Property Rights: Oligarchic vs. Democratic Societies” NBER 2003

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en REFORMA
18 Oct. 2020

 

Simulaciones

Luis Rubio

Si el discurso lo dice, tiene que ser cierto. Así funciona la política mexicana en los últimos años: pura retórica. Baste escuchar los interminables anuncios de los legisladores en que afirman que aprobaron determinada ley, razón por la cual el problema ha desaparecido. Desde luego, muchos asuntos clave para el desarrollo del país requieren modificaciones normativas; sin embargo, el mero hecho de aprobar una ley o hacer un pomposo anuncio gubernamental no resuelve el problema: se trata de una simulación de la que se alimenta la retórica que domina el panorama.

Se afirma que vivimos en una democracia, lo que es parcialmente cierto porque hoy se eligen limpia y libremente a nuestros gobernantes y legisladores, asunto no menor luego de décadas de imposiciones y fraudes electorales. Sin embargo, la vida del ciudadano prototípico no ha mejorado sensiblemente por ese hecho, excepto en que –de enorme trascendencia- los gobernantes hoy tienen menos capacidad de abuso de lo que era típico en el pasado. Pero si la democracia implica representación, participación y límites a la capacidad de abuso, estamos muy lejos de haber llegado ahí.

Nuestra democracia, así sea enclenque como ha demostrado la capacidad del gobierno actual para eliminar cualquier vestigio de contrapeso, no sólo liberó a los ciudadanos del autoritarismo del viejo régimen sino, sobre todo, le dio rienda suelta a los políticos –líderes de partidos, legisladores, gobernadores y presidentes- para construir todo un andamiaje retórico que nunca aterriza: todo es pretensión que se avanza cuando, en realidad, ni siquiera se definen los problemas concretos o se diagnostican correctamente para resolverlos.

En su libro sobre la manera en que evolucionó la Europa exsoviética después de la caída del muro de Berlín, Krastev y Holmes* describen la forma en que la élite rusa se abocó a emplear el lenguaje para no cambiar el statu quo, es decir, construyeron una democracia fake que les permitió preservar sus privilegios. Pero lo más interesante que explican los autores es que a esa misma cohorte le pareció enteramente natural simular la nueva democracia porque llevaban dos décadas (antes del fin de la URSS) pretendiendo que el comunismo era democrático y funcionaba bien. Cualquier semejanza con la forma en que ha evolucionado la democracia mexicana es meramente casual.

Quizá la pregunta más trascendente sea si la ciudadanía en general se cree la retórica y la acepta como palabra suprema. No cabe ni la menor duda que muchos políticos no sólo creen en sus propias palabras (y mentiras), sino que suponen que éstas se convierten en realidad por el mero hecho de haber sido expresadas en público. Sin embargo, el fenómeno ciudadano es clave: la historia sugiere que la población cree lo que dicen los políticos, hasta que deja de creerles. La retórica es parte inherente a la política, pero cuando los hechos no cambian, o cuando la realidad no mejora, el deterioro se torna inexorable: la experiencia de Fox y Peña Nieto es aleccionadora; la pregunta al aire es cuándo sucederá lo mismo con el actual gobierno.

Esta forma de ser y proceder ha paralizado al país por varias décadas. En lugar de debatir la naturaleza de los problemas y sus posibles soluciones, la vida política se dedica a la retórica y, por lo tanto, a la simulación. La mediocridad que eso alienta, ahora formalizada en un discurso cotidiano cuya característica central es la de desviar la atención de los asuntos relevantes, no se limita exclusivamente a la falta de crecimiento económico, sino incluso a la pretensión de que éste ni siquiera es necesario.

En el fondo, quizá el problema nodal del sistema político mexicano actual radica en la disfuncionalidad, cuando no ausencia, de un gobierno susceptible de cumplir sus responsabilidades, desde las más básicas como la seguridad, hasta las medulares, como la creación de condiciones para el progreso de la población, en el sentido más amplio del término progreso.

El fenómeno lo explica Fukuyama** con claridad: el progreso depende de la existencia de un gobierno competente, un eficaz sistema de rendición de cuentas y un sistema democrático de elección de los gobernantes, pero afirma que el orden en que estos factores hacen su aparición es crucial. Si un país se democratiza antes de construir un Estado fuerte y competente, el resultado será parálisis, disfuncionalidad y, potencialmente, inestabilidad.

En México se construyó un gran aparato para garantizar la limpieza electoral, pero no se transformó al sistema de gobierno para ser capaz de darle viabilidad social y económica al país. El gobierno mexicano acabó siendo enclenque; carente de instrumentos idóneos al reto; con instituciones débiles y, en su mayoría, sin poder alguno (igual la Suprema Corte que los organismos autónomos); y saturado de disputas no institucionales entre los diversos actores políticos.

La retórica ha permitido disfrazar esta fragilidad, pero ha impedido que se atienda como la prioridad nacional principal que debería ser. Peor, ahora se aprovecha para intentar retrotraer la presidencia omnipotente que, a final de cuentas, es lo que nos dejó donde estamos.

