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¿Gobierno o revolución?

Luis Rubio

En la visión histórica de la izquierda, se tomaba al gobierno no como producto de una elección sino como resultado de una revolución o, en todo caso, de una toma del poder. El objetivo era el poder y los medios eran lo de menos: tomar el poder para cambiar al mundo. El comportamiento de Morena en el Congreso en los meses pasados hace pensar que muchos de sus contingentes todavía no ven una diferencia: para muchos de esos grupos (o tribus, como se les solía llamar en el PRD), lo importante es tener el poder para llevar a cabo un cambio radical y no el de gobernar para toda la ciudadanía, como se esperaría de un gobierno en un sistema democrático. La pregunta es dónde está el nuevo gobierno: en las reglas democráticas o en las revolucionarias.

Hay tres ángulos que pueden ser observados: primero, la avasalladora victoria y sus implicaciones para quienes desde hace un mes detentan ya formalmente el poder; segundo, la complejidad inherente a una coalición tan diversa, dispersa y con racionalidades contrapuestas; y, finalmente, en tercer lugar, la visión tan ambiciosa que el presidente ha esbozado para su gobierno. Cada uno de estos elementos entraña sus propias dinámicas que, al combinarse, como se ha podido ver con el desastre de la gasolina, tiene una alta propensión a producir desencuentros.

El triunfo de Morena fue tan abrumador que sorprendió hasta a sus propios contingentes. Describiendo la composición de su bancada en San Lázaro, un diputado de Morena expresó que nunca imaginaron semejante escenario, al grado en que muchos de los nuevos diputados claramente no eran aptos para su nueva responsabilidad. Pero más allá de las personas, el triunfo no ha sido reconocido por los propios contingentes morenistas como producto de un voto democrático: de hecho, hasta la fecha no ha habido un reconocimiento al Instituto Nacional Electoral, al Tribunal o a los procedimientos democráticos que llevaron a ese triunfo. Para muchos de sus integrantes, no fue una elección sino un reconocimiento de su poder. La diferencia práctica podría parecer nimia, pero en realidad es más que trascendente porque determina la naturaleza del juego político: será un gobierno que se apegue a las reglas del juego político civilizado o intentará cambiar la realidad barriendo con toda la estructura legal, imponiendo su ley como si se tratara del viejo Oeste.

La coalición que construyó Morena será sin duda la parte más compleja del gobierno de AMLO. La coalición incluye personas y contingentes que van desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, pasando por exguerrilleros, intelectuales, grupos de base, priistas, panistas, perredistas, grupos de choque, empresarios. Cada uno de estos grupos o tribus tiene sus propios objetivos y muchos no sólo son incompatibles con los otros, sino contradictorios. Para muchos AMLO es un ser superior, pero para otros es un mero instrumento para avanzar sus agendas, con o sin él. Es raro el día en que no se ataquen unos a otros desde la tribuna de las dos cámaras legislativas. Administrar el conflicto inherente a esa coalición va a ser tan difícil y engorroso como la función gubernamental propiamente dicha.

En adición a lo anterior, AMLO y sus contingentes parecen ver a la elección de julio pasado como un hito inamovible e inmutable: el 53% que votó por AMLO es un punto de partida y todo lo que sigue es hacia arriba. Si uno observa a cualquier país en el mundo, lo normal son los altibajos y, cada vez más, los descensos. No hay que olvidar que al inicio de 2018 AMLO sólo contaba con 30% de las preferencias, lo que sugiere que el 23% adicional es mucho más volátil de lo que él imagina. Muchos ciudadanos votaron por AMLO porque no vieron alternativa y porque esperan soluciones rápidas y efectivas; si éstas no se materializan, su apoyo comenzará a erosionarse. La forma de decidir del gobierno no le ayuda: si sigue por donde va, perderá adeptos con enorme rapidez.

Todo lo anterior es apenas el punto de partida. AMLO ha planteado una visión extraordinariamente ambiciosa para su gobierno. La visión no viene acompañada de un plan, sino de una serie de objetivos o agendas propias o del grupo -muchas de ellas obsesiones- que no contribuyen a su visión, misma que en muchos sentidos entraña la reconstrucción de un pasado idílico que, en todo caso, nunca existió y es imposible de recrearse. Esto implica que habrá muchos proyectos individuales, algunos emanados del ejecutivo, otros del legislativo, que no serán particularmente coherentes entre sí pero que responderán a objetivos y agendas de grupos particulares o de concepciones ideológicas, sin que medie una evaluación de sus consecuencias en términos del crecimiento de la economía o de su impacto en la distribución del ingreso, algo que es fácil de argumentar pero muy difícil de impactar en la práctica.

