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El mito del pasado

Luis Rubio

Para el presidente López Obrador los sesenta fueron el momento culminante de la vida pública del país. En esa era México crecía a tasas cercanas el 7%, había orden y no había conflicto social. El momento parecía idílico; mucho más, visto en retrospectiva. Sin embargo, una mirada a la forma en que funcionaba la sociedad mexicana en aquella época revela circunstancias mucho menos encomiables y, en todo caso, irrepetibles.

La característica central de aquella época era la presidencia todopoderosa que establecía el rumbo, fijaba prioridades, resolvía disputas y mantenía la paz. Al menos ese es el mito, pero el hecho indudable es que el sistema postrevolucionario había logrado un equilibrio efectivo entre los diversos intereses de la llamada “familia revolucionaria” y los requerimientos de una economía pujante. La coalición gobernante -y la estructura de control del partido que le permitía enorme latitud al presidente- arrojaba una gran capacidad de decisión y acción que, en el contexto específico de la era posterior a la segunda guerra mundial, creó un entorno excepcionalmente favorable para el crecimiento económico.

La poderosa presidencia se mantenía gracias a la conjunción de circunstancias excepcionales que, años más tarde, dejaron de existir. En primer lugar, el sector privado estaba fuertemente controlado a través de requisitos de permiso para invertir, exportar e importar. La economía cerrada le confería al gobierno una gran latitud de decisión y control sobre este factor de la producción que, además, se complementaba con severas limitaciones a la inversión extranjera y una fuerte propensión a favorecer la existencia de monopolios. El gobierno regulaba la competencia y determinaba, indirectamente, la rentabilidad de las empresas. Para los empresarios lo importante no era la calidad o precio de sus productos sino estar cerca de la burocracia.

En segundo lugar, los sindicatos funcionaban como un mecanismo de control donde los líderes se enriquecían a cambio de mantener el control de las bases. El congreso del trabajo hacía parecer como que había democracia sindical, pero ésta se limitaba a la retórica y siempre y cuando los líderes operaran dentro de reglas del juego claramente establecidas. La clave era el control sin disidencia alguna.

En tercer lugar, los gobernadores vivían bajo la férula del gobierno central, siempre a sabiendas de que podían experimentar lo que se conocía como una “desaparición de poderes,” o sea, su remoción, a la menor provocación. Los gobernadores que en el pasado reciente se pavoneaban de que no tenían razón alguna para responderle al presidente, recibían instrucciones de funcionarios de tercer y cuarto nivel sin chistar.

En una palabra, se trataba de un sistema autoritario centrado en el presidente que, a través de los tentáculos del partido y de los mecanismos de premiación y represión mantenía un férreo control del país. Un diplomático europeo que estuvo basado en México en aquella época citaba a un funcionario soviético en la embajada de aquel país, afirmando que, comparado con México, los rusos eran unos meros amateurs porque aquí se había logrado construir un sistema político autoritario con pleno control pero absoluta legitimidad, mientras que ellos sólo podían mantener el control por medio de una aguda represión.

El éxito de aquella época permite soñar con su recreación. La noción de que se puede someter al sector privado a través de la subordinación de las decisiones económicas a las políticas llevaría la alineación de las prioridades y a la recuperación de altas tasas de crecimiento económico. La libertad sindical, mandatada por la OIT y por el nuevo tratado de libre comercio, el T-MEC, facilitaría la eliminación de los liderazgos charros para su reemplazo por líderes entrenados en Canadá, con criterios anti corrupción nunca antes vistos. El presupuesto favorece la reconstrucción de los controles políticos sobre los gobernadores, subordinándolos al poder central y obligándolos a ceder sus ambiciones a los designios del gran líder nacional. Finalmente, el ejército se convierte en la piedra de toque que le permite al liderazgo central un control absoluto de todos los actores locales y sectoriales, sin consecuencia alguna ni riesgo de corrupción. O sea, el Nirvana, versión siglo XXI pero con características de 1960.

El mundo de los sesenta acabó mal, no porque estuviera mal concebido o estructurado, sino porque, simplemente, acabó dando de sí. Como dice el dicho, todo por servir se acaba y así le pasó a la era del desarrollo estabilizador. Se acabó porque resultó insostenible: porque cambió la forma de producir en el mundo, porque hubo una revolución financiera y otra tecnológica y porque, poco a poco, las comunicaciones favorecieron la democratización radical de la información.

En lugar de apalancar lo logrado entonces para transformar la estructura productiva y política como hicieron tantas otras naciones asiáticas, europeas y un par de latinoamericanas, nosotros nos empecinamos en ir de crisis en crisis. Y ahí seguimos. Pretender reconstruir aquella era no va a acabar distinto porque no tiene sustento en la realidad, sino en una nostalgia insostenible.

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19 Ene. 2020

Año clave

Luis Rubio

Inicia el segundo año completo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, año en que su proyecto y estrategias comenzarán a rendir frutos. Lo que se sembró en su primer año tendrá que arrojar resultados. Por sobre todo, a partir de ahora ya no hay forma de echarle la culpa al pasado, al “cochinero que nos dejaron.” El país está firmemente en las manos del presidente y, por lo tanto, la responsabilidad.

Para ahora hay dos cosas indudables: primero, el proyecto central del presidente -el control político- ha avanzado de manera irredenta. Segundo, la economía muestra severa afectación. La afectación se manifiesta de diversas formas, pero dos resumen el dilema: por un lado, no hay inversión privada (y muy poca por parte del sector público); por el otro, la recaudación viene a la baja de manera inexorable. Esto último se explica en buena medida por la falta de crecimiento de la economía, pero su impacto sobre el gasto es dramático, toda vez que las obligaciones del gobierno en materias como la de las pensiones para quienes se retiran aumentan sistemáticamente, lo que minimizan el llamado “espacio fiscal,” o sea, el monto disponible para que el gobierno ejerza el gasto y lo dirija hacia sus programas. En adición a lo anterior, la decisión del gobierno de dirigir sus recursos cada vez más escasos a Pemex reduce todavía más sus opciones de gasto.