 

*The Light that Failed: A Reckoning;

**Political Order and Political Decay

 

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  REFORMA
11 octubre 2020

La Corta

Luis Rubio

“¿Qué se tiene que hacer si en algún momento la población vota para establecer una dictadura?” se pregunta Karl Popper, el gran estudioso de la democracia y las sociedades abiertas. La mayor parte de las democracias, dice el autor, incluyen provisiones para impedir que eso ocurra, como el requerimiento de mayorías calificadas en el congreso. Legalmente o no, el hecho es que Morena, y por lo tanto el presidente, cuenta con una mayoría calificada en la cámara baja del poder legislativo y no le falta mucho para tener lo mismo en el senado. En un sistema de poderes divididos, la Suprema Corte constituía el único poder capaz de evitar la consolidación de una dictadura. Lamentablemente, la Corte se quedó corta.

Cada uno de los poderes en una democracia tiene su estructura, origen y responsabilidades. Mientras que el ejecutivo y el legislativo son electos y, por lo tanto, requieren mantenerse cerca del pulso ciudadano, la Suprema Corte fue diseñada para guardar distancia y valorar, desde la perspectiva de largo plazo que ofrece el marco constitucional, las propuestas, decisiones y legislaciones que son materia de los otros dos poderes. Su función no es la de ser popular sino la de guardar el equilibrio, y romper los empates, entre los otros poderes públicos.

Cuando un poder dotado de semejantes facultades abdica su responsabilidad, le falla a la sociedad y abre la puerta a cualquier tropelía que pudieran querer avanzar los otros poderes. En nuestro caso, con un ejecutivo que domina al poder legislativo y lo subordina a sus intereses y preferencias de manera rutinaria, la Corte era el único reducto que le quedaba a la ciudadanía como fuente de protección constitucional. Con su decisión de endosar la consulta para procesar judicialmente a los expresidentes, la Corte cedió, se doblegó y perdió toda credibilidad. Con una Corte subordinada -tramitadora de las ocurrencias presidenciales- resulta innecesario crear un tribunal constitucional como el que proponía el presidente porque ya está ahí.

En lugar de evaluar la propuesta de consulta para procesar a los expresidentes en términos constitucionales, la Corte optó por elucidar “los sentimientos del pueblo.” Hay sólo dos interpretaciones posibles, ambas malas: primero, que la mayoría de los ministros de la Corte efectivamente cree que la politización de la justicia es una forma legalmente válida; la otra es que la Corte optó por evitar un conflicto con el presidente, accediendo de antemano a sus deseos. Ambas son pésimas noticias para la democracia mexicana y peores para el Estado de derecho.

El asunto de la consulta ha sido ampliamente debatido por lo que sólo destaco tres puntos que me parecen clave. Primero, la consulta no es un tema legal sino político: el presidente quiere estar en la boleta en la elección intermedia de 2021 para elevar la probabilidad de que su partido retenga la mayoría en la cámara de diputados. La Corte le ha regalado lo que quería lograr con la revocación de mandato: un vehículo para promover su iniciativa sin violar estamento electoral alguno. Me queda claro que lo último que le importa es acusar penalmente a los expresidentes, aunque sin duda hay uno o dos que desearía ver en la cárcel por razones estrictamente personales. Segundo, existe un enorme resentimiento contra diversos exmandatarios, parte alimentado por el propio López Obrador y en mucho por la crisis financiera de 1994-95 y la elección de 2006. En lugar de cambiar la realidad a través de mejores políticas públicas que resuelvan aquellos agravios en lo que importa, la calidad de vida de la ciudadanía, el presidente ha optado por una estrategia de confrontación y distracción. La consulta le cae como anillo al dedo para este propósito. Finalmente, la Corte abre la puerta para someter a consulta cualquier cosa: a más de uno se le ocurrirá que eso incluye el pésimo desempeño de la actual administración, la corrupción del gobierno de Morena, el agua de Chihuahua o la extraordinaria conducción de la pandemia.

Una de las peculiaridades del poder en México es su exceso. Los presidentes, y más el actual, gozan de un poder casi ilimitado, libre de mayores contrapesos, lo que les hace creer que son omnipotentes. En la medida en que su actuar fomenta y nutre esa sensación de poder absoluto y sus asesores y funcionarios se tornan, de manera consciente o no, en cómplices, los presidentes comienzan a creer que su realidad es permanente, indisputable y legítima. El mero hecho de que el presidente crea que no hay corrupción en su gobierno es indicador temprano de este hecho.

La historia, sin embargo, enseña otra lección. Los presidentes comienzan y terminan su mandato y sólo entonces comienzan a percatarse, usualmente de mala manera, de los errores, costos e insuficiencias de su desempeño. Es entonces cuando vienen los reclamos y las exigencias, justo cuando ya no se encuentran en control de los instrumentos que podrían vindicarlos. Nunca falla.