AMLO nunca fue legislador y parece ver al poder legislativo como un mero trámite; sin embargo, ahí enfrentará la propia dispersión de su coalición y, más importante, al ignorar a la oposición, fomentará la confrontación, casi seguramente erosionando su propia legitimidad. La paradoja es que será en el poder legislativo donde quizá se consolide o colapse su gobierno.

 

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13 Ene. 2019

 

Ahora sí

Luis Rubio

La suma de expectativas, demandas y necesidades de la población no le da mucha latitud al nuevo gobierno. A un mes de su inauguración, Andrés Manuel López Obrador ya está formalmente a cargo y es responsable del devenir cotidiano y de largo plazo del país. Ahora es su responsabilidad y de él dependen no sólo los satisfactores que la ciudadanía demanda, sino el cambio de perspectiva que prometió.

La paradoja de un triunfo tan contundente es que no da margen de responsabilidad. Cuando un gobierno surge de una pluralidad de votos, como ha sido el caso desde que comenzó el milenio, el gobernante sabe que hay un contingente ciudadano mayoritario que no voto por él; sin embargo, con un triunfo tan arrollador, la responsabilidad es integral y, de hecho, absoluta. El gobierno de AMLO es responsable de lo que siga y eso no lo hace más libre sino todo lo contrario: tiene que producir resultados duraderos. En contraste con gobiernos minoritarios, las expectativas son casi infinitas y, en un gobierno de seis años, los logros de corto plazo tienen que abonar al resultado final: no hay margen de error ni nadie más que responsabilizar de lo que vaya mal.

El problema para AMLO es que no controla todas las variables que afectarán su desempeño y aún las que sí se encuentran dentro de su ámbito de competencia, al menos en principio, están sujetas a factores fuera de su control. Por lo que toca a lo primero, la economía mexicana está inserta en el mundo y su principal fuente de ingresos proviene de las exportaciones, lo que entraña la enorme virtud de que los errores internos (de enorme trascendencia con una coalición tan compleja y diversa como la que lo llevó al triunfo) se minimizan pero, al mismo tiempo, constituyen un factor de incertidumbre sobre el cual la influencia del gobierno es nula.

La economía estadounidense lleva más de diez años en expansión luego de su última recesión y, en los últimos años, ha venido creciendo a tasas superiores a su promedio histórico, lo que ha generado una demanda creciente por nuestras exportaciones. El problema es que ninguna expansión es perenne y ésta tiene todos los visos de una recesión en algunos meses o a principios del próximo año. En adición a lo anterior, el banco central norteamericano, la Federal Reserve, ha comenzado a elevar las tasas de interés, menos por alguna amenaza inflacionaria que por el rápido crecimiento de la deuda de las empresas de ese país. Ambos factores -la potencial recesión y el ascenso de las tasas de interés- implican un dólar fortalecido, es decir un peso devaluado, y un menor crecimiento económico por menores exportaciones mexicanas.

Por su parte, en los próximos meses veremos un sensible crecimiento en las transferencias que realiza el gobierno hacia los llamados “ninis,” los jóvenes que ni estudian ni trabajan, así como a los adultos mayores. Esto debería entrañar una fuente de satisfacción para los beneficiarios y un mayor consumo, pero no mayor crecimiento económico. Independientemente de lo que ocurra afuera, al menos para las huestes de Morena, las expectativas internas mejorarán.

Donde no mejorarán las expectativas será en la plataforma de apoyo que llevó a AMLO al poder. En una economía creciente y pujante, el gobierno tiene muchos medios para repartir beneficios a los diversos grupos de su coalición, como ocurrió en los setenta con el boom petrolero y como experimentaron países como Brasil y Argentina con el acelerado crecimiento de la demanda por sus mercancías (granos, carne, acero) por parte de China en las décadas pasadas. Sin embargo, una vez que pasa esa situación excepcional, las cuentas pendientes se revierten y, de no haberse invertido los beneficios en crecimiento futuro, la recesión acaba siendo inevitable. Así ocurrió en los setenta en México y podría pasar de nuevo.

El punto es que tenemos frente a nosotros un año que debería ser benigno para la economía mexicana, pero con grandes nubarrones hacia adelante. La gran pregunta es cómo reaccionará el nuevo gobierno frente al panorama que se presente: buscará crear condiciones para un crecimiento más acelerado en el futuro o se dedicará a identificar culpables de una situación que es a todas luces predecible.