En honor a la verdad, el problema de la inversión privada no comenzó con este gobierno: ésta prácticamente desapareció desde la campaña de Trump en el 2016, con su amenaza de cancelar el TLC. Ese hecho, muy anterior a AMLO, constituye un indicador obvio de lo que estimula o inhibe la inversión privada, tanto nacional como extranjera. Lo que el TLC aportaba era certidumbre respecto a las reglas del juego, a lo que el gobierno se había comprometido a respetar con el objeto de atraer la inversión. La amenaza de Trump paró la inversión y ésta no se ha repuesto desde entonces tanto porque el nuevo T-MEC elimina la fuente nodal de certidumbre que era el corazón del NAFTA, como porque el gobierno actual muestra una incomprensión cabal (o se niega a aceptar) lo que se requiere para atraer inversión privada. Su insistencia en que las decisiones económicas deben subordinarse a las políticas evidencia una total incomprensión de la naturaleza del siglo XXI.

La pregunta es si, ante el riesgo de que se perpetúe el estancamiento o, peor, que la economía entre en recesión, el gobierno estará dispuesto a revisar sus premisas y corregir el rumbo. Desde mi punto de vista, el gobierno de AMLO tiene la mejor y mayor oportunidad de la historia para enfrentar los problemas que décadas de reformas (la mayoría benignas y necesarias) no resolvieron. La oportunidad se deriva de dos circunstancias: primero, la enorme legitimidad con que cuenta y, segundo, el hecho de que las prioridades que marcó desde hace años -corrupción, pobreza, desigualdad regional y falta de crecimiento- son las prioridades nacionales.

La economía ha crecido poco en promedio por mucho tiempo por razones muy explicables: primero, porque no ha habido mayor inversión en infraestructura en el sur; segundo, porque hay poderosos intereses económicos, políticos y/o sindicales en las regiones que no crecen y que impiden que se desarrollen nuevos proyectos de inversión; tercero, porque innumerables regulaciones y prácticas promueven el crecimiento de la economía informal (la cual entraña límites a su crecimiento por falta de acceso al crédito y no contribuye a la recaudación fiscal); y, finalmente, pero quizá el resumen de todo, porque el país se caracteriza por una extorsión permanente: inspectores extorsionan a ciudadanos y empresarios, líderes sindicales extorsionan a los trabajadores, políticos extorsionan a la población, los narcos extorsionan al gobierno y a la sociedad en general. El TLC no eliminó la extorsión, pero creó condiciones para que ésta fuese controlada en su espacio. El resto del país vive bajo una extorsión permanente.

La agenda de cambios que requiere el país no es difícil de identificar y toda ella es absolutamente compatible tanto con las prioridades que el hoy presidente marcó desde hace lustros como con su base política. De hecho, si uno observa la lista (incompleta) del párrafo anterior, los grandes perdedores son siempre los ciudadanos en su calidad de pequeños empresarios, empresarios informales y demás, que no gozan de protección como la que por décadas provino del TLC. Todavía peor le ha ido al sur del país donde sindicatos y políticos extorsionan a la población y le niegan oportunidades de crecimiento y desarrollo porque ello implicaría alterar el statu quo local. Si uno evalúa dónde se encuentran las regiones de mayor pobreza e inequidad, es obvia su correlación con estos males.

El año que comienza es la gran -y quizá última- oportunidad para que el gobierno se aboque a atender las causas de los males que padece el país y que, como decía yo antes, son precisamente los mismos que el presidente identificó como eje de su campaña y de su agenda. Lo que no ha funcionado a la fecha para atenderlos constituye una oportunidad única para avanzar en este año. Dado el ciclo sexenal, lo que no se haga ahora, ya no se hizo.

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12 Ene. 2020

La relación

Luis Rubio

No existe frontera tan intrincada y diversa como la que separa a México de Estados Unidos. Lo fácil es simplificarla, racionalizándola como un asunto meramente comercial. La realidad es de una enorme heterogeneidad, complejidad y multiplicidad. La frontera con Estados Unidos incluye cruces legales e ilegales, drogas, contrabando, personas, ideas, mercancías, servicios y pleitos. Todo lo que existe en ambas naciones cruza la frontera. Un viejo dicho de aquella región afirma que “si cabe por el puente, puede pasar.”

Desde el altiplano es difícil comprender la diversidad y complejidad de la zona fronteriza. Se trata de una región, en ambos lados, que experimenta una relación simbiótica en la cada uno vive del otro y ninguno podría explicar su existencia, y éxito, en ausencia del otro. Muchos han hablado de un “tercer” país, distante tanto de México como de Washington DC, pero en realidad se trata de un espacio de intercambio dinámico donde todo ocurre, tanto lo mejor como lo peor de ambas naciones.

Por décadas, los americanos vieron al lado mexicano de la frontera como un espacio de recreación y lujuria, pero también de mayor simplicidad y facilidad que la vida estructurada en su país. Los mexicanos acabamos viendo a la frontera como una oportunidad inagotable de mercados, clientes y desarrollos que jamás hubieran sido posibles sin la liberalización comercial que tuvo lugar al amparo del TLC. Más allá del T-MEC, sucesor devaluado del TLC, y, en general, de la cercana relación que existió hasta el 2016, los vínculos entre ambas naciones son cada vez más profundos y diversos. La guerra comercial entre Estados Unidos y China abre oportunidades adicionales que hubieran sido inconcebibles hace sólo unos años.

La gran pregunta es si los mexicanos seremos capaces de convertir esta coyuntura en oportunidad, ahora en el contexto de Trump (y de la campaña en ciernes) y de problemas estructurales mexicanos que no sólo no se resuelven, sino que ni siquiera están en la agenda pública.

El gobierno reconoce la existencia de problemas y limitaciones con relación al desarrollo del país, pero no ha estado dispuesto a aceptar que sus preconcepciones son inviables y actúan en detrimento de su objetivo de reiniciar el desarrollo. Por el lado de los problemas, reconoce que la inseguridad es persistente, pero no que sus grandes ánimos sean realizables con la estrategia que ha adoptado, que ni siquiera promueve el fortalecimiento y estandarización de las estructuras de policía a nivel local.

El mexicano, de todo origen y estirpe, ha demostrado enorme potencial de adaptación en lo cotidiano, a la vez que los migrantes, con cada vez más capacidad y disposición para desarrollar grandes proyectos de transformación económica y comercial, hacen su aparición en la vida nacional. La relación bilateral es contante, inequívoca y sistemática: fuente potencial de enormes beneficios o de conflictos insolubles. Pero no aguanta cambios radicales.

