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Es la maquinaria, estúpido

Luis Rubio

La contienda va a todo lo que da, meses antes de que inicie formalmente. Los candidatos hacen lo posible por tener presencia, atraer votantes nuevos y responder a los desafíos (y bretes) en que los colocan sus contendientes. Todo eso es lo normal en la vida democrática, aunque ésta se vea plagada de spots, discursos y alharacas. Los candidatos hacen lo que tienen que hacer para elevar su visibilidad y, confiadamente, ganar el voto adicional que permitiría lograr la victoria. La pregunta es qué está haciendo la ciudadanía para exigirle respuestas a los candidatos. Uno sin lo otro no es más que una invitación a la perpetuación de la impunidad.

La pregunta clave es dónde estamos, porque sólo así es posible responder a lo trascendente: cómo lo resolvemos. Los candidatos se desviven por avanzar su mensaje (y descontar a los otros), pero eso no responde al asunto medular que interesa a los ciudadanos: cómo vamos a salir del bache.

Por situación lógica e inevitable, el candidato del partido en el gobierno tiene la difícil situación de tener que proponer algo distinto sin alejarse de donde proviene y con demasiados jefes que, además, no comprenden el sentir del electorado; por su parte, los dos contendientes tienen mayor facilidad para atacar y denunciar, sin molestarse en proponer. AMLO se ha distinguido a lo largo de todos estos años por plantear algunos de los dilemas y problemas más fundamentales que enfrenta el país; sus planteamientos para resolverlos son vagos, muchos de ellos absurdos y casi todos a-históricos, pero eso no le quita el mérito de obligar a enfocar hacia problemas reales como los de la pobreza, la desigualdad y la corrupción. Anaya traía un discurso más moderno e innovador, pero se ha dedicado a competir por el voto anti sistémico, perdiendo con ello su ventaja comparativa: la herencia liberal de su partido, que es lo que lo hace (hacía) distinto. José Antonio Meade cuenta con la experiencia y la visión que permitiría romper con los entuertos que mantienen empinado al país, pero sólo lo lograría en la medida en que rompiera con mucho de lo que hereda del gobierno del que emana. Ninguno la tiene fácil.

Pero esa perspectiva es en abstracto. En el mundo real, la contienda es muy distinta a lo que sugieren las encuestas en este momento. Una contienda de más de dos candidatos sin segunda vuelta tiene características muy específicas que determinan mucho del devenir del proceso electoral. El primer efecto es el de la fragmentación del voto; un segundo efecto es que alguna porción de la población, típicamente cercana al 10% en nuestro pasado reciente, abandona a su candidato si éste o ésta va en tercer o cuarto lugar para evitar un resultado que le es inaceptable: es decir, una porción del electorado de hecho actúa como si hubiera segunda vuelta. El tercer efecto es el más trascendente: con la fragmentación del voto, disminuye el umbral de triunfo, lo que le otorga un enorme peso al voto duro; es decir, la contienda se convierte en una en la que las maquinarias partidistas se tornan críticas.

Aunque todos los partidos tienen sus aparatos y maquinarias, ninguno tiene la organización con que cuenta el PRI que, por razones obvias de nuestra historia, tiene presencia incluso en estados y localidades en las que hace décadas no gobierna. Esto implica que si Meade logra consolidar la base priista, su probabilidad de ganar rebasa con mucho las apariencias que reflejan las encuestas.

Desde luego, la maquinaria no lo es todo, pero en una contienda en la que la base dura del electorado es crucial, la maquinaria adquiere una importancia excepcional. AMLO tiene su base dura (que, según diversas encuestas, anda alrededor del 25%) en regiones del centro del país históricamente saturadas de operadores, clientelas y organizaciones. El PRI, con la maquinaria más aceitada y distribuida, arroja un voto duro, si todos esos electores de hecho votan, de alrededor del 18%, en tanto que el PAN tiene cerca del 15%. Si al voto priista se le suma el Verde y el PANAL, el candidato del PRI prácticamente se empareja con AMLO. Con estos números, la verdadera contienda se concentraría en los 5%-6% adicionales que el ganador tendría que lograr de la ciudadanía.