De la misma forma, cómo reaccionará la coalición detrás de AMLO: ¿estará dispuesta a adecuarse a un entorno complejo o demandará satisfactores inmediatos, beneficios y gasto público? Ante la inexistencia de opciones, ¿demandará acciones radicales por parte del gobierno? El escenario que es fácil de anticipar obliga a pensar en potenciales conflictos o, al menos, en una enorme complejidad en el manejo político.

La esencia de la política es el imperativo de tener que escoger; Galbraith lo dijo de una manera sinigual: “La política no es el arte de lo posible. Consiste en escoger entre lo desastroso y lo desagradable.” El problema para AMLO es que, como ilustra su comportamiento en el congreso, sus huestes no están en el plan de aceptar lo difícil de digerir: más bien, las caracteriza una absoluta intransigencia y una total indisposición a comprender la complejidad del ejercicio del poder. En este contexto, ¿AMLO actuará como presidente o como activista, sumando o alienando?

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06 Ene. 2019

 

Opcional y perdedor

Luis Rubio

El taxi conduce por una de las principales arterias de la ciudad, hasta que, de pronto, se para en seco. A lo lejos se puede ver que el entronque con el ramal de uno de los circuitos “rápidos” de la urbe prácticamente no se mueve. El taxista voltea a la izquierda y observa que, del otro lado de la avenida, hay una entrada por la que se incorpora un automóvil tras otro a la calle. El taxista piensa rápido y decide darse la vuelta a la brava para cortar unos minutos en su trayecto. Los coches que vienen en sentido contrario le tocan el claxon y le recuerdan a su progenitora pero en un par de minutos se sale con la suya y les regresa el sentimiento con la mano. El taxista se comportó tal como lo hacemos muchos una y otra vez de manera cotidiana al estacionarnos en doble fila, tocar el claxon frente a un hospital, darnos vuelta en sentido contrario, pasarnos un alto, conducir a mayor velocidad de la permitida, etcétera. Lo hacemos y creemos que fuimos muy listos.

Detrás del taxista antes mencionado está otra persona que iba a su trabajo y observaba la misma escena pero opta por mantenerse en su carril hasta llegar al entronque, cumpliendo las reglas al pie de la letra. Mientras que el taxista se ufanaba de su travesura y se burlaba de los tontos que se quedaron en la cola, el señor de atrás llegó tarde a su trabajo. Le salió caro a quien cumplió con las reglas. Esta historia en nada se diferencia a la del ciudadano ejemplar que va y paga la tenencia de su automóvil en el tiempo establecido, mientras que su vecino pospone y pospone hasta el límite, sólo para encontrarse con que el gobierno local decreta un descuento especial para los retrasados. El que optó por apegarse a las reglas perdió.

En México el cumplimiento de la ley es opcional, igual para los gobernantes que para los ciudadanos. Los funcionarios deciden si aplican la ley o si la cambian sin el menor rubor; lo peor que le puede suceder a un ciudadano común y corriente por no cumplir una ley es que tenga que pagar una mordida para luego decir “me salió barato.” El que cumple la ley llega tarde, paga más y tiene una vida complicada. Cumplir con la ley es ser perdedor.

En nuestro sistema de gobierno la ley es un instrumento que se usa a conveniencia: cuando satisface los objetivos, usualmente políticos, del funcionario en turno, la ley ES LA LEY y se hace cumplir. Cuando no le gusta lo que dice la ley, el funcionario tiene dos posibilidades: una es ignorarla (lo más frecuente); la otra, sobre todo si es el presidente o se trata de un funcionario de alto nivel, procede a modificarla o promover una nueva ley, que se apegue al objetivo. Cuando López Obrador le respondió al Ing. Slim en el asunto del nuevo aeropuerto, su punto de partida hizo evidente que sería facultad suya aplicar la ley, cambiarla o concesionar el aeropuerto. No es necesario que haya un proceso de licitación o que el congreso revise la ley. Con la decisión de una persona basta.