La violencia que caracteriza a la relación es producto de una interacción poco comprendida. Es obvio que una gran proporción de las armas que emplean las mafias del crimen organizado provienen de EUA. Igual de obvio es el hecho que México -a todos los niveles- ha sido incapaz de desarrollar estrategias de seguridad que le confieran certidumbre a los habitantes del lado mexicano de la frontera. Para nadie es secreto que México ha sido un enorme fracaso en la provisión del derecho más elemental, que es la seguridad, sea ésta en los municipios limítrofes o en las principales ciudades del país.

México vive un mundo de incertidumbre e inseguridad que todos los mexicanos conocen, independientemente de la lealtad o rechazo que le profesen al presidente. Aunque muchos respondan positivamente en las encuestas y con convicción apoyen al presidente, las mismas encuestas confirman que la abrumadora mayoría quiere una mejoría y no cambios radicales.

Desde la cima del poder es fácil acusar o perdonar a presumibles transgresores de la ley pero, para el mexicano común y corriente, cada ejemplo de corrupción, extorsión, asesinato y flagrante mentira es un hito más en una larga historia de abuso, imposición y corrupción. El presidente puede ser absolutamente inmaculado, pero su administración ha ido mostrando que es indistinguible de las que le han precedido. La corrupción ahoga a Morena, como lo hizo con el PRI, el PAN y el PRD. A menos que corrija el rumbo, sus resultados no podrán ser distintos.

La relación bilateral constituye una oportunidad o una maldición, dependiendo de la perspectiva que se decida adoptar. Quienquiera que haya vivido u observado la realidad cotidiana de la vecindad sabe bien que el problema de fondo no es la frontera, los americanos o la relación, sino la persistente incapacidad del lado mexicano para estabilizar al país, generar policías locales capaces de mantener el orden y garantizar la seguridad, igual al mexicano más modesto que al más encumbrado.

La agenda del presidente es tan ambiciosa como ciega. Lo que México requiere es soluciones; lo que el presidente busca es excusas para ir contra lo que la ciudadanía quiere y demanda. La pregunta es qué tanto tiempo -y daño- tomará para que la terquedad ceda ante la realidad.

 

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05 Ene. 2020

Viejo y nuevo

Luis Rubio

La vida tiene sus ciclos y el calendario también. Está por concluir un año y por comenzar el que sigue: la expectativa nunca deja de estar presente en la forma de esperanza y miedo, oportunidad y posibilidad. Como en otros años, aprovecho este momento para citar a algunos de los grandes pensadores, esta vez respecto a una de las grandes aspiraciones de todos los integrantes de la raza humana: la felicidad.*

“La felicidad es un misterio como la religión y nunca debe ser racionalizada.” GK Chesterton, 1905

“Uno nunca es tan infeliz como piensa, ni tan feliz como espera.” La Rochefoucald, 1664

“Aquí tienes, mi querida hija, mi collar, mi pluma, mi descendencia, mi progenie, mi sangre, mi color, mi euforia de sangre. Ahora, por favor comprende, por favor escucha, porque tu llegaste a la vida, por nuestro señor omnipresente Señor, el creador, te ha enviado aquí a la tierra… Y ahora que ya ves, que observas cómo son las cosas, que no hay satisfacción, no hay felicidad, sino que hay tormento, hay dolor, hay cansancio; de ahí viene la miseria, el tormento y el dolor. Es difícil en la Tierra: es un lugar de llanto, un lugar de sufrimiento, donde la aflicción y las dificultades son comunes. Y un viento frío sube y pasa. Realmente se dice que el viento enfría el calor del sol para las personas. Es un lugar de sed y hambre. Esa es la forma como es… Pero la vida en la Tierra sigue.”Bernardino de Sahagún,Códice Florentino 1596

“¡Una vida de felicidad! Ningún hombre vivo lo soportaría: sería el infierno en la Tierra.” George Bernard Shaw, 1903

“Ya he disfrutado demasiado; dame algo que desear.” El viejo se sorprendió por esta nueva especie de aflicción y no sabía qué replicar, pero no estaba dispuesto a guardar silencio. “Señor”, dijo, “si hubiera visto las miserias del mundo, sabría cómo valorar su estado actual”. “Ahora”, dijo el príncipe, “me ha dado algo que desear; Anhelaré ver las miserias del mundo, ya que verlas es necesario para la felicidad.”Samuel Johnson, The History of Rasselas, Prince of Abyssinia, 1759

“Marcaje de Objetivos: 1. Se paciente. En todo momento. No hables mal de otros: asigna responsabilidad, no culpa. No digas nada de alguien más que no le dirías a él. 3. Nunca supongas que los motivos de otros son, para ellos, menos nobles que los tuyos son para ti. 4. Amplia tu sentido de lo posible. 5. No te compliques con asuntos que realmente no puedes cambiar. 6. No esperes más de nadie que lo que tu puedes lograr por ti mismo.  7. Tolera la ambigüedad. 8. Ríete de ti mismo con frecuencia. 9. Preocúpate de lo que es correcto en lugar de sobre quién está correcto. 10. Nunca olvides que, por más seguro que estés, puedes estar mal. 11. Olvídate de deportes sangrientos. 12. Recuerda que tu vida le pertenece también a otros. No la arriesgues en frivolidades. 13. Nunca mientas por ninguna razón (mentiras por omisión a veces pueden exceptuarse). 14. Aprende las necesidades de quienes te rodean y respétalas. 15. Evita la búsqueda de la felicidad. Redefine tu misión y persíguela. 16. Reduce el uso de la primera persona. 17. Elogia al menos tan frecuentemente como menosprecias. 18. Admite tus errores libremente y pronto. 19. Vuélvete menos suspicaz de la felicidad. 20. Entiende la humildad. 21. Recuerda que el amor perdona todo. 22. Promueve la dignidad. 23. Vive de manera memorable. 24. Amate a ti mismo. 25. Sostente. No espero el perfecto cumplimiento de estos principios. Sin embargo, los publico como un patrón de conducta como adulto. Si alguno de mis amigos o colegas me sorprende violando cualquiera de ellos, evidénciame.” John Perry Barlow, Principles of Adult Behavior, 1977

“Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar una roca hacia la cima de una montaña sin parar, para luego ver le roca rodar hacia abajo por su propio peso… La lucha misma hacia las alturas es suficiente para llenar el corazón de un hombre. Uno debe imaginar a Sísifo feliz”. Albert Camus, El Mito de Sísifo

“Como lograr, como mantener, como recuperar la felicidad es de hecho para la mayoría de los hombres en todos los tiempos la motivación secreta de todo lo que hacen.” William James, 1902

“La felicidad no es un ideal de la razón sino de la imaginación.” Immanuel Kant, 1785

“La felicidad de la sociedad es el fin del gobierno.” John Adams, 1776

“Una de las más entristecedoras cosas de la vida es que, por más que se intente, nunca podremos estar seguros de hacer que la gente sea feliz, mientras que casi siempre podemos estar seguros de hacerla infeliz.” Thomas Henry Huxley, 1895

“La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía.” Mahatma Gandhi

“Hasta la muerte, todo es vida.” Don Quijote, Miguel de Cervantes

“Solo hay un impulso honesto en el fondo del puritanismo y ese es el impulse de castigar al hombre con mayor capacidad para lograr la felicidad.” H.L. Mencken, 1920

*todas las citas vienen de Lapham’s Quarterly, Volumen XII, Numero 3, Verano 2019

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29 Dic. 2019

Mis lecturas

 Luis Rubio

“El libro es la única herramienta inventada por el hombre que no es una extensión del cuerpo, sino de la mente”

Jorge Luis Borges

 

Pocos temas tan álgidos en la discusión pública, en México y en el mundo, como la forma de conducir los asuntos económicos. Trump, Brexit y AMLO personifican la contra corriente a la era de la liberación comercial: el énfasis siendo no lo ganado y los beneficios alcanzados, sino las pérdidas, los perdedores y la desigualdad resultante. John Tomasi encara el fenómeno de manera directa, pero con un enfoque excepcional: en Free Market Fairness hace un planteamiento filosófico argumentando que sí es posible lograr las dos cosas: la eficiencia económica que proveen los mercados con la justicia que reclama la población. Su propuesta es que es factible sumar los argumentos de F.A. Hayek, héroe de los liberales, con los de John Rawls, héroe de los que persiguen la justicia a partir de la igualdad. Para Tomasi, la legitimidad democrática sólo es alcanzable cuando se logra en la presencia de justicia social y derechos de propiedad, las anclas de cada una de aquellas corrientes filosóficas.

Noah Rothman escribe un texto sobre la justicia social, intitulado Unjust, “Injusto” en el que afirma que el énfasis en justicia social para la actividad política entraña una visión victimista que no hace sino minar la democracia y la libertad de expresión. Situado en el contexto de la política estadounidense, en que la identidad de las personas o grupos se ha tornado el factor central de disputa, Rothman aboga por una visión centrada en la democracia y la búsqueda de la equidad que conduzcan a la movilidad social. Leído en el contexto mexicano, muy distinto al norteamericano, el texto permite visualizar lineamientos filosóficos fácilmente utilizables para mejorar nuestros propios debates internos.

Por casualidad me encontré un libro relativamente viejo, sobre la naturaleza de la presidencia mexicana. En “El hombre que lo podía todo, todo, todo” Juan Espíndola Mata analiza el mito de la presidencia todopoderosa. Es un análisis retrospectivo de la presidencia de la era del PRI vista desde la disfuncionalidad que tuvo lugar en los años de Fox. En lugar de poderes absolutos, argumenta el autor, el presidente vivía en una constante negociación con grupos de interés que procuraban avanzar sus objetivos. El presidente, en el centro del sistema, tenía seguramente más poder que el que le concede el autor, esencialmente por el maridaje entre el partido y la propia presidencia, pero el argumento es implacable.

Victor Bulmer-Thomas* argumenta que Estados Unidos es un imperio (un término severamente disputado en ese país) y que está en camino hacia convertirse en una nación “normal,” que no será tan poderosa pero que estará en paz consigo misma. Se trata de un argumento controvertido pero poderoso porque, además de estar sustentado en una acuciosa investigación histórica, responde a la lógica que llevó a Trump al gobierno, situándolo como un síntoma más que como causa de la guerra intestina que vive esa nación respecto a su poder, responsabilidad como potencia y requerimientos internos de solución de problemas cotidianos. Buena lectura.

Todo fluye, de Vasili Grossman, fue una revelación, gracias a Leonardo Curzio. Crónica novelada de la era stalinista de la Unión Soviética, el texto muestra la falibilidad humana, la capacidad destructiva de un sistema de gobierno opresivo e incompetente, las relaciones humanas sometidas a los miedos y manipulaciones del poder y una economía inviable, arrojado la tragedia social a plena luz del día. Nada como la ausencia de libertad para evidenciar la vitalidad humana.

Sophia Rosenfeld** ataca uno de los asuntos más politizados del momento, la verdad en la vida política. Siguiendo una secuencia histórica, evalúa las afirmaciones en el sentido que las “fake news” son algo novedoso y llega a una conclusión por demás relevante para el mundo tan polarizado de hoy: la verdad no existe; al igual que la democracia, la verdad es algo que se va forjando de manera consciente y colectiva. Sólo así existen “hechos” y perspectivas que todo mundo comparte y da por buenas. Enorme el desafío para la sociedad moderna, encandilada en la información ubicua, instantánea y siempre sujeta a interpretaciones discordantes.

Peter Pomertansev publicó este año la secuela a su extraordinario libro Nada es cierto: todo es posible. En aquel volumen, el autor describía los absurdos de su trabajo en la televisión rusa y la manera en que se deformaba la realidad para acomodarla a los intereses del poder. En su nuevo texto, This is Not Propaganda: Adventures in the War Against Reality, Pomerantsev va más allá del mundo de Putin al que se refería su primera obra para expandirla hacia la corriente que ha hecho suya la estrategia de las noticias falsas, las famosas “fake news.” Lo extraordinario del libro es que, al contrastar la estructura de control absoluto de la comunicación en la era de la dictadura soviética con el caos mediático de nuestra era en que todo se vale, el mundo de hoy queda al desnudo, evidenciándose como algo no muy distinto al de entonces: el potencial de infinita manipulación para controlar no cambió mucho, tan sólo adquirió otras modalidades.

