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Oportunismo

Luis Rubio

La evidencia muestra que el proyecto es el poder, no el bienestar o el desarrollo; en este contexto, la crisis ciertamente cae como anillo al dedo. Se trata, como afirmó Rahm Emanuel, a la sazón asesor político de Obama, de “nunca desaprovechar una crisis… una oportunidad para hacer las cosas que pensabas que no podías hacer antes.” En términos marxistas que utilizan muchos miembros de Morena, se trata de agudizar las contradicciones para cambiar la realidad.

Efectivamente, el presidente fue electo para cambiar la realidad: su plataforma electoral planteaba enfrentar la pobreza, corrupción, desigualdad y la falta de crecimiento acelerado. Si algo lo ha distinguido en el pasado año y medio es por ser consistente en sus promesas y por avanzar su agenda en cada uno de esos frentes. La pregunta clave sobre él no radica en los objetivos, que son públicos y transparentes, sino en las estrategias que está siguiendo para lograrlos. Puesto en términos llanos, nadie puede estar en contra de esos objetivos, pero lo que parece evidente es que no está avanzando hacia su resolución: más bien, está concentrando el poder en todos los frentes, como si eso fuese suficiente para alcanzarlos.

La noción de que la concentración del poder resuelve los problemas del país se deriva de una lectura parcial e insuficiente de lo que ocurría en la era del desarrollo estabilizador, sobre todo en los sesenta y principios de los setenta. Las fechas importan porque los resultados fueron contrastantes: entre los cuarenta y el inicio de los setenta el país gozó de una situación de excepcional crecimiento económico y estabilidad política, una combinación perfecta que resultaba de un modelo económico y político que guardaban coherencia entre sí pero que, en los sesenta, llegó a su límite. En los setenta se intentó prolongar un modelo que ya no contaba con viabilidad económica o política a través de un creciente endeudamiento, lo que llevó a la crisis de deuda en 1982 y la terrible recesión de esa década.

El punto clave es que el modelo que había funcionado, una de cuyas características era una presidencia fuerte, fue producto de estrategias políticas y económicas concretas. La presidencia fuerte era la consecuencia del modelo, no el modelo mismo. Además, ese modelo respondía a un momento histórico de México y del mundo que ya no existe. En este sentido, intentar recrear la presidencia fuerte para resolver problemas del siglo XXI es, como hubiera dicho Marx, una farsa.

Lo anterior no ha impedido que la construcción de una presidencia fuerte y un gobierno enfocado al control prosiga con prisa y sin pausa, como ilustra el intento por eliminar cualquier control constitucional al manejo del gasto público o el agandalle eléctrico. Sin embargo, la falacia detrás de ese proyecto es que no es susceptible de avanzar hacia el logro de los objetivos que se planteó el presidente: claramente, la corrupción no ha disminuido (como siempre en nuestro sistema político, la corruptos son los del gobierno en curso, pero ésta persiste); la pobreza no disminuye con el aumento de transferencias (pero si se fortalece una base clientelar que nada tiene que ver con la pobreza); y, claramente, no merma la desigualdad. Del crecimiento ni que hablar.

La evidencia muestra que el verdadero proyecto no es de desarrollo sino de control: no sólo todo está enfocado en esa dirección, sino que ni siquiera se pretende construir el tipo de capacidad rectora que caracterizó al desarrollo estabilizador. Pero el objetivo de control viene acompañado de la neutralización no sólo de los (supuestos) contrapesos al poder presidencial, sino de la eliminación de todos los factores de éxito que caracterizaron al periodo que el presidente denomina como “neoliberal.” Esto implica que el objetivo no es exclusivamente la restauración de una etapa del pasado de México, sino destruir las anclas que permiten que algunas cosas funcionen (por cierto, muchas de ellas muy bien, como la planta de manufactura para la exportación, ahora en riesgo). Esto seguiría la máxima de Trotsky de que “mientras peor vayan las cosas, mejor.”

Lo peculiar del momento actual de México es que el presidente avanza en el ámbito legislativo casi sin restricción, pero los resultados son, a pesar de ello, pírricos. Su control de la cámara de diputados a través de Morena es indisputable y, para iniciativas de ley que no requieren mayoría calificada, tiene igual control del senado. Sin embargo, aunque Morena es un instrumento del presidente, no constituye una representación social con amplia presencia en la sociedad. Su fuerza legislativa es abrumadora, lo que le permite al presidente usar al partido como prefiera, pero no tiene capacidad de movilizar o controlar a la sociedad.

El presidente ha convertido a la crisis de la pandemia en una oportunidad para avanzar su proyecto de control, pero no está avanzando: la sociedad ha cobrado cada vez más presencia y relevancia. En una palabra: este es el momento y ésta es la oportunidad para que la sociedad tome el papel que le corresponde, rompa con el mundo de la información falsa y de la corrupción imperante para construir una plataforma de sólido desarrollo futuro. Las crisis son oportunidades para todos.

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24 May. 2020

Proyecto fallido

Luis Rubio

Siempre me ha parecido simplista la noción de que todo lo que hace el presidente se reduce a la implantación de los principios del Foro de Sao Paulo, un espacio en el que el hoy presidente no parece haber tenido presencia física ni participación directa. Aunque podría haber similitudes entre las propuestas de ese Foro con algunas políticas que ha emprendido el presidente López Obrador, su característica más básica ya como gobernante ha sido la consistencia entre sus acciones y sus declaraciones, todas ellas por escrito en sus libros previos a la toma de posesión.