Nada de esto es novedoso o especialmente revelador, pero ilustra el choque entre nuestra forma de ser y nuestras pretensiones. Hace no mucho observaba yo a una persona indignadísima, tocando el claxon y gritándole a una señora que se había estacionado en Paseo de la Reforma, creando un enorme embotellamiento. Más allá de los gritos, la persona molesta tenía razón: no se puede uno parar en esa avenida como si fuera estacionamiento particular. Lo interesante fue lo que ocurrió dos cuadras más adelante, cuando el gritón hizo exactamente lo mismo, en la misma avenida. Se paró en seco, puso las luces de emergencia y se bajó a comprar un periódico. Cuando alguien le tocó el claxon como él había hecho unos minutos antes, su lenguaje corporal fue desafiante y amenazó: “lo que quieras c….” Poco le faltó para sacar una pistola. Nos indigna que otro viole el reglamento pero nos parece enteramente natural violarlo cuando nos conviene o sirve a nuestros propósitos.

Saltarnos las trancas es parte de nuestro ADN y lo hacemos todos los días. El caso del tránsito es quizá el más evidente o, al menos, el más visible, pero es sólo una muestra de nuestro ser. En una ocasión asistí con varios legisladores mexicanos al Congreso estadounidense. El policía de la entrada tenía una lista de los visitantes y exigía una identificación a cada uno de nosotros para cotejarla contra ella. Un senador se acercó y, con tono de autoridad, le dijo “yo soy senador de la República,” como si al policía, responsable de quien entra y sale, le importara. En inglés, le respondió, de la manera más natural, pero inconfundible: “si quiere entrar tiene que mostrar su identificación.”

Los países más exitosos y desarrollados se apegan a las reglas y no piensan ni un instante en la alternativa: las reglas y las leyes no son opcionales: son obligatorias. Los funcionarios de esos países no dudan en que la ley es la que está en el código y tiene que hacerse cumplir sin chistar: no es algo opcional. Eso es lo que hace posible la equidad y el desarrollo. Algún día, los mexicanos tendremos que decidir si queremos ser un país desarrollado y lo que eso implica, comenzando por cumplir y hacer cumplir la ley. Mientras, sólo los tontos (hay mejores palabras) la cumplirán.

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23 Dic. 2018

Mis lecturas

Luis Rubio

 

Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído

Jorge Luis Borges

Jonathan Tepperman, el editor de Foreign Policy, argumenta en The Fix, que hay soluciones no convencionales a los problemas que enfrentan los países y que todo depende de la forma en que se utilizan, o aprovechan, las crisis que se van presentando. Entre los ejemplos que presenta está el de Botswana cuando se acabó su fuente principal de recurso, los diamantes; la forma en que Singapur acabó con la corrupción; y la extraordinaria reconciliación que logró Ruanda luego de las masacres étnicas.

Carlos Elizondo escribe en Los de adelante corren mucho que la desigualdad que caracteriza a nuestra región no es producto de la casualidad sino, más bien, resultado de la contradicciones que caracterizan a nuestros sistemas políticos porque permiten arreglos “por fuera” de los regímenes legales, inducen el intercambio de favores entre las élites y, en general, favorecen la conformación de oligarquías cuya lógica no es la del desarrollo sino de su propio beneficio. El libro desnuda la forma en que operan nuestras sociedades y permite darle dimensión al enorme reto que entraña lograr un desarrollo más equilibrado y generalizado.

El avance tecnológico parece imparable, ahora con la conexión de toda clase de aparatos, vehículos, ropa, juguetes y personas a la red. Pax Technica, un libro de Philip Howard, argumenta que nos estamos acercando a la “algoritmocracia,” el gobierno de los algoritmos, instrumentos que se han convertido en la herramienta política más poderosa que jamás se haya creado y que amenaza con subvertir toda forma de autoridad y organización política, comenzando por el Estado-nación. Se trata de una visión catastrofista que obliga a repensar -y revalorar- las libertades que, con todos los obstáculos y avatares, hemos gozado.

El voto sobre Brexit y Trump ha generado un amplio debate en el mundo sobre el valor y características de la democracia y su viabilidad. En La democracia y sus crisis, A. C. Grayling analiza las circunstancias que le han impedido a los sistemas democráticos lidiar con las fuerzas sociales que la propia democracia ha creado.