*Empire in Retreat, **Democracy and Truth

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 REFORMA

22 Dic. 2019

Narrativas y realidades

Luis Rubio

 

La política en la era de la ubicuidad de la información es sobre narrativas: visiones contrastantes del mundo con fines electorales, que exageran las diferencias y atenúan las coincidencias, todo en aras de capturar el apoyo ciudadano y su voto. La esencia de la política no ha cambiado, pero la velocidad del mensaje, las redes sociales y la confrontación que le es inherente a la comunicación instantánea, producen efectos muy distintos a los de la era de la política directa o unidireccional, por vía de la televisión. El resultado es una permanente confrontación que no contribuye a avanzar los objetivos que todos los políticos dicen querer lograr, como paz, seguridad, crecimiento económico y estabilidad.

A lo largo de las últimas cuatro décadas, los mexicanos hemos vivido dos narrativas contrastantes: una que exalta la transformación que han producido las reformas estructurales que se comenzaron a implementar a partir de mediados de los ochenta y otra que denigra la realidad actual, reprueba las reformas y enaltece un pasado idílico. Entre esas dos narrativas existe una realidad, que es la que vive la población de manera cotidiana y que probablemente entraña algo de cada una de esas posiciones extremas, que naturalmente impacta la percepción que la ciudadanía tiene de la política, del gobierno y del futuro.

La narrativa del éxito reformador es muy clara: las reformas permitieron romper con la era de las crisis financieras, estabilizaron la economía, sentaron las bases para un crecimiento elevado y sostenido y eliminaron a la inflación como un factor de preocupación. Según esta visión del mundo, la integración de la economía mexicana a los circuitos internacionales de tecnología, comercio e inversión ha permitido que México se convirtiera en una potencia exportadora, construyera una industria moderna, convertida en una de las más competitivas del mundo y que todo el personal asociado a este segmento de la economía cuente con empleos mejor remunerados y con mayores prestaciones. Entidades como Querétaro y Aguascalientes son ejemplos de lo que una buena estrategia de desarrollo puede ofrecerle a la ciudadanía y al país y muestran que, de seguir por el camino adoptado, el país se consolidará como una economía pujante con un sistema político democrático gobernado por un Estado de derecho cabal.

La narrativa del caos económico, ecológico y social resalta la pobreza que han traído consigo las reformas, la falta de crecimiento económico (un mero 2% en promedio), la inseguridad en que vive la población y los malos empleos, inciertos y sin prestaciones, que caracterizan a la mayoría de los mexicanos. El punto de partida de esta narrativa es el elevado crecimiento económico que caracterizó a la década de los setenta, la paz social que se vivía y la seguridad pública que era la norma. Oaxaca, Guerrero y Chiapas muestran los pésimos resultados de las reformas, la pobreza que caracteriza a esas entidades y la desigualdad que se acumula y acusa de manera creciente en el país. En lugar de logros y oportunidades, esta narrativa resalta la corrupción, la inseguridad, la impunidad y los excesos de los gobernantes en todos sus niveles y dimensiones. Su propuesta es retornar a la era, y las estrategias, que hacían posible la estabilidad de antaño, lo que fortalecería la democracia y la participación ciudadana. Los problemas comenzaron justo cuando se viró el camino con las reformas de los ochenta, mismas que tienen que ser canceladas para restaurar la capacidad de crecimiento económico y desarrollo social.

Cada uno corregirá y adjetivará la descripción de estas narrativas, pero lo importante es que, por su naturaleza, se busca polarizar: para unos todo está bien, para otros todo está mal. Para los primeros lo importante es hacer más de lo mismo; para los otros hay que cambiarlo todo. Si uno analiza los datos concretos, las diferencias son menos pasmosas de lo que la narrativa sugiere, pero lo relevante es menos la narrativa -que concentra toda la atención- que la realidad de la vida cotidiana.

Una visión más objetiva de las últimas décadas sugeriría que la economía mexicana muestra una extraordinaria diversidad, que hay regiones creciendo a más del 7% en tanto que otras se rezagan; que la mayor parte de quienes están empleados viven en relativa precariedad; que la inseguridad nada tiene que ver con las reformas sino con la falta de una transformación del propio gobierno y sistema político; y que no es posible retornar al pasado, pero que más de lo mismo claramente tampoco resuelve nada. También, que el país no va en la dirección de la democracia o el Estado de derecho. Quizá más importante, los problemas del país son reales y trascienden a las narrativas que polarizan pero no resuelven.

El gran éxito de Salinas en sus primeros cinco años de gobierno fue que logró que hubiera una sola narrativa y que la población mirara hacia adelante para hacerla realidad. Su fracaso en el sexto año no tuvo que ver con las reformas mismas, pero provocó la confrontación de narrativas que polarizan y generan desconfianza. AMLO avanzaría mucho más si se dedicara a sumar y cerrar esa brecha tan destructiva.

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15 Dic. 2019

Violencia y Terrorismo

Luis Rubio

Los balazos no funcionaron. Tampoco funcionan los abrazos. La inseguridad y la violencia aumentan y no existe diagnóstico razonable sobre el problema ni de la forma de resolverlo. Bastó una declaración del presidente Trump para que los responsables de la seguridad se olvidaran de la problemática o de sus terribles consecuencias para la ciudadanía: prefirieron envolverse en la bandera, ignorando hasta el hecho mismo de la violencia. Ni el nacionalismo ramplón ni la ausencia de estrategia van a resolver el problema.

Es imperativo separar dos componentes de la problemática: la dimensión estadounidense y la violencia misma; se trata de dos perspectivas que responden a circunstancias distintas, aunque pudiese haber vinculaciones. Por el lado norteamericano, el debate sobre la naturaleza de los problemas de México lleva décadas y ha ido cambiando en el tiempo. Por muchos años, luego de la Revolución, los norteamericanos observaron como México estabilizó su economía y logró sedimentar una paz social y política. Luego, con el inicio de la era de las crisis en 1976 y, sobre todo, 1982, los debates allá comenzaron a emplear términos como el de Estado fallido. Desde la perspectiva norteamericana, la negociación del TLC al inicio de los noventa constituyó una forma de apoyo a México para que, finalmente, diera el “gran salto” hacia el desarrollo.