Hay dos grandes perdedores: primordialmente la ciudadanía que, lo reconozca o no, siempre se beneficia del Estado de derecho, aquí debilitado. El otro gran perdedor es, paradójicamente, el propio presidente, que inexorablemente también podrá ser motivo de una consulta.

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REFORMA

(04 Oct. 2020).-

Realidades y rupturas

Luis Rubio

“Todas las generaciones sin duda se sienten destinadas a cambiar el mundo” comenzó diciendo Albert Camus en su discurso al obtener el premio Nobel. Ese es el espíritu con el que el presidente López Obrador parece haber emprendido su gobierno: cambiarlo todo. Buenas razones había para cambiar lo que no funcionaba y así abrirle una oportunidad al desarrollo integral del país. Pero en lugar de seguir esa ruta, se ha dedicado a destruir lo existente, lo que entraña profundas y graves consecuencias para el futuro.

No hay duda alguna que el presidente heredó infinidad de problemas y desajustes, pero también activos muy exitosos y funcionales. Sin embargo, su lógica ha sido la de negar cualquier valor a lo existente sin siquiera ofrecer una alternativa. Como método de distracción, se trata de una táctica potencialmente efectiva, pero sólo para el corto plazo. A cuatro largos años de concluir el sexenio, el país requiere algo más que distracciones.

Primero las distracciones. Por su naturaleza, el presidente confronta y estigmatiza: lo hace con la economía, con los expresidentes, con los empresarios y con toda esa gama que agrupa con una de sus palabras favoritas: “adversarios.” Como estrategia de gobierno, se trata de un instrumento útil, siempre y cuando lo esencial funcione, es decir, que la economía marche de manera razonable, que se creen al menos los empleos indispensables y que la ciudadanía goce de satisfactores suficientes para la vida cotidiana. El problema es que lo esencial no está funcionando y, de hecho, comienza a hacer agua no sólo por la pandemia, sino por la falta de inversión. Por la manera en que dispone de los fondos públicos (para transferencias clientelares y para proyectos con poco o nulo efecto multiplicador) el gobierno no tiene capacidad para invertir y por la manera en que ahuyenta a los inversionistas, la inversión privada tampoco se materializa. Uno tiene que preguntarse qué beneficio trae la confrontación.

Segundo, la retórica si importa: los presidentes, en la forma en que se comunican, crean hechos políticos y más en un país con instituciones tan débiles que el propio presidente ha hecho a un lado. El lenguaje presidencial aliena a vastos sectores de la población, lo que se revierte tanto en una crítica al propio presidente como en ausencia de oportunidades para la realización de proyectos económicos. Las expectativas son sumamente negativas y remontarlas se volverá crecientemente difícil. En un país del perfil demográfico de México, con tantos jóvenes, seis años sin creación de empleos representa un enorme riesgo sociopolítico. Tan grande es éste que uno de los blancos de la estrategia clientelar del presidente son precisamente los jóvenes sin empleo. Pero si las tendencias económicas prosiguen como hasta ahora, pronto no habrá presupuesto suficiente para tanto desempleado, joven o viejo.

Tercero, la popularidad presidencial no es ficticia, pero tampoco es inamovible. Todo indica que la popularidad se sustenta en dos anclas: primero que nada, en la credibilidad del presidente y su historia de denuncia de problemas como la pobreza y la corrupción. Muchos mexicanos no sólo le creen, sino que aborrecen las alternativas tradicionales, lo que les hace permanecer en donde están, aún cuando muchos alberguen severas dudas de la viabilidad del proyecto gubernamental. Por otro lado, la estrategia de transferencias a poblaciones como la de adultos mayores y jóvenes no son inocentes: siguen una lógica estrictamente política y electoral. Es muy probable que no reduzcan la pobreza o eviten el reclutamiento de jóvenes por parte del narco, pero en términos de un intercambio de dinero por apoyo, esos programas son potencialmente infalibles.

Finalmente, no se debe confundir un rebote económico con una recuperación de la economía. El tamaño del colapso es tal, que es natural, simple lógica, esperar un rebote en estos y los próximos meses. Sin embargo, un rebote no implica una recuperación, que usualmente viene acompañada de inversión, crecimiento del empleo y elevación del consumo. Nada de eso es posible vislumbrar por ahora, razón por la cual hasta los pronósticos más benignos y optimistas son terribles. Sin un cambio de estrategia política, la economía no va a recobrarse en los próximos años.

Vuelvo al inicio: nadie puede dudar que el presidente heredó enormes problemas, que él mismo resumió en pobreza, desigualdad, corrupción y bajo crecimiento. Todos esos son problemas reales que ameritan una estrategia integral que permita no sólo remontarlos, sino erradicarlos. Pero en lugar de construir esa estrategia, el presidente se ha dedicado a destruir todo lo que existía, mucho de ello no sólo funcional, sino altamente benigno. Paso a paso, la destrucción ha ido ascendiendo, al grado en que llegará el momento en que ya no sea reversible. Como dice la anécdota del peregrino que quería ir a Roma, si el presidente quiere construir un país acorde a su visión, no puede seguir por donde va.