Los documentos (y discursos) del Foro de Sao Paulo muestran un perfil ideológico muy claro, pero sus propuestas de acción son mucho más vagas de lo que comúnmente se piensa. Nacido por iniciativa del entonces presidente Lula de Brasil y apoyado por Fidel Castro, el foro incluye toda la gama de partidos de izquierda iberoamericanos, desde reformistas hasta revolucionarios. Sus declaraciones tienden a ser muy específicas respecto a circunstancias particulares de países concretos y muy generales sobre el resto.

Desde luego, no queda ni la menor duda sobre la ideología y objetivos políticos de los integrantes de la organización, que incluyen huelgas, nacionalizaciones, rechazo a “modelos económicos  importados,” anular la independencia del poder judicial y apoyo a los gobiernos de izquierda de la región. Sus planteamientos son tan generales y generosos que dan pie para todas las conspiraciones que se le atribuyen, comenzando por la de buscar derrocar a los gobiernos que no son de su agrado.

Quien observe a los diversos componentes de Morena podrá encontrar a innumerables simpatizantes de las ideas enarboladas por el foro y la presencia de muchas de sus personalidades en sus reuniones fortalece la imagen de que el partido las asume como propias. Es muy posible que esto último sea cierto, pero lo que no es obvio es que esa sea una fuente relevante de las ideas o propuestas que emprende el presidente López Obrador. Los objetivos y estrategias del presidente pueden gustar o ser denostadas, pero son siempre predecibles porque las suyas son ideas fijas, ancladas en los años sesenta y publicadas de antemano. Aunque muchas de sus ideas no son benignas o viables, la conspiración no es lo suyo, excepto cuando se trata de quienes percibe como enemigos.

Más que seguir ideas ajenas, al presidente lo motivan principios muy explicables en su biografía y que, al menos en lo económico, Carlos Camacho Alfaro, en su “Seminario Político,” lo expresa con toda claridad: “En México se está llevando a cabo una Nueva Revolución Mexicana; el Presidente de la República ha sido muy claro y puntual en afirmarlo. Se trata de liquidar al Régimen Neoliberal. Así como la Revolución Mexicana liquidó al Porfirismo y su base económica de los hacendados, la IV-T pasa por liquidar a las bases sociales y políticas del Estado Neoliberal. En su lugar, esta nueva revolución será nacionalista, popular y humanista, con ‘nuevas bases espirituales’ para la Regeneración Nacional. Es una estrategia, y se está aplicando en el contexto de la gran crisis provocada por la Pandemia del Covid-19.”

El proyecto es recrear lo que, en la mente del presidente, funcionaba antes de que los pérfidos tecnócratas vinieran a cambiarlo todo con sus infames reformas. Antes, en la era del desarrollo estabilizador, como recordó el presidente en su discurso inaugural, el país gozaba de altas tasas de crecimiento, orden y no había violencia. Como su predecesor (que en concepción política no era muy distinto), el presidente se ha abocado a intentar recrear lo que le parece relevante de aquella época, especialmente su visión de una presidencia que centraliza el poder e impone su voluntad, especialmente en asuntos económicos. Hay un claro componente político y revanchista (someter a la mafia del poder) y un profundo sabor nostálgico: recrear el tiempo idílico de su juventud en que Pemex regalaba dinero en Tabasco y todo mundo vivía (del erario) bien.

En lugar de plan de gobierno, se trata de una fantasía que recuerda mucho a las novelas de Spota, quien describía las veleidades de los presidentes mexicanos en un entorno de excesivo poder. Pero esta no es una novela: se trata de una concepción de gobierno, del tiempo y del mundo que no es real y, sobre todo, que no es actual. Lo más notable es que, a pesar de emplear recursos retóricos que pretenden ser grandiosos, como el de la 4T equiparada a Juárez y Madero, lo anima menos una visión de grandeza transformadora que la noción provinciana de un país sin posibilidades ni futuro en el que el dueño puede hacer de las suyas sin límite ni contrapeso.

México no es un pueblito perdido en el espacio. Más bien, se trata de una gran potencia manufacturera y exportadora, algo sólo posible por la calidad de su ciudadanía. Aunque es evidente que padece enormes fallas -educación, inseguridad, pésimo sistema de salud, corrupción, pobreza e inequidad regional- la mayor de todas es su gobierno. El gobierno mexicano, en el sentido más amplio de la palabra, es incompetente, burocrático, abusivo y, sobre todo, ineficaz. La gran transformación sería construir uno que funcione y no hacerlo todavía más fallido de lo que ya de por sí es.

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en REFORMA

17 May. 2020

 

 

 

Después del virus

Luis Rubio

“Antes de Elvis no había nada” afirmó John Lennon en una entrevista. Igual promete ser para el presidente López Obrador. Por año y medio tuvo una enorme latitud, desconocida desde los años setenta, para desarrollar sus programas y avanzar sus prioridades. Pero, como a todo presidente en el mundo, algo inesperado le marcó un alto, cambiando todo de ahí en adelante.

Quizá el mayor cambio que el coronavirus trajo consigo, por necesidad, fue el fortalecimiento de la sociedad frente al gobierno, algo que se exacerbó inexorablemente por la forma tan torpe en que el gobierno falló en su responsabilidad elemental de proteger a la población. Las consecuencias de este cambio se verán en los años y décadas por venir, siendo posible que la mayor de ellas sea que, finalmente, la sociedad mexicana se libere de un sistema político opresivo que ha impedido el encumbramiento de una verdadera democracia. El tiempo dirá.

El actuar de la sociedad no fue algo concertado ni organizado y ha ocurrido al amparo del aislamiento, lo que obligo a que cada empresa, organización, sindicato, familia y persona tomara decisiones para sí misma. Se inauguró una circunstancia inédita que sin duda afectará el devenir.