Dos décadas después, retornó el debate: México no convirtió el TLC en una palanca para su desarrollo integral, sino que se limitó a la transformación de una parte de su economía. Por más que ese instrumento haya sido extraordinariamente exitoso en consolidar una plataforma exportadora, resultó evidente a sus ojos (y para quien quiera ver la realidad) que México había usado al TLC como un mecanismo para no alterar el orden político o los intereses cercanos a la clase política. Fue en este contexto que se comenzaron a debatir ideas sobre cómo forzar a México a erradicar la corrupción y modificar sus estructuras político-burocráticas. Estos debates no llevaron a nada relevante, en buena medida porque, para EUA, las consecuencias de adoptar una estrategia errada hacia México podrían fácilmente traducirse en una súbita emigración masiva de mexicanos. En este sentido, la propensión estadounidense a ser cuidadosos con México (aunque no lo parezca) ha tenido por consecuencia hacerle la vida mucho más fácil a los más perniciosos intereses mexicanos que favorecen el statu quo.

Desde la perspectiva mexicana, las preocupaciones estadounidenses pueden ser vistas como erradas, ingenuas o intervencionistas, pero no por eso se puede pretender que no existe un problema mayúsculo. México padece un sistema de gobierno disfuncional, una creciente e intolerable violencia y un mundo de corrupción e impunidad, todo lo cual tiene un mismo origen: un sistema político diseñado por los ganadores de un movimiento revolucionario para depredar y expoliar. En lugar de transformarse para el siglo XXI, el sistema ha incorporado nuevos integrantes, pero preservado su objetivo nodal: privilegiar a los poderosos en el sentido más amplio del término.

Mientras que la economía ha ido experimentando cambios y transformaciones diversas, algunas muy favorables y otras no tanto, el mundo de los privilegios y de corrupción permanece. Fue funcional en los treinta del siglo pasado, pero ya no lo es, por más que ahora se quiera reforzar con la renovada concentración de poder que pretende afianzar el presidente. En lugar de construir un nuevo sistema de gobierno, el país se ha quedado paralizado en este ámbito por casi cien años. Ahí radica el origen de la disfuncionalidad actual y, por lo tanto, de la incapacidad gubernamental para terminar la violencia.

Es en este contexto que permanecen males como los de la impunidad y la corrupción (inherentes al sistema post revolucionario) y, más al punto, que el gobierno sea incapaz de enfrentar sus consecuencias indeseables, como la de la violencia.

Es evidente que mucho de la violencia está vinculado al negocio del narcotráfico que, al menos en una proporción significativa, se origina en EUA. Sin embargo, el hecho de que la violencia tenga lugar en nuestro país y no en el de nuestros vecinos constituye una prueba de que el problema radica en nuestro sistema de gobierno, pues el mismo fenómeno del narcotráfico allá no se traduce en violencia.

El que Trump llegase a declarar a las mafias de narcotraficantes como terroristas tendría toda clase de repercusiones, pero no va a resolver el problema de la violencia en México. En lugar de envolvernos en la bandera, lo conducente sería llevar a cabo un diagnóstico profundo y honesto sobre la naturaleza del problema para, en ese contexto, decidir qué debe hacerse y, en su caso, solicitar el tipo de apoyo que podría ser relevante para México.

El problema no lo van a resolver los estadounidenses con cambios legales o con drones porque eso no ataca las causas del fenómeno. México requiere una estrategia idónea para crear un nuevo sistema de gobierno que permita enfrentar la violencia antes de que se nos impongan soluciones que no resuelvan pero que sí pudieran llegar a desmantelar lo poco que sí funciona en el país.

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https://www.reforma.com/aplicacioneslibre/preacceso/articulo/default.aspx?id=169882&opinion=1&urlredirect=https://www.reforma.com/violencia-y-terrorismo-2019-12-08/op169882?pc=102&flow_type=paywall

 

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1650260.violencia-y-terrorismo.html

Otra racionalidad

Luis Rubio

 

Max Weber, el sociólogo alemán, afirmó que la modernidad –“el destino de nuestro tiempo”- consiste en el avance de la racionalidad y el repliegue del misterio, lo que él denominó como la “desilusión del mundo.” La modernización implicaba, en su concepción, el abandono de la magia para incorporar la racionalidad en la toma de las decisiones y a la burocracia para implementarlas.

A partir de la Revolución, el gobierno mexicano fue avanzando la formalización de las estructuras políticas, gubernamentales y burocráticas, racionalizando la toma de decisiones e incorporando mecanismos de predictibilidad sobre todo en lo relativo a la conducción económica. Es así como surgieron instituciones como el Banco de México, las entidades regulatorias en materia de seguros, valores y, eventualmente, energía e información. El mismo objetivo se persiguió a través de la negociación de tratados internacionales y líneas de crédito, así como la membresía en organismos multilaterales de diversa índole. Se trataba de un proceso de institucionalización que reconocía de entrada la trascendencia de informar y proveer claridad de rumbo tanto a la ciudadanía como a los agentes económicos. Contar con información y reglas del juego transparentes afianza la confianza de la población al tomar decisiones, sobre todo en la era de infinitas alternativas.

El objetivo: consolidar el desarrollo de la economía y garantizar su continuidad más allá de los altibajos normales de los mercados, cambios de gobierno y situaciones imprevistas. La premisa de partida era que ningún gobierno atentaría contra lo que es “racional” en el sentido de Weber: permanencia y predictibilidad en las decisiones gubernamentales.

Los acontecimientos recientes en materia tanto económica como de seguridad en el país hacen claro que la racionalidad weberiana no es parte del herramental y lógica del presidente López Obrador. Desde su perspectiva, el sistemático deterioro de los indicadores económicos y la creciente violencia en el país son evidencia insuficiente (y quizá innecesaria en su visión) de la inoperatividad de la estrategia tanto económica como de seguridad. Su racionalidad es otra y no se apega a los cánones tradicionales tanto de México como del resto del mundo.