El mejor libro que leí este año fue, sin la menor duda, When the World Seemed New: George H.W. Bush and the end of the Cold War, de Jeffrey A. Engel. Se trata de un estudio crítico de la política exterior del primer presidente Bush, los años en que se colapsó la Unión Soviética, la primera guerra del golfo, el TLC, la unificación de las Alemanias y la invasión de Panamá, todo lo cual fue dando forma a lo que aquel presidente denominó un “nuevo orden internacional.” El libro pinta una serie de fotografías que evidencian los dilemas y cálculos que enfrentan los tomadores de decisiones en momentos clave de la historia, aunque no lo sepan en ese momento. El libro refleja las falibilidades humanas, las incertidumbres y la complejidad ante lo desconocido: ¿se puede confiar en Gorbachov o es una mera treta? ¿Cuál es la verdadera situación de la Unión Soviética?  Se trata de un verdadero tratado de política exterior –entre la prudencia y el arrojo- sobre cuando el mundo entero parecía un nuevo amanecer. Este volumen complementa al publicado por el propio Bush y su asesor de seguridad nacional, Brent Scowcroft, A World Transformed, dos décadas atrás: una perspectiva desapasionada de lo que es el gobernar. Ambos muestran a un estadista quizá menos reconocido precisamente por haber sido tan sólido, cauto y prudente, contraste dramático con quien hoy ocupa esa misma oficina.

El Plan Marshall, diseñado para contribuir a la recuperación de las devastadas naciones europeas (sobre todo las perdedoras) después de la Segunda Guerra Mundial, goza de un prestigio fuera de toda proporción. Es raro el gobierno que no reclama un programa similar para ayudar a naciones pobres  o a las que atravesaron una guerra civil; en México, no es infrecuente invocar a ese programa para resolver los problemas del sur y sureste del país. Benn Steil acaba de publicar un libro con ese título en el que explica el programa en su contexto histórico y en su dimensión de política exterior estadounidense. El libro explica que el programa no fue de carácter asistencial, sino un medio a través del cual se apoyaron los esfuerzos y capacidades locales para salir del bache. Quien lea este libro sabrá que no hay soluciones fáciles ni automáticas: el desarrollo no se logra con dádivas sino con una gran capacidad de gestión administrativa y gerencial. No es casualidad que Alemania y Japón acabaran siendo tanto más exitosos que Grecia.

Stephen Pinker, autor de Los Mejores Ángeles, libro en el que demostró que la humanidad ha experimentado una constante mejoría con la declinación de la violencia a lo largo de los siglos, ahora publicó, a contra corriente, Enlightment Now. Ahí plantea el extraordinario progreso que caracteriza a la raza humana, rechazando de manera frontal a los populistas que niegan avances y el progreso. Lo fascinante del libro reside en la forma en que enfoca la propensión a dar por hecho que lo avanzado permanecerá y, en ese contexto, su defensa del progreso es implacable porque presenta a los movimientos populistas como arrogantes y falaces.

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Luis Rubio

16 Dic. 2018

 

Me canso ganso

 Luis Rubio

El país perdió el rumbo cuando comenzó a privilegiar las decisiones económicas sobre los criterios políticos. Las cosas marchaban bien cuando decidían líderes emanados del pueblo que separaban -y, de hecho, subordinaban- al poder económico y los intereses de las élites al poder político. Por lo tanto, la solución a los problemas del país -desde la seguridad hasta el crecimiento de la economía- radica en un cambio de vectores: desde ahora, el gobierno establecerá las prioridades y la sociedad -incluyendo a todos los componentes del entramado socioeconómico- se adaptarán. El resultado será bueno porque yo no soy corrupto.

Se trata de un cambio de paradigma: los criterios que normaron el funcionamiento del país a lo largo de los últimos treinta años desaparecen, para dar lugar a un modelo de sociedad que probó ser exitoso en el pasado y que nunca debió ser abandonado porque, en contraste con lo que siguió, aquel producía crecimiento económico, movilidad social, empleo y estabilidad política. No es casualidad que la sociedad mexicana vivía en paz, orden y sin violencia. Nuestro mandato es restaurar ese equilibrio que privilegiaba al pueblo como prioridad.

El mensaje es transparente: México puede resolver sus problemas si atiende sus causas internas, algo que se abandonó con el cambio de estrategia económica y el inicio de las reformas a partir de 1982. Esa política económica provocó pobreza y desigualdad porque no generó suficiente crecimiento para darle empleo a los jóvenes que, por falta de oportunidades, acabaron en el crimen organizado. El gobierno se apresta a reorganizar la estructura política porque ahí yace la clave de la solución de los problemas económicos y, por lo tanto, los de seguridad.

En el corazón de los males del país reside la corrupción que caracterizó a todos los gobiernos anteriores, quienes no pueden ser perseguidos porque no alcanzarían las cárceles; sin embargo, en la medida en que todos se alineen, como ocurría en los sesenta, desaparecerá la mafia del poder que produjo toda esa corrupción y la economía se transformará para atender las necesidades de la gente.