El mayor reto inmediato sigue siendo lidiar con el súbito empobrecimiento de la mayoría de los mexicanos, producto de la desaparición de empleos e ingresos, y que constituye el gran reto tanto intelectual como práctico porque de la resolución que se dé dependerá la naturaleza de la recuperación que sea posible después. Por eso destacan todavía más las iniciativas de la sociedad -igual las económicas que parar en seco en el congreso otro intento de control autoritario-, pero sólo el tiempo dirá si fueron suficientes. Muchos gobiernos en el mundo anticiparon estos impactos, para lo cual construyeron respuestas potencialmente viables, que contrastan patentemente con el nuestro: el gobierno no sólo negó la existencia de una crisis, sino que sus acciones la exacerbaron, profundizaron y prolongaron. Patético para un gobierno que se dice preocupado por los pobres.

La suma de una errada estrategia gubernamental desde el inicio de la administración -orientada a intentar imponerle decisiones a los actores económicos nacionales y extranjeros- y la falta de previsión y capacidad de respuesta frente a la crisis, inexorablemente se traducirá en una aguda contracción económica y, mucho peor, una incapacidad para lograr una acelerada recuperación. A los errores de visión de la actual administración se van a sumar los males intrínsecos del sistema político cuya característica histórica es la impunidad. En un contexto así, es inconcebible una rápida recuperación.

Un escenario caracterizado por severa recesión, desempleo, crisis política y ausencia de credibilidad y confianza en el gobierno tendrá consecuencias políticas que igual podrían ser benignas -la consolidación de un sistema democrático-, pero también podría conducir en el sentido opuesto: fortalecimiento de los elementos más duros y radicales de Morena; desaparición de todo vestigio de orden; crecimiento de la criminalidad, ahora sin distingo ni contemplación; radicalización del gobierno tanto en materia económica como política y judicial; descomposición social y política que pudiera provocar una masiva emigración. No hay límite a las posibilidades de deterioro.

¿Qué se puede hacer al respecto? La primera pregunta que deberíamos hacernos todos los ciudadanos es si el presidente va a adecuarse a la nueva realidad o si va a seguir intentando adecuar la realidad a sus esquemas preconcebidos. El costo de esa manera de conducirse se medirá en vidas perdidas, empleos desaparecidos y la velocidad de la eventual recuperación. A esto se suma la natural propensión de fuerzas criminales, políticas, partidistas, militares o paramilitares a substituir funciones gubernamentales, lo que debería ser suficiente acicate para que el presidente reconsidere su visión original, pues el país requiere un camino de salida del hoyo en que hemos caído y a todos conviene que la salida sea por la vía de un liderazgo institucional efectivo, idóneo a las circunstancias.

Desafortunadamente, las señales provenientes del gobierno han sido las contrarias: en lugar de aplaudir el activismo de la sociedad, el presidente lo ha criticado y combatido. Su hostilidad al empresariado es conocida y tiene explicaciones históricas, pero la pregunta es cómo espera avanzar su proyecto de mejorar la calidad de vida del 70% en la era de la globalización sin inversión privada, nacional o extranjera. Su actuar refleja una preferencia por acentuar la conflictividad social, sin contemplar las consecuencias en términos de recesión y pobreza. Es claro que lo importante no es el crecimiento, los pobres, acabar con la corrupción o contribuir al desarrollo del país. La pregunta es qué sigue.

Hasta ahora, el presidente y su gobierno han vivido del apoyo de un amplio segmento del electorado, lo que les ha permitido no pagar por los enormes errores que se han cometido. Pero el coronavirus cambia esa circunstancia: concluido este tiempo de ausencia gubernamental, vendrá la rendición de cuentas, la de verdad. Sería una gran oportunidad corregir antes de que sea tarde.

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10 May. 2020

Plagas y democracia

Luis Rubio

William H. McNeill, autor del famoso libro Plagas y Pueblos, comienza su texto contando que se interesó en ese tema al leer sobre como un pueblo guerrero tan preparado y numeroso como los aztecas, se sometió con tanta facilidad ante una pequeña runfla de vividores que comandaba Hernán Cortés. La respuesta es simple: enfermedades infecciosas que diezmaron a los mexicas.

Las plagas y las infecciones han acompañado a la humanidad desde siempre. Tucídides describe el impacto de una virulenta plaga sobre Atenas en la mitad de la guerra del Peloponeso como “la catástrofe fue tan devastadora que el hombre, no sabiendo que vendría después, acabó siendo indiferente al reino de la religión y la ley.” En la oración fúnebre de Pericles, el famoso político enaltece la actitud de los atenienses ante la crisis, a pesar de que Esparta acabó ganando la guerra e imponiendo un régimen dictatorial. Sin embargo, visto en retrospectiva, la democracia ateniense sobrevivió y legó al mundo lo que Churchill acabó denominando como “el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás.”

Según un estudio de JosiahObery Federica Carugati,* la democracia ateniense persistió -y, a la larga, derrotó a Esparta- a pesar de las guerras y las plagas que duraron años, porque la solidez interna de su sociedad así lo facilitó. Saliendo de la epidemia, la gente resultó muy intolerante de las malas políticas y decisiones gubernamentales y más exigente sobre sus gobernantes.

La gran pregunta para México es si la democracia saldrá fortalecida o si continuará languideciendo (o peor). La respuesta depende de tres factores: primero, de las fortalezas y debilidades que la caracterizan; segundo, de la calidad del liderazgo; y, tercero, de la forma en que la ciudadaníaaprenda de esta crisis, qué lecciones derive y cómo decida organizarse.