La nueva racionalidad es política y parte del rechazo no sólo todo lo que se ha ido acumulando en materia legislativa y en las decisiones gubernamentales de las últimas cuatro décadas, sino de la forma en que se transformó el mundo en ese mismo periodo. Para el gobierno actual, los cambios en materia de estrategia económica, lo que el presidente llama, de manera peyorativa, “las reformas,” fueron resultado de decisiones internas por consideraciones ideológicas y no como consecuencia de alteraciones que fue experimentando el mundo, producto de la liberalización del comercio, la transformación en la forma de producir y la explosión de la información (y su accesibilidad), todo ello debido principalmente a la tecnología. México es un país soberano y no debe apegarse a estándares ajenos a su historia.

Desde esta perspectiva, la nueva racionalidad que guía las decisiones gubernamentales rompe de manera dramática con el pasado reciente toda vez que el gobierno actual asocia apertura con corrupción, tecnócratas con elitismo y cualquier contrapeso con abuso. En esta lógica, México no ha experimentado una transformación democrática, sino un creciente desorden que tiene que ser controlado. La “vieja” constitución debe ser substituida por un constituyente que garantice la democracia, entendida ésta como un deslinde de los poderes fácticos que sólo han traído sufrimiento, desigualdad y opresión. Por lo tanto, el actual gobierno no ganó una elección democrática y limpia, sino que tomó el poder y cuenta con el mandato y la obligación de transformar al país, lo que implica, para comenzar, el desmantelamiento de todas las estructuras e instituciones que acotan y limitan al poder presidencial y, por lo tanto, impiden la consolidación de ese nuevo Estado democrático.

En términos llanos, al gobierno no le angustia el deterioro que caracteriza a la economía o el sufrimiento que experimenta la población por la creciente inseguridad. Sus objetivos “superiores” trascienden estas mediciones y preocupaciones elitistas y conservadoras.

Quienes dudan de la nueva racionalidad o de las estrategias que sigue el gobierno son parte de esa oposición moralmente derrotada y, por lo tanto, no gozan de legitimidad alguna. Es el gobierno quien establece las reglas del juego (como la de que las decisiones económicas deben subordinarse a las políticas) y, más importante, es el presidente quien define el rasero bajo el cual se van a evaluar los resultados de su gestión. Con este criterio, medidas como el crecimiento económico, la inflación o el número de muertos son unidades inadecuadas para determinar el grado de avance o retroceso del gobierno. Lo que ocurra fuera de México y las alternativas con que cuenten los ciudadanos o inversionistas son irrelevantes.

Ningún gobierno en el siglo XXI puede imponer sus reglas y avanzar el desarrollo. Es uno o lo otro. Hasta ahora, ha contado con la venia de la ciudadanía; cuando eso cambie, no tiene idea lo que le espera.

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01 Dic. 2019

Ventajas y desventajas

Luis Rubio

Según un tuit que se tornó viral, en el año 2192 el primer ministro británico vuela a Bruselas para solicitar una nueva ampliación de la fecha fatal para la salida del Reino Unido de la Unión Europea. “Nadie recuerda donde se originó esa tradición, pero cada año atrae muchos turistas provenientes de todos los confines de la Tierra.” La compleja negociación que ha caracterizado a estas dos entidades, Inglaterra y la Unión Europea, se presta a toda clase de mofas porque refleja una profunda institucionalidad que ha requerido seguir pasos, procedimientos, cuerpos colegiados y votos parlamentarios y de las diversas instancias legislativas y judiciales de cada una de las partes. Esa institucionalidad, como sugiere el tuit, puede ser paralizante, pero tiene la virtud de conferir estabilidad y predictibilidad a la vida cotidiana y a las decisiones que cada persona y familia, en todas sus facetas, realizan a lo largo de sus días.

La materia constitucional es un ejemplo sugerente: en México, los cambios constitucionales han sido, históricamente, un deporte sexenal en el que, como vimos con las reformas del sexenio pasado, los gobernadores competían para ser los primeros en lograr que sus legislaturas aprobaran las enmiendas que quería el presidente, para quedar bien con él. El objetivo no era el propósito de la reforma, sino refrendar la autoridad del presidente. En este sexenio el proceso se ha refinado, pues ya ni siquiera son necesarios los gobernadores, dada la mayoría que Morena comanda en diecinueve de las entidades: basta una instrucción para que se apruebe la disposición enviada por el ejecutivo federal.

En contraste, en países con gran institucionalidad el proceso de enmienda constitucional es extraordinariamente difícil. En Dinamarca, por ejemplo, una modificación constitucional requiere, primero, la aprobación del parlamento, posteriormente una elección parlamentaria y luego el voto del nuevo parlamento. En adición a lo anterior, se requiere del apoyo de por lo menos el 40% de la población en un referéndum entre toda la población en condiciones de votar. Es decir, se trata de un proceso engorroso, tardado e incierto, diseñado precisamente para que cualquier cambio constitucional que se realice goce de amplio apoyo popular y no de la imposición partidista, gubernamental o burocrática.

En India, un país enorme, relativamente pobre, y de extraordinaria complejidad, pero profundamente democrático, el avance de una iniciativa de ley requiere innumerables procedimientos y capas políticas y burocráticas, lo que garantiza amplio apoyo político y, por lo tanto, legitimidad y permanencia. Esas estructuras dificultan el actuar de los presidentes y primeros ministros, pero garantizan la estabilidad de los ciudadanos.

Desde luego, una parte de esa serie de estructuras está integrada por intereses particulares que se escudan detrás de procedimientos y mecanismos diseñados meramente para protegerse a sí mismos y son esos los que el presidente López Obrador quiso eliminar con los despidos masivos en las secretarías que tuvieron lugar al inicio del sexenio. Sin embargo, al menos en la teoría, las estructuras que rodean al actuar gubernamental en un sistema de poder dividido (donde los poderes legislativo, ejecutivo y judicial están separados) deben funcionar como pesos y contrapesos para asegurar que ninguno pueda abusar o extralimitarse.

En la era priista siempre se habló de México como un país altamente institucionalizado, afirmación que se derivaba de la forma en que se conducían los asuntos públicos, la disciplina que mostraban los políticos y el cumplimiento de los procedimientos. El tiempo probó que la supuesta institucionalidad era un mito, pues tan pronto se colapsó la presidencia dura, con todos los instrumentos de control, persecución e imposición con que contaba, desapareció el apego a las formas, la obediencia a las órdenes superiores, la subordinación de políticos, gobernadores y ciudadanos a la presidencia y, sobre todo, el respeto a los procedimientos y reglas formales.