En materia de seguridad, la estrategia ha sido errónea porque no se entendió que los policías, militares, narcos y delincuentes -todos- provienen del pueblo y en el pueblo sólo hay gente buena. Por lo tanto, hay que atender los síntomas y las consecuencias en lugar de combatir las causas. La violencia como estrategia no es solución sino, más bien, la causa de los problemas que hoy vivimos. El Chapo, como es del pueblo, es bueno y merece amnistía.

El mundo que el país abandonó en los sesenta funcionaba porque la jerarquía de las cosas era proclive al desarrollo. La rectoría del Estado permitía definir objetivos, prioridades y reglas, asegurando resultados benignos para la sociedad. El gasto en infraestructura marcaba la pauta para la inversión privada. El gobierno controlaba al sector privado vía requisitos de permisos y los sindicatos eran mediatizados por medio de líderes “charros.” Los gobernadores eran brazos implementadores de las prioridades presidenciales. La recreación de esa estructura requiere de mirar hacia adentro, mantener un control efectivo de los gobernadores, un nuevo sindicalismo conducido desde el Estado y la subordinación del poder económico al poder político. Los siguientes meses iremos viendo la implementación de esta nueva estructura política y sus resultados en términos de crecimiento económico y paz social se harán evidentes.

Todo mundo cabe en el nuevo proyecto, siempre y cuando acepte las nuevas reglas -y esté dispuesto a ceder las libertades de que ha gozado en estas décadas y la certeza jurídica- y esto va igual para la ciudadanía, sindicatos, empresarios, gobernadores, inversionistas del exterior, gobiernos de otros países y los mercados financieros. En la medida en que todos estos actores clave de la sociedad mexicana entiendan y se sumen al proyecto y respeten las reglas del juego que decida imponer el nuevo presidente, el progreso será imparable. Todo es cuestión de tener voluntad para resolver los problemas y sumar al pueblo, porque México es un país pobre que ha sido víctima de abusos por parte de nacionales y extranjeros.

Los gobiernos anteriores erraron el camino porque no entendieron que la solución estaba a la vista, en nuestro propio pasado. No era necesario mirar hacia el exterior, adaptar el sistema educativo a las exigencias de la globalización y buscar la movilidad social en la quimera de las exportaciones, sino reactivar el mercado interno, proteger al productor nacional y proveer para los jóvenes que no estudian ni trabajan. En lugar de eso, se dedicaron a la frivolidad: aceptaron que se le impusieran reglas desde el exterior, subordinaron los intereses nacionales a los criterios de los mercados y los empresarios, construyeron proyectos faraónicos de infraestructura, desnacionalizaron nuestros recursos petroleros y diezmaron la industria que yace en el corazón del desarrollo del país, de antes y del futuro.

El proyecto es claro y la visión no deja dudas de lo que el nuevo gobierno pretende lograr. Su desafío radica en asegurar que la realidad se adapte al proyecto, porque si no, peor para la realidad.

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Me canso ganso

 

Luis Rubio

02 Dic. 2018

 

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Paradojas

Luis Rubio

Los cambios de gobierno son siempre paradójicos: concluye una administración que sabe que no alcanzó lo que se propuso e inicia otra que siente que el mundo y las estrellas están al alcance de su mano. Sea cual fuere el país o momento de la historia, las transiciones políticas son siempre un estudio de contrastes entre el optimismo y el pesimismo, las expectativas descarriadas y el realismo respecto a lo vivido. El inicio de un gobierno es siempre promisorio, pero el final es más cercano de lo que imagina.

 

El fenómeno no es nuevo y refleja la naturaleza de la humanidad. En su Carta al Padre, Franz Kafka escribe un párrafo sugerente: “…el mundo estaba dividido para mí en tres partes. En la primera habitaba yo, el esclavo, bajo unas leyes creadas exclusivamente para mí y a las que, por añadidura, sin saber por qué, nunca alcanzaba a obedecer del todo; luego, en un segundo mundo, alejado infinitamente del mío, vivías tú, ocupado en gobernar, en dar órdenes y enfureciéndote cuando no se cumplían; y por último existía un tercer mundo donde habitada el resto de la gente, dichosos y libres de órdenes y de obediencia”. Kafka se refería a su padre, pero igual pudo haber estado hablando de la vida en sociedad o de un cambio de gobierno: los de adentro, los de afuera y los que pagan las consecuencias.