La naturaleza de nuestra democracia es bien conocida. Hace unos dieciocho años, en una ceremonia oficial, un reportero le preguntó a los líderes de los principales partidos políticos si México era una democracia. Las respuestas fueron reveladoras: el entonces presidente del PRI afirmó que México siempre había sido una democracia; el del PAN dijo que México era una democracia desde el 2000; y el del PRD respondió que México todavía no había alcanzado la democracia. Es decir, lo democrático depende de que un partido gane las elecciones, no de que exista una forma de democrática de elegir y gobernar, lo que incluiría cosas como: pesos y contrapesos, equilibrio entre los tres poderes públicos, libertad de expresión, un poder judicial efectivo e independiente, una prensa independiente del gobierno y un respeto irrestricto a los derechos ciudadanos.

Medido con estos criterios, es claro que la democracia mexicana es más bien enclenque, lo que se ha demostrado por la facilidad con que el presidente y su partido han tomado control de todas las instancias de gobierno, incluyendo aquellas que teóricamente serían clave como contrapesos. En una palabra, el punto de partida no es encomiable.

Por lo que toca a la calidad del liderazgo, el panorama es elocuente. Tenemos un presidente que, por no tener asociación alguna con las decisiones de las pasadas décadas que él tanto reprueba, contaría con los elementos y la legitimidad para llevar a cabo las reformas que México efectivamente requiere. Sin embargo, su estrategia y, de hecho, sus instintos más básicos, le llevan a lo opuesto: a confrontar, descalificar, atacar y marchar hacia atrás. En lugar de construir, desmantela y en vez de sumar, resta. No hay mucho que se pueda esperar del liderazgo actual, pero una pregunta clave es qué clase de liderazgo alternativo pudiera emerger para el futuro, comenzando con las elecciones intermedias del año próximo. El crédito que anunció el sector privado para empresas pequeñas es un gran comienzo.

Al final del día, lo crucial radica en la ciudadanía, esa que ha sido sometida, controlada y vapuleada desde hace casi un siglo. Toda la estructura partidista e institucional fue construida para el control y nada -incluyendo la libertad de expresión y la alternancia de partidos en el gobierno- la ha erosionado mayormente.

Eso ha producido un fenómeno peculiar, que ilustró un estudio sobre la justicia en América Latina de hace un par de décadas: al comparar los factores que incidían en la justicia entre las diversas naciones de la región, los investigadores brasileños encontraron que México seguía pautas muy distintas. Resultó que había mayores semejanzas entre México y algunas naciones excomunistas, no en términos ideológicos, sino en la forma en que el sistema de partido dominante y controlador había disminuido a la ciudadanía.

Una generación después, hay innumerables esfuerzos organizativos, muchos de ellos muy innovadores, por parte de la ciudadanía, pero persisten muchas de las formas políticas ancestrales, comenzando por toda la estructura del partido gobernante.

George Bernard Shaw, el dramaturgo inglés, decía que “las personas razonables se adaptan al mundo, en tanto que las que no lo son tratan de adaptar al mundo a sí mismas; por lo tanto, el progreso depende de las personas que no son razonables.” Me temo que ahí nos encontramos, al menos por ahora.

*Economist, Marzo 28, 2020

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Antes y después

 Luis Rubio

La corona crisis se va a convertir en una gran excusa para el desastre económico que estamos viviendo, pero no va a cambiar la naturaleza –o existencia misma- del problema. La cloaca ya está abierta.

Para ilustrar el fenómeno, pensemos por un momento en el famoso avión presidencial: el objetivo manifiesto era deshacerse del avión, para lo cual se inventó una rifa que no estaba vinculada al artefacto. El proceso le ha dado ingentes oportunidades al presidente para exprimir el tema a más no decir, sin duda una genialidad política, excepto por un pequeño detalle: llegará el momento, en septiembre próximo, en que se acabe la rifa, pero el avión seguirá ahí, con la misma obligación de llevar a cabo los pagos de renta y mantenimiento. O sea, la rifa, y el circo, no habrán resuelto el problema generado por el propio presidente. El problema seguirá ahí.

Lo mismo ocurre con la economía: independientemente de la crisis causada por el virus- que ya está contrayendo la actividad económica, creando una verdadera recesión en 2020- no hay nada en el horizonte que haga posible que la economía se recupere una vez pasado el trauma. Las razones que han mantenido paralizada a la economía no van a alterarse con el virus, antes o después, aunque sin duda se verán agudizadas en el camino.

La mejor manera de describir lo que viene es con la denominación de “tormenta perfecta:” un gobierno que de entrada alienó a la inversión privada; ausencia total de estrategia de desarrollo; riesgo en el suministro de energéticos; caída en los precios del petróleo; y un gran gasto gubernamental improductivo, a expensas de rubros presupuestales críticos, que ha paralizado a sectores como la construcción. Cada uno de estos factores estaba presente antes de que apareciera el virus en el espectro y (casi) todos son responsabilidad del gobierno. Ahora se vienen a sumar factores externos que modifican el panorama para mal: la recesión que causa el enclaustramiento; la caída en las remesas, producto de la contracción de la economía americana, especialmente en las industrias de servicios en que se concentra mucha de la mano de obra mexicana; reducción de las exportaciones debido a la menor demanda de automóviles, electrodomésticos y demás; y una creciente presión sobre las finanzas públicas por la diversidad de demandas de gasto que la propia crisis está generando y, por lo tanto, en el tipo de cambio.

Desde luego, nadie puede culpar al gobierno de la crisis sanitaria, pero, como dice el dicho, se trata en realidad de llover sobre mojado porque la economía ya iba mal antes de comenzar esta faena, innecesariamente profundizada por nohaber atendido las causas de la recesión previamente existente. En una palabra, la economía ya iba de picada cuando circunstancias externas aceleraron su contracción. En este sentido, es obvio que el presidente va a culpar al coronavirus de la recesión, pero eso no resolverá el problema de fondo ni contribuirá a una pronta recuperación una vez que concluya la crisis inmediata.