De un país que parecía estrictamente apegado a ciertas reglas del juego (las más relevantes siempre “implícitas”), pasamos a ser una sociedad sin reglas, sin auto disciplina y con infinidad de grupos y personas dispuestas a emplear cualquier método para avanzar sus intereses y objetivos. Ahora hemos vuelto al sistema de imposición personal.

La debilidad institucional que caracteriza a México hizo posible grandes y trascendentes reformas entre los ochenta y el 2018, pues el poder presidencial, empleando métodos cambiantes según el momento y circunstancias, resultó ser suficiente para modificar el régimen legal en formas que los europeos o estadounidenses jamás hubieran podido lograr. La gran ventaja de la falta de institucionalidad fue precisamente esa: el gobierno podía actuar con determinación tanto para avanzar sus proyectos como para responder ante circunstancias excepcionales, como fueron las crisis de hace algunas décadas. De la misma manera, la debilidad institucional ha hecho posible desmantelar todo lo que el presidente actual ha querido.

La permanencia sólo se garantiza por instituciones sólidas, requisito esencial de la civilización y de la democracia.

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24 Nov. 2019

 

Los sesenta

Luis Rubio

 

“La realidad del mito, afirmó Monsiváis, es la irrealidad del país.” Los sesenta mexicanos bien califican como mitológicos en la política nacional, y más en la actual coyuntura. Los sesenta fueron años de grandes logros, pero también la semilla de la disputa que, desde entonces, consume al país. En su lado mitológico, los sesenta son venerados -por tirios y troyanos- como la era de oro del crecimiento y la estabilidad; en su lado retrospectivo, esa década se caracterizó por el conflicto, así fuese soterrado, que desde entonces consume a la política nacional.

En los sesenta, el país vivió un momento idílico que nadie hubiera querido terminar, excepto que fue sepultado por la realidad. La década se caracterizó por dos grandes circunstancias: por un lado, tasas de crecimiento elevadísimas (cercanas al 7% anual), con baja inflación, todo lo cual contribuyó al afianzamiento de una clase media urbana y una acelerada movilidad social. No por casualidad, el periodo se denominó “milagro mexicano.”

Sin embargo, el otro lado de la moneda no fue menos relevante: dos acontecimientos de la década evidenciaron los límites del modelo del desarrollo estabilizador que, desde los cuarenta, le había dado al país resultados tan favorables. El primero anunciaba riesgos económicos: en 1965 fue el último año en que México exportó maíz. Este podría no parecer un problema grave hasta que uno se pone a ver que todo el funcionamiento del modelo económico dependía de la exportación de granos y minerales para financiar las importaciones de maquinaria y equipo que requería la substitución de importaciones. El hecho de que ya no hubiera excedentes de maíz para exportar indicaba que el modelo había comenzado a acercarse a su fecha de caducidad. La razón de esto es simple: por su orografía, México nunca será un gran productor de granos. El modelo económico requería un ajuste que, de haberse emprendido entonces, habría acelerado el desarrollo sin cortapisas: el país ha demostrado una infinita capacidad para exportar bienes industriales, agropecuarios y servicios. Esa debió ser la respuesta, pero tomaría dos décadas hasta que le llegara su tiempo político.

El otro acontecimiento fue el movimiento estudiantil de 1968, que mostraba los límites políticos del modelo económico. Aunque la economía había arrojado extraordinarios resultados, muchos de los beneficiarios de la movilidad social se sentían insatisfechos con una estructura política autoritaria que les impedía expresarse y participar en la vida pública. Además, la forma en que fue terminado el movimiento creó un nuevo símbolo, con enormes consecuencias para las siguientes décadas.

Las dos circunstancias -el maíz y el movimiento estudiantil- se convirtieron en el casus belli de la política mexicana. El lado económico del gobierno promovió medidas de liberalización como medio para iniciar una gradual transformación económica, en tanto que el lado político abogó por el uso del gasto público como medio para recuperar las altas tasas de crecimiento del pasado reciente. Los políticos ganaron el pleito en la elección de 1970 pero, para 1982, habían quebrado al gobierno, dejando una enorme deuda externa, una profunda recesión y una sociedad extraordinariamente dividida. A partir de ese momento, el lado económico del gobierno recuperó el control y comenzó a restaurar una semblanza de orden, confiando en poder lograr tasas elevadas de crecimiento por ese medio. Unos cuantos años después resultó evidente que era imposible reconstruir los sesenta y que la única salida era una reforma mucho más profunda del gobierno y de la economía.

Cuatro décadas después, el pleito continúa. Las reformas permitieron restaurar la estabilidad económica, crearon una base para el crecimiento acelerado de las exportaciones y generaron empleos muy productivos y bien pagados. Sin embargo, lo que en realidad ocurrió es que el país se dividió en dos mitades: la mitad que hizo suyas las reformas y la que se quedó anclada en el modelo económico anterior. La primera sostiene a la segunda, pero la dinámica política acabó arrojando como resultado político la elección de 2018.

Lo relevante es que la sociedad mexicana, a través de su voto, reprobó el resultado de las reformas emprendidas a partir de los ochenta, pero no necesariamente a las reformas mismas. Dudo mucho que quienes votaron por cambiar el rumbo quisieran deshacerse de los empleos que generan las exportaciones o de la industria moderna del país. Lo que reprobaron, con contundencia, fue la forma tan sesgada, berrinchuda e ineficaz con que se han conducido lo asuntos públicos, la corrupción de que, en muchos casos, vino acompañado el proceso y, sobre todo, los enormes contrastes que viven las distintas regiones del país.

¿Quién puede oponerse a la presencia de inversiones ultramodernas que producen bienes excepcionales, buenos empleos y un gran caudal de derrama económica? El problema es que no es posible cambiar el rumbo general sin perder esas oportunidades. La tesitura en que el gobierno ha puesto al país crea una disyuntiva inaceptable de todo o nada. El país necesita que se eliminen los sesgos que generan tan vastas desigualdades, no la destrucción de todo lo existente. Pero por ahí vamos.

 

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17 Nov. 2019