El discurso de Camus seguía: “mi generación sabe que no podrá [cambiar al mundo], pero su tarea es quizá mayor: debe prevenir que se destruya.” Llevamos dos años de destrucción sistemática. ¿No será tiempo de comenzar a construir?

 

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(27 Sep. 2020)

 

 

 

Nuestro entorno

Luis Rubio

El rey Canuto de Dinamarca (990 dc) es famoso por haber instalado su trono en la playa rodeado de todo su séquito: sentado cerca de las olas, demandó que éstas pararan, pero acabó empapado. El mensaje a sus serviles seguidores fue que hay límites al poder humano. Así debemos ver la relación con nuestro vecino del norte y, en general con el resto del mundo: todo en el planeta está cambiando y los elementos que conferían certidumbre en las pasadas décadas se han erosionado.

Más allá de la pandemia, una mirada a lo que ocurre a nuestro derredor revela patrones de conducta que hubieran sido inconcebibles hace sólo unos años. El cambio más notable, y todavía más para México, es sin duda el que ha experimentado la sociedad estadounidense en la forma del presidente Trump. El país que había liderado al mundo con el conjunto de ideas e instituciones relativos al comercio, la inversión y las relaciones internacionales, el llamado “orden internacional,” a partir del fin de la segunda guerra mundial, abdicó su liderazgo y ahora es fuente de interminables conflictos y desarreglos en el ámbito global.

Trump no fue producto de la casualidad: al igual que Brexit y otros cambios políticos en el espacio europeo (Polonia, Hungría, Italia, etc.), refleja desequilibrios y desilusiones de las ciudadanías de sus respectivos países por factores que van desde la migración hacia las naciones desarrolladas hasta los desajustes producidos por la globalización. Por muchos años, Estados Unidos y China desarrollaron un esquema de integración –al que Nial Ferguson bautizó como “Chimerica”- que provocaron desajustes en el empleo industrial y, con ello, fuertes estragos al interior de la sociedad estadounidense.

Muchas comunidades, típicamente en el centro de EUA, el corazón del cinturón industrial desde el siglo XIX, eran dependientes de una gran empresa que dominaba la vida laboral –como ocurría en industrias como la del carbón, acero y automotriz- fueron devastadas cuando ese empleador tuvo que cerrar por razones tan diversas como el cambio tecnológico, costo laboral o regulaciones ambientales. Las personas que habían dedicado su vida a esa empresa o actividad súbitamente se encontraron sin empleo, con pocas habilidades o capacidad de adaptación a la “nueva” economía, generalmente en el ámbito digital. Si bien proliferan los ejemplos de ajuste exitoso (como ocurrió en Rochester, NY luego de la caída de Kodak), hay un sinnúmero que no lo lograron, su población acabando sumida en el alcohol y las drogas. Trump no inventó esa realidad, sólo la convirtió en fuerza electoral.

Mucha gente espera que el día en que Trump deje la presidencia, el mundo retorne a la normalidad. Lamentablemente, aunque pudiera disminuir la estridencia y las malas formas en el discurso y actuación de sus futuros gobernantes, los factores estructurales que llevaron a Trump a la presidencia seguirán ahí. Llegue un gobierno de derecha o uno de izquierda, los asuntos contenciosos que hoy vive esa nación no van a disminuir, aunque adquirieran otras formas. El caso de China hace esto más que evidente: Republicanos y Demócratas han llegado a la conclusión de que se están enfrentando ante una potencia hostil y comienzan a actuar, al unísono, bajo esa premisa.

Para México, el conflicto EUA-China ofrece oportunidades para afianzar nuestras propias cadenas de producción y suministro y atraer nuevas líneas de inversión extranjera, pero también constituye un llamado de atención a la urgencia de evaluar los factores clave que afectan la viabilidad y dinamismo de nuestro sector exportador y a actuar para atenuar los elementos que son tan disruptivos en la relación bilateral. En particular, México tiene que elaborar una estrategia integral de acercamiento con las regiones y comunidades estadounidenses que son susceptibles de ver a México como un socio confiable y cercano, todo ello en aras de proteger y afianzar nuestros propios intereses en aquella nación. Esto sería todavía más importante de ganar Biden.

En contraste con China, México experimenta dos fuentes de conflictividad que son administrables, pero México no las ha administrado. Por un lado, se encuentran los dos elementos que se han convertido en emblemáticos de la relación y que Trump ha explotado sin rubor: la migración y el superávit comercial, incluyendo al movimiento de plantas industriales hacia México. Ambos fenómenos son viejos, pero México no ha hecho prácticamente nada en el ámbito político dentro de la sociedad norteamericana -no en Washington, sino en Peoria, como dicen allá, en la base- para neutralizar esas fuentes de conflicto. Independientemente de si Trump gana o pierde en noviembre, este es un frente abierto en el que México debe actuar.