La crisis exhibe la cloaca, tanto la que ya existía como la que el presidente descubrió sin proponérselo. La cloaca que ya existía es la que le hizo ganar la presidencia pero sobre la cual, lamentablemente, no ha hecho nada por eliminar: me refiero a la corrupción. Esta es producto de una de las características de nuestro sistema legal y político porque le otorga enormes poderes a las autoridades (a todos niveles) para decidir quién gana y quién pierde, lo que abre ingentes oportunidades para corromper. Como además nunca se persigue la corrupción, la impunidad reinante la potencia de una manera inexorable. El hecho de que el presidente “purifique” en lugar de castigar a funcionarios corruptos no hace sino sedimentar esa práctica ancestral. En otras palabras, el gobierno no ha hecho diferencia alguna en materia de corrupción: habrán cambiado los nombres (como es usual), pero la práctica persiste. Las causas siguen ahí.

La cloaca que destapó el presidente no es nueva, pero es mucho más trascendente porque cancela el crecimiento futuro. La inversión privada fluye siempre que existan condiciones propicias para que ésta prospere y esas condiciones se resumen en la existencia de reglas claras a las que se apega el gobierno y la certeza de que se van a cumplir. Es decir, todo se remite a la confianza que genera el gobierno hacia quien está arriesgando sus ahorros y su capital. En adición a lo anterior, los gobiernos del mundo se desviven por atraer a los inversionistas por medio de la construcción de infraestructura, mejorando el entorno regulatorio y fiscal, así como allanando el terreno para facilitar el proceso. Desafortunadamente, el gobierno actual rechaza de entrada estas premisas y ha hecho todo lo posible por negarlas, razón por la cual no logrará atraer inversión en el resto del sexenio.

Por si algo faltara, la destrucción institucional que ha tenido lugar, que podría parecer peccata minuta, ha eliminado mecanismos que, por dos o tres décadas, sirvieron para crear el espejismo de que México había cambiado y ahora se empeñaba en crecer si bien, desde 2018, con mayor equidad. El gobierno actual tiene otros planes, que no son compatibles con el desarrollo.

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26 Abr. 2020

Soluciones fáciles

Luis Rubio

Difícil imaginar un contraste más impactante en respuesta gubernamental al coronavirus que el evidenciado por el gobierno mexicano frente al estadounidense y, en general, de la mayoría del mundo desarrollado. El presidente se ha negado a contemplar cualquier cosa que sea ajena a la estrategia que se había planteado desde el inicio del sexenio: voy derecho y no me quito.

No tengo duda que es imperativa una respuesta proactiva por parte del gobierno ante el panorama económico que se perfila; sin embargo, no me es evidente que las propuestas que circulan sean idóneas o posibles. En su esencia, la propuesta genérica consiste en que el gobierno se endeude (más) para apoyar a las empresas que súbitamente perdieron a su clientela y a las personas que quedaron desempleadas. Las propuestas varían, pero casi todas implican créditos fiscales, posposición del pago de obligaciones al erario y apoyos directos a empresas o personas. La propuesta más acabada y desinteresada es la de Santiago Levy en Nexos, quien se enfocahacia minimizar los impactos regresivos de la crisis, protegiendo a los desempleados, sobre todo a los más pobres, todo ello preservando la estabilidad macroeconómica para que pueda haber una recuperación tan pronto concluya la emergencia sanitaria.

La primera lección que nos enseña la historia y que, supongo, la que motiva al presidente, es que cada vez que el gobierno se endeuda en exceso, vienen las crisis. En concepto, no hay razón para pensar que esto tiene que ser así, pues hay circunstancias que justifican incurrir en deuda, pero siempre y cuando el uso de ese dinero permita no sólo pagar la deuda en el futuro, sino crear bienes públicos que mejoren la calidad de vida de la población, eleven la productividad y/o creen activos que contribuyan a generar riqueza para la sociedad.

El problema es que la deuda mexicana, prácticamente nunca, a lo largo de la historia,se ha usado de manera productiva; más bien, lo contrario es típico: se contrata deuda pública que luego se emplea para financiar gasto corriente. Es decir, gasto público improductivo, frecuentemente políticamente (o electoralmente) motivado que no sólo no genera condiciones para una mayor prosperidad, sino que distrae recursos productivos. Apostaría a que buena parte del endeudamiento que caracteriza a Pemex nunca se empleó para desarrollar nuevos yacimientos, sino para objetivos que nada tienen que ver con la actividad básica de la empresa. Quizá nunca llegaron a Pemex… En estas circunstancias, resulta temeraria la noción de que incurrir en nueva deuda,ahora sí, va a ser bien empleada para atenuar los costos de la pandemia. Y peor con un gobierno caracterizado por tantos prejuicios contrarios al crecimiento económico y a quienes lo hacen posible.

En adición a lo anterior, no se puede desasociar el momento político de los riesgos inherentes a la emergencia sanitaria y la recesión que se agudiza literalmente cada minuto. En condiciones normales, como ocurrió en 2009, los mercados financieros y la población comprenden la naturaleza de una emergencia y no entran en pánico. En las circunstancias actuales, en que no ha habido un solo proyecto nuevo de inversión desde la campaña de Trump en 2016 (y la única excepción, en Mexicali, acaba de ser tumbada por el propio presidente), cualquier movimiento en materia fiscal o de contratación adicional de deuda podría tener un impacto desmedido sobre el tipo de cambio, ya de por sí presionado. La advertencia de las principales calificadoras en el sentido que el grado de inversión del gobierno federal se encuentra en riesgo ciertamente no contribuye a un panorama favorable.