 

Concluye la administración más arrogante y a la vez incompetente de la historia moderna del país: una combinación letal que hizo imposible que sus atinadas reformas se asentaran y convirtieran en el fundamento de un mejor futuro. Su arrogancia le impidió al gobierno saliente comprender que la política en la era de la ubicuidad de la información radica en explicar y convencer, no en imponer, pretendiendo que el futuro la reivindicará. Su actuar no sólo lo derrotó, sino que hizo posible el peor escenario de sucesión que pudo haber imaginado.

 

A la vez que termina un gobierno, inicia otro que es paradójico en que ha generado el nivel más alto de expectativas que jamás hayamos conocido, pero que parte del principio de que México es un país pobre, incapaz de levantarse y transformarse. Mientras que Peña Nieto imaginaba un futuro grandioso sin tener la menor idea -o disposición- para construirlo, López Obrador atiza expectativas incumplibles pero no imagina que el México del futuro pueda ser exitoso. Tiene claridad meridiana respecto a la urgencia de sumar a toda la población en el proyecto de desarrollo, no sólo a una parte que ha sido beneficiaria por mucho tiempo, pero su visión es retrospectiva y modesta.

 

Peña Nieto cree haber dejado al país en su momento más álgido, el cénit del desarrollo; López Obrador se aferra a la pobreza y se aboca a los síntomas de un país que ha dejado atrás a innumerables mexicanos. El aeropuerto de la ciudad de México ilustra el contraste: Peña el expansivo que sueña con un futuro grandioso sin haber convencido a la ciudadanía, frente a López Obrador que no puede visualizar más que proyectos limitados y pequeños para un país pobre y sin posibilidades.

 

López Obrador tiene una visión muy clara de lo que quiere lograr, pero no un proyecto construido para tal efecto. Las estrategias que ha esbozado desde su campaña, pero especialmente en estos largos meses de interregno, muestran una propensión a atenuar síntomas -de pobreza, desempleo, ancianos desvalidos- más que a resolver problemas atacando sus causas. Hay ahí una confusión de causas con síntomas y una inclinación natural a construir clientelas y lealtades. Hay obsesiones más que estrategias. Su problema es que eso servirá para mitigar las carencias y resentimientos pero no permitirá satisfacer las enormes expectativas que ha generado.

 

Peña Nieto deja un país polarizado, cuya ciudadanía desprecia a la política y a los políticos por su corrupción e incompetencia. Pero el México que deja cuenta con una plataforma económica infinitamente más sólida que casi la totalidad de nuestros vecinos al sur del continente y de muchas otras latitudes y con un enorme potencial hacia adelante. Junto con las carencias, errores, corrupciones y arrogancia de los que se van, el nuevo equipo parece incapaz de reconocer que existen cosas buenas sobre las que puede y debe construir. Más propenso a los juicios lapidarios que a diagnósticos sustentados en sólidas evaluaciones, el gobierno entrante pronto encontrará los límites a su falta de consistencia, como ilustra el aeropuerto frente al tren maya.

 

Hace años escuché una anécdota de un exfuncionario colombiano que me viene a la mente porque es aplicable a este momento de transición y a cada uno de los que fueron y serán responsables de la conducción de los asuntos nacionales. El colombiano, recientemente encumbrado subsecretario, se sentía como volando sobre las nubes. Pocos días después de nombrado, en una noche fría, lluviosa y tormentosa, se subió a su automóvil, uno de los privilegios del puesto, y le dio instrucciones al chofer. Al llegar al primer semáforo vio a un señor muy bien vestido, empapado y temblando de frío, esperando a un taxi. Al verlo con cuidado se percató que era su predecesor como subsecretario. Mi amigo nunca olvidó la lección: el poder es temporal y se usa para avanzar o se desperdicia y uno acaba en el oprobio. Paradojas.

 

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25 Nov. 2018

Un nuevo mundo

Luis Rubio

Se impone la nostalgia. Termina el gobierno de Enrique Peña Nieto y está por comenzar otro del cual seguramente será más difícil encontrar razones para reír. En esto, hay un gran paralelo entre Peña y Nixon.

Nixon era un personaje extraño, desconfiado, taciturno y maquiavélico. Tramaba toda clase de jugarretas, producto de una mente a la vez brillante y descarriada, que podía imaginar una estrategia para la paz del mundo (Nixon va a China), igual que crear el entorno que llevó a que un grupo de “plomeros” entrara a robar documentos de los Demócratas en el edificio que con eso se hizo famoso, llamado Watergate. Su personalidad y contradicciones lo hicieron blanco fácil para caricaturistas y comediantes que explotaban cada declaración, absurdo o acción, haciendo reír a sus lectores y auditorios.