La otra fuente de conflictividad es más profunda y compleja porque tiene que ver con nuestras propias carencias e insuficiencias, muchas de las cuales se manifiestan en la zona fronteriza, pero que no se originan ahí: las drogas, la inseguridad y la falta de certeza jurídica. Estos fenómenos no son nuevos ni comenzaron con este gobierno, pero su responsabilidad es enfrentarlos. Ahí si, como dice el presidente, una buena política interior es una buena política exterior.

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 REFORMA

(20 Sep. 2020).-

Un sobre más

 Luis Rubio

En la teoría de los sobres -un viejo chiste de la política mexicana- el presidente saliente le deja tres sobres a su sucesor. Cuando las cosas se atoran, el presidente, urgido, recuerda los sobres y abre el primero. “Cúlpame a mí” dice el papel. El presidente López Obrador abrió el primer sobre tiempo antes de su inauguración y le ha venido extrayendo todo el jugo posible, ahora potenciado por las revelaciones de Lozoya, aunque mermado por las de Pio. No hay duda que va a seguir empujando el tema al máximo sin, lamentablemente, atacar el fondo del problema: la impunidad que yace en el corazón del sistema político. Tarde o temprano dejará de tener efecto.

El segundo sobre -“reorganiza tu gabinete”- va a ser menos impactante. El problema para un presidente que concentra tantas funciones en su chistera y todo lo decide sin ayuda de sus colaboradores, además de que, con mínimas excepciones, le confiere cero espacio y responsabilidad a los integrantes del gabinete, es que nadie siquiera se ha dado cuenta de que cambió el equipo. El segundo sobre queda nulificado por improcedente. Pronto se le va a juntar con el tercer sobre, ese que recomienda preparar otros tres sobres.

Los sobres son relevantes para un gobierno que no tiene mayor aspiración que la de mantener el bote a flote, característica común de muchos gobiernos en todo el mundo. Mejorar un programa aquí, corregir los errores de una política allá, atender los problemas de la comunidad de tal región son todos objetivos válidos y, sin duda, frecuente en la vida pública.

Pero de vez en cuando llega un gobierno con enormes ambiciones que pretende llevar a cabo una transformación. Algunos de esos gobiernos vienen arropados con grandes ideas, iniciativas y proyectos; a otros los anima no más que la fuerza de su voluntad y la expectativa que la mera fuerza de su deseo llevará a lograr la ansiada transformación. Cuando la realidad rebasa las expectativas y la ausencia de plan comienza a ser evidente, los sobres se tornan indispensables. ¿Qué ocurre, sin embargo, cuando ya no hay más sobres que abrir y el gobierno ni siquiera ha concluido sus primeros años, tiempo antes de las elecciones intermedias?

El ruido mediático en torno a la corrupción del pasado sin duda va a ser ensordecedor y podría ser infinito si procede con una persecución criminal de algún expresidente. Pero, además de la dudosa legalidad de semejante empresa, uno debe preguntarse si sería suficiente para tapar el enorme hoyo que va a crear el desempleo y la recesión que ya están ahí pero todavía no se ven en toda su profundidad e implicaciones sociales.

El problema del ruido es que sólo es perdurable y verdaderamente transformador cuando tiene algo más que objetivos utilitarios detrás. En política, desde luego, lo utilitario es siempre relevante y, como sugiere el asunto de los sobres, desviar la atención es parte natural y lógica del arte de gobernar. La pregunta es ¿ruido para qué? Si el ruido sirve para apaciguar ánimos mientras avanzan otros programas ya en curso pero que todavía no dan frutos, el circo no sólo es lógico, sino sumamente valioso. Pero si el objetivo es meramente comprar tiempo, confiando que las cosas volverán, por sí solas, a su nivel, el riesgo se exacerba, pues es improbable que las cosas mejoren en un plazo razonable dada la profundidad de la recesión y la ausencia de inversión privada susceptible de atajarla. El tema se complica todavía más si lo que se encuentra detrás del ruido no es ni siquiera un propósito utilitario, sino más bien un objetivo de venganza, producto más de odios personales que de asuntos de Estado.

La gran ventaja de que goza el presidente reside en que una parte importante del electorado sigue enojado con el statu quo y está convencido que atacar al pasado es necesario. En un país donde la corrupción ha reinado como parte del ejercicio del poder, visible en todo su esplendor en el gobierno anterior, el circo mediático tiene enorme vigencia porque responde al resentimiento visceral que prevalece mucho más allá que cualquier alternativa política, a la fecha inexistente. Aunque el desempeño del gobierno sea mediocre en el mejor de los casos, una amplia porción del electorado sigue alentada más por el enojo que por la esperanza o la expectativa de algo mejor. Esta es una ventaja no menor y constituye una fuente de combustible que puede ser mucho más candente y eficaz de lo aparente.

Pero el enojo no resuelve los problemas de esencia, comenzando por el comer y sobrevivir. Por más que pudiera haber “triunfos” mediáticos en la forma de grandes persecuciones judiciales, en la medida en que no se atiendan las causas de la corrupción, la ciudadanía acabará viendo que no hay más que circo, pero sin pan, en el horizonte. Décadas de espectáculos mediáticos (grandes o pequeños, da igual) han sedimentado una cultura de cinismo que trasciende a cualquier liderazgo individual, por poderoso que éste pudiera ser.