Entonces, ¿qué es lo que se puede hacer en este contexto? Lo evidente es que hay que apoyar a las personas que perdieron sus fuentes de ingresos, especialmente aquellas que se encuentran en la informalidad, pues son las más numerosas y vulnerables. Si además se pudiera lograr su formalización a cambio de apoyos, el beneficio sería para todos. También es crucial apoyar a las industrias clave más golpeadas por la crisis, como las vinculadas al turismo.

Lo segundo que habría que hacer es modificar los rubros del gasto público para financiar este objetivo: ningún gobierno en memoria reciente ha hecho tantas modificaciones al gasto como el actual, así que no hay excusa por la cual esto no pudiese hacerse. Lo obvio sería dejar de financiar proyectos elefantiásicos que no contribuyen al desarrollo regional o nacional, como la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya. El sólo hecho de cancelarse mostraría sensatez fiscal, ampliando el espacio anímico para tolerar un pequeño crecimiento en la deuda pública.

Lo crucial es no perder claridad del objetivo que se estaría persiguiendo: todo esto es para reducir el impacto de la recesión sobre la población más vulnerable y asegurar una rápida recuperación una vez que la emergencia sanitaria haya concluido. En la medida en que la prioridad sigan siendo las transferencias clientelares -el gasto más improductivo en términos económicos y de dudosa productividad política- la economía del país se contraerá sin la menor probabilidad de recuperarse, con los riesgos en términos de gobernanza y criminalidad que ello entraña.

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en REFORMA
19 Abr. 2020

Pestes y apestados

Luis Rubio

Pestes y apestados

Luis Rubio

Antes, en los buenos tiempos, la semana santa eran días de guardar. Ahora que la guarda se ha tornado semi permanente, me dediqué a juntar ideas, explicaciones y comentarios sobre el momento que vivimos, tratando de entender mejor la situación o, al menos, reírme (o llorar) de ella.

“No tengo idea de lo que me espera, o lo que sucederá cuando todo esto termine. Por el momento sé esto: hay personas enfermas y necesitan curarse “.Albert Camus, La Peste

“Es obvio que las enfermedades humanas (y no humanas) están evolucionando con una rapidez inusual simplemente porque los cambios en nuestro comportamiento facilitan la fertilización cruzada de diferentes cepas de gérmenes como nunca antes, mientras que un flujo interminable de nuevos medicamentos (y pesticidas) también le presentan a los organismos infecciosos rigurosos y cambiantes desafíos a su supervivencia “.William H. McNeill, Plagues and Peoples(1975)

“En las últimas dos semanas la situación económica mundial cambió de forma drástica y para mal. Todos los países del mundo están resintiendo las repercusiones del coronavirus. Es demasiado temprano para dar números, pero es una certeza que habrá una recesión mundial, más profunda que la observada en 2008-2009. Lo mismo ocurrirá en México. Debemos prepararnos para una recesión severa y de duración incierta.” Santiago Levy

“Siendo candidato López Obrador le dijo a Jon Lee Anderson en una entrevista: ‘Yo siempre pienso igual, pero actúo distinto según las circunstancias’. Ha perdido ese toque: ahora piensa igual y actúa igual, independientemente de las circunstancias.”Héctor Aguilar Camín

“El Presidente que no se gobierna es incapaz de mandar en la emergencia. Me confieso sorprendido por la nulidad de su liderazgo en esta circunstancia.” Jesús Silva Herzog Márquez

“Cuando en materia de salud la toma de decisiones es lenta, las consecuencias son grandes y graves.” Connotado médico del SNS

La tardía reacción en equiparse y prepararse para el Covid-19 está directamente asociada con la negación de López Obrador a la realidad de la pandemia y a su resistencia a prepararse. Raymundo Riva Palacio

“Las consecuencias de recortar presupuesto a las agencias de salud pública, perder experiencia y tensar la capacidad de los hospitales ya no se manifiestan como artículos enojosos de opinión, sino como pulmones vacilantes.” Ed Yong, How the Pandemic Will End

“Las estrategias de supresión pueden funcionar por un tiempo. Pero debe haber una estrategia de salida, ya sea estrecha vigilancia, mejores tratamientos, una vacuna o lo que sea. Si los gobiernos imponen enormes costos sociales y económicos y el virus causa grandes cambios o daños más tarde, los políticos descubrirán que cuando decepcionen a la gente por algo tan grave, habrá un infierno que pagar.” The Economist

“El mundo cambió para mal, rápida y drásticamente. Estamos frente a una doble emergencia, de salud y económica. Actuemos pronto y juntos para evitar un deterioro adicional de las expectativas y del entorno, que posteriormente será mucho más difícil revertir.” Santiago Levy

“Siempre es importante en asuntos de alta política saber lo que no sabes. Aquellos que piensan que saben, pero están equivocados y actúan en base a sus errores, son las personas más peligrosas para tener a cargo.” Margaret Thatcher

“Esta crisis nos vino como anillo al dedo para afianzar el propósito de la transformación.”AMLO

­[El] desplome de la popularidad presidencial tiene que ver… con los malos resultados del gobierno en materia económica y de seguridad, e incluso en el combate a la corrupción… El desplome es agudo y no será pasajero. No hay en la realidad mejoras que reviertan la caída del respaldo, ni AMLO está cambiando su modo de actuar o sus decisiones, que cada vez generan más rechazos. Al contrario, vienen las otras debacles, la epidemia y la recesión económica. Pinta muy feo para el país y para el presidente, si no cambia. Guillermo Valdés Castellanos