Art Buchwald, por décadas el decano de los comediantes por escrito, disfrutó a Nixon como pocos. A lo largo de varios años, escribió múltiples columnas describiendo, imaginando y satirizando al entonces presidente, hasta que la sátira sobre Nixon se convirtió en un deporte para este comentarista. Mientras que la mayoría de los estadounidenses finalmente descansó cuando Nixon renunció a la presidencia, Buchwald lo lamentó como nadie: “Si la verdad fuese dicha,” escribió en una columna posterior, “yo necesitaba mucho más a Nixon de lo que Nixon me necesitaba a mí.”

Algo así pasa con Enrique Peña Nieto. Desde luego, el presidente saliente en nada se parece a Nixon en temperamento o características pero, como Nixon, el final de su sexenio marca un punto y final para toda una era de México. Pase lo que pase con Andrés Manuel López Obrador, el país nunca más será el mismo.

Peña Nieto prometió restaurar el orden y retornar a México a la senda del crecimiento económico. Su oferta consistió en volver a lo que, en su visión, había funcionado en el pasado. Seis años después, deja un país con algunos nuevos -y nada despreciables- instrumentos, como la reforma energética que, de continuarse, permitiría transformar a vastas regiones del país en el futuro. También nos deja a los mexicanos en manos de Andrés Manuel López Obrador. Dos caras de una misma moneda: los logros y las consecuencias.

La paradoja del momento no es pequeña: en su visión histórica, ambos personajes, el presidente entrante y el saliente, habitan un mundo similar. Ambos son políticos anclados en el México de los sesenta y guardan una enorme nostalgia por el país que, en su mente, funcionaba bien. Ambos creen que la forma de salir de los problemas que hoy existen (y que definen casi exactamente de la misma manera: seguridad, crecimiento y orden), radica en la reconstrucción del viejo Estado rector. Donde se diferencian, como ocurría en el mundo priista de entonces, es en su filosofía política. Peña no avanzó su proyecto reconstructivo más allá de la caricatura de presidencia imperial, en gran medida porque es imposible, pero también porque contradecía de manera flagrante sus propias reformas. Una cosa derrotaba a la otra.

López Obrador tiene la misma nostalgia por el Estado rector de antaño, pero la ha venido construyendo con poder y no con artificios lujosos o espejitos deslumbrantes. A él no lo motiva el histrionismo mediático, sino el poder para hacer. Ahora que se apresta a gobernar ya formalmente, cuenta con un tramo de control descomunal, sin igual desde que hay elecciones abiertas y competidas; además, en un sistema político centrado en torno al presidente y prácticamente sin límites institucionales a su rango de acción, su capacidad “para hacer” es prácticamente ilimitada. Si a eso se agrega el hecho que buena parte de la prensa se ha acallado, ha sido intimidada o se ha autocensurado, AMLO se encuentra en un momento inusitado que igual puede llevar a una transformación extraordinaria que a una hecatombe. Todo depende de una persona.

La vieja presidencia produjo algunos resultados alentadores, pero también crisis incontenibles, perniciosas y sumamente destructivas. De un país en ruinas luego de la Revolución, hoy tenemos una nación vibrante con una economía en mucho mejores condiciones -con todos sus avatares- de lo que la contienda sugirió. También, con una población ansiosa de dar ese gran paso adelante que AMLO ofreció. Con todo, el cambio, cualquiera que éste acabe siento, genera expectativas y miedos (dos lados de una misma moneda), lo que entraña una enorme responsabilidad, porque los riesgos -de hacer y de no hacer- también son grandes.

Presidencia nueva, país en curso. Cambia el paradigma, pero eso no cambia la realidad circundante. El actuar gubernamental irá marcando el tono y el ritmo, lo que inevitablemente generará oportunidades para afianzar prejuicios o para modificarlos, para que la sátira, las caricaturas y los críticos le hablen al poder. La sociedad también tendrá que definirse y se irá decantando. Lo que Norbert Elias llamó “el progreso civilizatorio.”

Buchwald se benefició de las locuras y pifias del presidente del momento, a la vez que facilitó que la sociedad sobreviviera el trance. Las naciones crecen y se desarrollan cuando la sociedad actúa y se responsabiliza. Así tiene que ser en el México de hoy.

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@lrubiof

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18 Nov. 2018

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