En ausencia de un sobre más, el gobierno pronto enfrentará los productos de un proyecto que no responde a las circunstancias y necesidades del país, pero demasiado tiempo antes de terminar. La oportunidad de transformar, una verdadera transformación, sigue ahí.

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Costos y consecuencias

Luis Rubio

La democratización que ha experimentado el país en las últimas décadas trajo consecuencias no anticipadas con las que hay que lidiar porque la alternativa es absolutamente inaceptable. Quien gana una elección se siente libre de avanzar su agenda no sólo negando a la oposición, sino, como hoy, tildándola de enemiga. En lugar de una democracia, hemos construido, o reproducido para el siglo XXI, la famosa frase de Cosío Villegas: una monarquía sexenal. En lugar de emplear la política para construir un futuro común, una interdependencia necesaria, se excluye y persigue toda visión y pensamiento crítico o disidente. Esas son las formas de una dictadura y, cuando eso ocurre, deja de importar el signo o la persona a cargo: lo que importa es la realidad.

Muchos de los excesos del gobierno actual, sobre todo su manera de destruir instituciones y obligar a sus contingentes legislativos a seguir instrucciones, como si fuesen meros empleadillos, son sin duda reacción visceral a los excesos -de forma o de fondo- de administraciones anteriores. Pero el hecho de que un presidente se pueda exceder evidencia la enorme fragilidad de nuestro sistema de gobierno, que la pandemia no hecho sino magnificar. Elaborar y modificar leyes en una democracia es la función elemental del legislativo que, en la división de poderes, constituye un poder igual y un contrapeso. Sin embargo, como dice Santiago Kovadloff de Argentina, “nosotros modificamos mucho más la constitución de lo que la cumplimos.” En México es el presidente quien manda, legisla, ejecuta y viola la constitución, pretendiendo que gobierna, cuando en realidad instruye y sojuzga.

Las naciones en que la palabra es única, una imposición, la reversión es igualmente veloz. Lo que el presidente está haciendo con las reformas económicas y con las instituciones, fideicomisos y organismos que surgieron del ejercicio ejecutivo y legislativo previo no se puede explicar más que por un ánimo revanchista y retardatario que parte de la negación del tiempo y del cambio de circunstancias.

Sin duda, lo que ha hecho posible desmantelar las estructuras administrativas, políticas y regulatorias es la poca legitimidad de que gozaban; pero, al actuar de la misma manera -de hecho, de forma mucho más arbitraria porque ahora ni las formas se cuidan- el presidente está sembrando las semillas del siguiente contraataque. En lugar de construir y gobernar, la población, a la que trata como súbdita, acabará viendo y pensando al gobierno actual como le ocurrió con todos los anteriores. Nadie, ni AMLO, puede desafiar la ley de la gravedad.

Uno se podría preguntar cómo es posible que el presidente tenga tanto poder para llevar a cabo su programa de centralización sin contrapeso alguno. La respuesta es muy simple: seguimos viviendo en un entorno predemocrático en el que los integrantes de su partido en el legislativo están dispuestos a plegarse ante el presidente, y él a hacerlos funcionar de esa manera, sin rubor alguno. En lugar de representar a la población, responden a su jefe, típica forma predemocrática.

La interrogante clave es qué harán esos mismos legisladores y jueces cuando los errores y carencias de este gobierno rebasen al presidente y exijan respuestas ante los problemas cotidianos, de esos que la pandemia acumula a una velocidad superior al crecimiento en el número de muertos. Si una constante tiene el sistema político mexicano es que el rey es rey, pero sólo mientras está ahí; en el momento en que eso cambia comienza el calvario. No hay ni un solo presidente en esta era que no haya pasado por esa criba, aunque algunos la hayan librado mejor que otros. Atizar el fervor vengativo solo eleva los momios.

La otra constante es una infinita incapacidad para reconocer lo previamente logrado y construir sobre ello. El pasado siempre fue malo y tiene que ser modificado porque los nuevos siempre son más inteligentes que los anteriores. La arrogancia es tan grande que ciega a todos: un país de más de ciento veinte millones de habitantes es mangoneado como si se tratase de un pueblo perdido en la mitad de Tabasco. El problema es que, con todos los errores y corruptelas, México es una de las principales naciones del mundo y la ciudadanía, aunque ninguneada, tiene aspiraciones, a mejorar y salir adelante. Y, a la larga, siempre se impone. Ni cerrando a toda la prensa evitará que la información sea conocida.

Sin embargo, el panorama hacia adelante no es halagüeño. Negar el número de muertos, la profundidad de la recesión o el número de desempleados (los reales, no sólo los del IMSS) no hace sino contribuir a la profundización y alargamiento de las dos crisis simultáneas: la sanitaria y la económica. El gobierno ignora a la ciudadanía, pero ésta no puede ignorar su realidad, esa que le pega directamente a su ingreso y a sus posibilidades de sobrevivir.