“De aquí en adelante el sexenio será otro. Al presidente, a su equipo y a buena parte de sus simpatizantes les costará mucho trabajo ese duelo. Pero el hecho, sepan digerirlo o no, es que ahora tendrán que jugar más a la defensiva. Administrando pérdidas, gestionando escisiones, lidiando con los costos de lo que hicieron o no quisieron hacer en esta contingencia. Y con las oportunidades que todo esto puede representar para la renovación de las oposiciones.” Carlos Bravo Regidor

“Pedirle a la gente que elija entre privacidad y salud es, de hecho, la raíz del problema. Porque esta es una elección falsa. Podemos y debemos disfrutar tanto de la privacidad como de la salud. Podemos elegir proteger nuestra salud y detener la epidemia de coronavirus no instituyendo regímenes de vigilancia totalitaria, sino empoderando a los ciudadanos.” Yuval Noah Harari: The World After Coronavirus

“Somos una democracia No logramos las cosas por la fuerza, sino a través del conocimiento compartido y la cooperación.” Angela Merkel

“Pero, ¿qué significa la peste? Es la vida, eso es todo.” Camus, La peste

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12 Abr. 2020

¿Cambio de régimen?

Luis Rubio

El gobierno y sus acólitos afirman que con su elección se dio un cambio de régimen, lo que explica (y justifica) todas las tropelías, excesos y problemas que hoy caracterizan a la economía y a la sociedad. De acuerdo con esta tesis, el actuar de la administración se deriva de un cambio en las reglas del juego, reflejando a la nueva coalición gobernante. Por consiguiente, lo que tiene lugar en el acontecer nacional es una nueva realidad política con lo que eso implica en términos de decisiones, criterios y acciones.

Me parece que hay tres elementos que deben ser analizados para evaluar lo que de hecho ha acontecido: en primer término, determinar si, en efecto, se ha dado un cambio de régimen; en segundo lugar, analizar qué es lo que ha hecho el gobierno en la práctica y qué implica esto; finalmente, evaluar el resultado.

Nadie como Leonardo Morlino,* el decano de los estudiosos de cambios de régimen, para determinar cuándo tiene lugar un cambió así: “hay un cambio de régimen cuando, en adición al colapso de las características clave del autoritarismo, todos los componentes de la definición minimalista de democracia son instalados.” Para determinar si estos se han completado, Morlino emplea un conjunto de mediciones que incluyen: si el gabinete cuenta con funcionarios de un partido o representa una coalición; si el ejecutivo domina al legislativo; si las relaciones entre las instituciones gubernamentales se vinculan de manera plural o corporativista con los diversos grupos de interés de la sociedad; y el grado de centralización del poder.

Por supuesto, no existe una medida específica o única que determine si un sistema político es democrático o autoritario o cuándo se ha dado un cambio de régimen que afiance la democracia. Se trata de elementos cualitativos que se apoyan en mediciones cuantitativas, pero el punto de fondo es uno que, con el perdón de Morlino, se puede evaluar de acuerdo a una vieja medida: en las dictaduras los políticos se burlan de los ciudadanos, en tanto que en las democracias, son los ciudadanos los que se ríen de los políticos. El problema de estas mediciones –cómicas o analíticas- es que no nos ayudan mucho porque el sistema político mexicano tradicional era tan poderoso que aguantaba la burla sin ser una democracia.

En términos prácticos, el régimen post revolucionario experimentó diversas adecuaciones a lo largo del siglo XX, concluyendo con la incorporación de un sistema electoral profesional y ciudadanizado que permitió la alternancia de partidos en el poder. Esas alternancias crearon amplios espacios para la libertad de expresión y la competencia política, pero no modificaron la esencia del régimen, todavía hoy con Morena dominado por una clase política con acceso a privilegios y beneficios que son ajenos a los del conjunto de la población.

Lo que sin duda cambió con el gobierno del presidente López Obrador es la composición de la coalición política que lo sustenta, de la cual se deriva una manera distinta de hacer política y de decidir la asignación de presupuestos y prioridades. Ese cambio ha sido muy pronunciado, sobre todo porque ha venido acompañado de la eliminación (real o virtual) de instituciones que se habían constituido para (supuestamente) acotar el poder de la presidencia. Sin embargo, si uno analiza el ejercicio cotidiano del poder que caracteriza a la actual administración, éste no es muy distinto al de sus predecesores: aunque no se menciona el término, el uso de las otrora denominadas facultades “meta constitucionales” de la presidencia es cotidiano (de hecho, mucho mayor al pasado reciente); la exigencia de lealtades por encima de cualquier otro valor es ubicua; la discrecionalidad (y, por lo tanto, arbitrariedad) en el actuar gubernamental es superior a cualquier cosa vista desde los ochenta; y la construcción de clientelas con dinero público es clave, al igual que la impunidad absoluta para los cercanos a la administración.

Si por cambio de régimen se entiende no la definición de Morlino sino la recreación de las formas gubernamentales de hace medio siglo, los mexicanos estamos experimentando es una regresión en materia democrática en un país donde la democracia nunca cuajó más allá de lo electoral (por fundamental que eso sea). El ejercicio unipersonal del poder no constituye un nuevo régimen, sino la recreación del viejo que, en realidad, nunca se fue. Se trata, a final de cuentas, de la misma gata pero revolcada.