Urge revisar el contenido de nuestra democracia para hacer reingeniería en la forma de gobernar. La ausencia de un proceso de reforma al sistema político es lo que ha causado la subordinación del legislativo, la disfuncionalidad del llamado pacto federal y las excesivas atribuciones -reales y nominales- de esta presidencia. La alternativa no es de un color atractivo.

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@lrubiof
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 REFORMA
30 Ago. 2020

No es casualidad

Luis Rubio
En solidaridad con Nexos.

 “Los reportes sobre mi muerte han sido altamente exagerados” afirmó Mark Twain. Lo mismo se puede decir sobre el capitalismo. Desde 2008 innumerables políticos, estudiosos y opinadores han asegurado que el capitalismo quedó moribundo; doce años después, la pandemia ha desatado una nueva ola de protestas y Casandras. Pero el capitalismo sigue y seguirá porque, dice Francesco Boldizzoni,* éste responde a la naturaleza humana.

La página de Internet de “Black Lives Matter,” el inspirador de las protestas recientes, dice textualmente que su objetivo es “el desmantelamiento del imperialismo, capitalismo, supremacía blanca, patriarcado e instituciones estatales.” Los agitadores que han aparecido en México, además de emplear términos que no son típicos del país (lo que sugiere “tecnología” importada) no tienen una página en Internet, pero sin duda comparten esos objetivos. En lugar de buscar crear condiciones para la prosperidad de sus huestes, muchos grupos de Morena abiertamente hablan de crear un caos para avanzar hacia el paraíso chavista.

La paradoja es que el liberalismo, que históricamente ha sido complemento inexorable del capitalismo, es flexible y adaptable, en tanto que los protestantes son dogmáticos y en buena medida arrogantes. Me dirán que no puedo juzgar al movimiento, pero su naturaleza destructiva habla por sí misma. Los agitadores y quienes los siguen ciegamente difícilmente representan a la población.

Es evidente que la situación económica, el desempleo y meses de semi confinamiento han exacerbado los ánimos, pero de ahí no se puede colegir que la población quiere destruir lo existente, por más que el statu quo requiera y merezca cambios fundamentales. Quien quema o destruye un negocio ciertamente no está pensando en los desempleados o la lacerante recesión. Es vandalismo puro con objetivos ulteriores.

Dos libros recientes se abocan a la persistencia del capitalismo, pero con enfoques muy distintos. Boldizzoni comienza con una frase lapidaria: “Estos días el mundo parece estar llegando a su fin con asombrosa regularidad.” La gran recesión, Brexit, Trump, el apocalipsis climático, el coronavirus y lo que se acumule esta semana, son todos anuncios del irreversible e inevitable colapso del capitalismo. Pero las masas nunca parecen aprender la lección.

El libro de Boldizzoni relata la historia del capitalismo con gran detalle: un recorrido especialmente valioso por la manera en que clasifica a las diversas corrientes críticas. Para Rosa Luxemburgo, lo relevante son las teorías de la implosión, donde el capitalismo se colapsa por el peso de sus contradicciones. John Stuart Mill y Keynes plantean el agotamiento del capitalismo que conlleva a su muerte luego de haber creado una base de prosperidad. El recorrido concluye con Schumpeter, a quien le preocupa lo contrario: que el éxito del capitalismo en crear riqueza y prosperidad conduzca al abandono de la ética de trabajo que lo hizo exitoso. Lo más valioso del texto es que coloca al capitalismo en su justa dimensión: es tanto una “actividad añeja de la humanidad (producir y comerciar) como un sistema socioeconómico moderno basado en derechos de propiedad bien definidos y empleo asalariado.” Aunque el autor es crítico del capitalismo y habla en términos catastróficos, su argumento es, en esencia, que el capitalismo es inherente a la humanidad y eso explica su persistencia a lo largo de los siglos.

Thomas Philippon** sigue una línea muy distinta. Su texto compara la forma en que las economías de Europa y Estados Unidos han evolucionado en las últimas décadas, evaluando la capacidad de adaptación y flexibilidad de cada una de ellas. Comienza por observar la capacidad de innovación, encontrando que los americanos son superiores al desarrollar nuevos aparatos, a los que él llama “juguetes.” Sin embargo, mientras que en los ochenta los americanos provocaron dos momentos de alta innovación gracias a la competencia desatada por la desregulación de la aviación y la división del monopolio telefónico, su apreciación es que los reguladores europeos aprendieron esas lecciones mejor que los propios estadounidenses, desarrollando una mayor efectividad regulatoria al intervenir en el mercado, produciendo mucho mayor competencia en sus economías.

La falta de competencia en la economía americana no es una crítica nueva, pero su conclusión es que el éxito económico depende de la capacidad de adaptación para generar riqueza y ésta se mide esencialmente en términos de acceso al mercado, que el autor considera superior en Europa.

La lección para México es evidente: México cuenta con, literalmente, millones de empresarios que luchan de sol a sol para construir su futuro, pero nunca acaban de crecer y consolidarse porque la formalización es tan onerosa que nunca llegan ahí. Lo fácil es perderse en las empresas grandes, pero lo trascendente es el enorme número de empresarios en potencia, limitados por requerimientos regulatorios y fiscales que con frecuencia resultan insalvables. Estos libros muestran lo importante que es tener un gobierno competente que crea condiciones para la prosperidad. Lamentablemente, al día de hoy, esto en México no es parte de la ecuación.

*Foretelling the End of Capitalism: Intellectual Misadventures Since Marx; **The Great Reversal

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https://www.reforma.com/no-es-casualidad-2020-08-23/op187420?pc=102&referer=–7d616165662f3a3a6262623b6770737a6778743b767a783a–

 

en REFORMA

23 Ago. 2020

Not by Chance

In solidarity with Nexos
Luis Rubio

 

“The reports of my death are greatly exaggerated,” stated Mark Twain. The same can be said about capitalism. Since 2008 innumerable politicians, scholars and opinion writers have assured us that capitalism was at death door; twelve years later, the pandemic has unleashed a new wave of protests and Cassandra-like predicaments. But capitalism continues and will continue because, says Francesco Boldizzoni,* it responds to human nature.

The “Black Lives Matter” Internet page, the inspirer of the protests, states that its objective is “the dismantling of imperialism, capitalism, White supremacy, patriarchy and State institutions.” The agitators who have appeared in Mexico, in addition to employing terms not typical of the country (suggesting imported “technology”), do not have an Internet page, but without doubt share the same objectives. Instead of generating conditions for the prosperity of their hordes of followers, many Morena-party groups speak openly of creating chaos in order advance toward the paradise of Hugo Chávez.

The paradox is that liberalism, which historically has been an inexorable complement of capitalism, is flexible and adaptable, while the protesters are dogmatic and in good measure arrogant. Some will tell me that I cannot judge the movement, but their destructive nature speaks for itself. The agitators and those who follow blindly in their footsteps, hardly represent the population.

It is evident that the economic situation, the unemployment and the months of semi-quarantine have exacerbated spirits, but from there one is unable to deduce that the population wants to destroy what exists, however much the status quo requires and deserves fundamental changes. Whosoever burns or wrecks a business is certainly not thinking about the unemployed or the harrowing recession. It is pure and unadulterated vandalism with ulterior motives.

Two recently published books cover the persistence of capitalism, but with very distinct focuses. Boldizzoni begins with a pithy phrase: “These days the world seems to end with staggering regularity.” The great recession, Brexit, Trump, the climate apocalypse, the coronavirus and whatever accumulates this week, are all intimations of the inevitable and irreversible collapse of capitalism. But the masses never appear to learn the lesson.

The Boldizzoni book relates the history of capitalism in great detail: an especially valuable journey for the manner in which the author classifies the diverse critical currents. For Rosa Luxemburg, what is relevant are the implosion theories, in which capitalism collapses under the weight of its contradictions. Others, such as John Stuart Mill and Keynes, propose the depletion of capitalism that leads to its death after its having engendered a foundation for prosperity. The voyage concludes with Schumpeter, who worries about the contrary: that the success of capitalism in devising wealth and prosperity prompts the abandonment of the work ethic that made it successful. Most valuable in the text is that it situates capitalism within its just dimension: it is “both an age-old human activity —individuals producing and trading— and a more recent socio-economic system based on clearly defined property rights and wage labour.” Although the author is critical of capitalism and speaks in catastrophic terms, his argument is, in essence, that capitalism is inherent to humanity and that this explains its persistence throughout the centuries.

Thomas Philippon** follows a very distinct line. His text compares the way the economies of Europe and the United States have evolved over the last decades, evaluating the capacity of flexibility and adaptation of each of these. He starts by observing the ability to innovate, finding that Americans are superior in developing novel devices, which the author calls “toys.” However, while during the eighties the Americans precipitated two moments of high innovation thanks to the unfettered competition apropos of the deregulation of aviation and the breaking of the telephone monopoly, Philippon’s appreciation is that European regulators learned these lessons better than the Americans themselves, developing greater regulatory effectiveness on intervening in the market, producing much greater competition in their economies.

The lack of competition in the U.S. economy is not a new criticism, but the author’s conclusion is that economic success depends on the  aptitude for generating wealth and that is measured in terms of market access, which the author consider to be superior in Europe.

The lesson for Mexico is evident: Mexico has, literally, millions of entrepreneurs who struggle from sunrise to sunset to build their future, but they never end up growing and consolidating because becoming formalized is so onerous that they never make it. It’s easy to get lost in big businesses, but what is transcendent here is the enormous number of potential entrepreneurs, limited by regulatory and fiscal requirements that are frequently insurmountable. These books show how important it is to have a competent government that creates conditions for prosperity. Unfortunately, to date, this in Mexico is not part of the equation.

 

*Foretelling the End of Capitalism: Intellectual Misadventures Since Marx; **The Great Reversal

 

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