El problema del intento por recrear el viejo sistema político no radica en su inviabilidad (como se puede observar en los pésimos resultados económicos y de salud, por citar dos obvios), sino en su incompatibilidad con el siglo XXI. El viejo sistema funcionó porque empataba con un momento del mundo en que los gobiernos eran todopoderosos; en el mundo digital del siglo XXI dominan los mercados, la integración de líneas de producción y las decisiones de individuos. A uno puede gustarle o disgustarle esto, pero el choque entre estos dos factores –el nuevo-viejo sistema político y la forma de funcionar de la economía en el siglo XXI- explica cabalmente el estancamiento que hoy vivimos. Y no hay razones para anticipar que esto mejore después de la crisis sanitaria actual.

*Changes for Democracy: Actors, Structures, Processes

 

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Luis Rubio
en REFORMA

05 Abr. 2020

Un mundo desconocido

 

Luis Rubio

Tres expresiones resumen el desencuentro que caracteriza a la economía del país en la actualidad y que explican la parálisis (estancamiento con fuerte propensión a recesión), falta de progreso y pésimos prospectos. La retórica presidencial podrá disfrazar la problemática con frases rimbombantes como “este no es un cambio de gobierno, es un cambio de régimen,” “cuarta transformación” o “primero los pobres” cuando, en realidad, lo que está ocurriendo es un rápido deterioro.

Algunas de las frases que se han tornado en prototípicas del gobierno son reveladoras de su visión del mundo, pero especialmente de lo aferradas a un tiempo específico: “Abrazos, no balazos” y “Yo tengo otros datos” reflejan una forma de hacer política y encarar problemáticas clave, pero ninguna es tan indicativa como la que ha expresado numerosas veces a lo largo del tiempo: que “la economía debe subordinarse a la política.” No conozco, ni he observado a político alguno en el mundo, que no desee esto último: hasta hace no muchas décadas, los gobiernos efectivamente controlaban y administraban las principales variables que hacen funcionar a la economía, pero eso desapareció en el último tercio del siglo pasado no por voluntad de alguien en particular, sino por el cambio tecnológico y de las comunicaciones que sobrecogió al mundo. No es casualidad que, a partir de ese hecho, virtualmente no hay país en el mundo –incluyendo a Cuba, Corea del norte y Vietnam- que no se haya volcado a la atracción de la inversión y lo hayan hecho no por gusto sino porque no hay de otra.

Yo veo tres temas clave que explican la parálisis que estamos viviendo en materia económica que se derivan de lo anterior. Primero, la naturaleza del mundo económico en el siglo XXI y por qué choca con la estrategia gubernamental; segundo, la importancia de las formas y, sobre todo, de la confianza; y, tercero, la cloaca que destapó el propio presidente.

En cuanto al mundo económico, la realidad del siglo XXI no guarda semejanza con la de mediados del siglo XX en que el gobierno mantenía cerrada y protegida a la economía. En esa era, el gobierno efectivamente subordinaba las decisiones económicas a las políticas, pero eso desapareció por la forma en que evolucionaron las formas de producir en el mundo (la llamada globalización y las cadenas de suministro) y, sobre todo, por la ubicuidad y disponibilidad de información fuera del control gubernamental. Una vez que se liberalizó el mundo de la economía, ésta dejó de estar bajo control de los gobiernos y no hay retorno, excepto si se está dispuesto a generar una depresión.

De lo anterior se deriva otro cambio fundamental en las relaciones políticas en torno a la economía: a partir del momento en que desaparecieron los controles en materia de inversión, exportación e importación los gobiernos no tuvieron mayor alternativa que la de dedicarse a convencer a sus poblaciones y a las comunidades de inversionistas, empresarios y financieros, tanto nacionales como extranjeros, de la bondad de sus proyectos. Una vez que el mundo se convirtió en el espacio de acción económica, todos los gobiernos compiten por la misma inversión y la única forma de captarla es creando condiciones que le sean atractivas y con fuentes de certidumbre que les generen confianza. La decisión de ahorrar e invertir pasó de los gobiernos a los ciudadanos e inversionistas y no hay nada en este mundo, y menos la pretensión de un “cambio de régimen,” que lo vaya a cambiar. Exactamente lo mismo se debe decir del equivalente político para el INE, el Tribunal Electoral y la Suprema Corte.

Finalmente, el presidente abrió una cloaca de la que todavía no se da cuenta pero que afecta radicalmente el momento actual. Por muchos años, un gobierno tras otro fue construyendo mecanismos institucionales diseñados para conferirle certidumbre a los agentes económicos y a la sociedad en general. Así nacieron las instituciones autónomas, cada una persiguiendo un objetivo específico (acceso a la información (INAI); regulación en el mercado energético (CRE, CNH); protección de los derechos ciudadanos (CNDH); certeza para los procesos electorales y regulación de los partidos políticos (INE, Tribunal Electoral); y resolución de disputas entre poderes públicos (Suprema Corte).

Hoy sabemos, en retrospectiva, que la vigencia y trascendencia de estas instituciones se debió no a la legitimidad de que gozaban, sino al respeto que sucesivos presidentes y administraciones les dispensaron. La facilidad con que el presidente las neutralizó o eliminó ilustra su debilidad intrínseca. Lo que el presidente no reconoce es que, al implícitamente declarar “el rey está desnudo,” eliminó fuentes clave de certidumbre para la ciudadanía y para los inversionistas y ahorradores. Una vez expuesta, esa cloaca se ha convertido en caja de Pandora.

El problema ahora es recobrar la efímera confianza que esas entidades generaban, una tarea de por sí compleja, pero imposible para un gobierno cuya razón de ser es la de negar que ese problema existe o es uno válido. La crisis de crecimiento y la forma en que el coronavirus probablemente la agudizará, le obligará a actuar. La gran pregunta es si actuará de manera constructiva o autoritaria.

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en REFORMA

29 Mar. 2020