Este análisis supone que Meade logra sumar al 100% de los priistas, comenzando por los que no se sienten representados por el candidato que no es miembro del partido que lo postula, y que todos sus operadores actúan de manera coordinada el día de la elección. Sin el voto duro priista, la probabilidad de éxito de Meade disminuye porque el voto ciudadano estaría muy disperso y casi sin duda sería insuficiente para reemplazar a la base dura.

En este contexto, el Frente se encuentra ante la tesitura que explica el discurso anti-sistémico de su candidato, así como la manera en que juega con fuego el gobernador de Chihuahua. Con una maquinaria menos grande y con un voto duro más pequeño, su única probabilidad de éxito, como ocurrió en 2006, es que alguno de los otros dos candidatos falle, cometa una pifia o se desmorone.

Nada de esto garantiza un resultado -de hecho, cualquier cosa es posible- pero sugiere que esta elección estará de morderse las uñas.

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Nuevo inicio

Luis Rubio

 

Año nuevo, año de elecciones presidenciales: combinación de oportunidades, pero también de riesgos que ningún país saludable debería tener que vivir. Dos circunstancias entrelazan las oportunidades y los riesgos de una manera tan palpable: por un lado, aunque ha habido enormes avances en una multiplicidad de frentes, los problemas se siguen apilando y muchos, quizá la mayoría, es ignorada, como si no existieran. Por otro lado, el poder que concentra un presidente mexicano sigue siendo tan vasto que la persona misma es factor de confianza y estabilidad o, por el contrario, de riesgo e incertidumbre. Así comienza 2018.

Lo que ha avanzado no es pequeño. Para comenzar, en los últimos veinte años hemos logrado que los votos cuenten y se cuenten, hazaña no menor luego de setenta años de fraudes. Desde luego, el fraude no ha desaparecido y la capacidad de adaptación de los viejos operadores es impresionante: en el último par de años los ciudadanos pudimos ver el desarrollo de una estrategia que se podría denominar “Luis XV” por eso de “después de mi el diluvio:” el PRI ganó elecciones difíciles a un costo exorbitante tanto en dinero como en credibilidad.  El tiempo dirá si esa forma de jugar canicas (a diferencia de ajedrez, que requiere de una estrategia) trae beneficios o perjuicios, pero cuando la medida de las cosas es ganar y no avanzar, el resultado habla por sí mismo.

Por el lado económico, en las últimas décadas pasamos de una economía poco productiva, propensa a interminables crisis, malos salarios y pocos satisfactores, a una economía pujante que, si bien dista de haber resuelto los problemas del sur del país, ofrece un potencial de desarrollo que antes era impensable. El país hoy cuenta con oportunidades que eran inasibles antes, la ciudadanía se ha vuelto demandante y el gobierno no tiene más remedio que responder o perder. Algunas administraciones intentaron responder, otras, como la que está por concluir, optaron por perder, pero en ambos fueron decisiones conscientes.

Es fácil criticar todo lo que no se ha hecho y, sin duda, si uno ve hacia adelante, la complejidad de lo que viene parece infranqueable. Los problemas producto de la inmovilidad política y el desinterés de nuestros gobernantes (los a cargo y los aspirantes) es tan patente que no es difícil explicar el pesimismo reinante, al que se adiciona la flagrante corrupción e impunidad -y nadie en el espectro político se salva.

Pero el otro lado de la moneda también es cierto: si uno ve hacia atrás, es impactante el cambio que ha experimentado el país en niveles de vida, competitividad industrial, longevidad, sistema de salud, balanza de pagos y un largo etcétera. Los edificios, negocios, becas y oportunidades que aparecen cada día hablan por sí solos. México no puede decir que entró a la civilización, pero claramente ha avanzado en esa dirección.

Lo que falta es mucho y también obvio: México sigue dependiendo de las decisiones de un grupo compacto al que le sobra soberbia y una absoluta impunidad. Esa arbitrariedad lleva a que se utilicen los recursos del Estado -como el fisco y las instituciones de seguridad- para espionaje político, amedrentar empresarios o intimidar a la ciudadanía. Mientras que Trump intenta cambios casi en todos los casos sin lograrlo, los presidentes mexicanos tienen facultades tan vastas y arbitrarias que no hay mexicano que pueda sentirse seguro. El riesgo inherente a la persona que llegue a ganar las elecciones en julio próximo es tan grande que todo México está a la expectativa, cualquiera que sea su preferencia partidista o de candidato. Ningún país serio puede vivir procesos similares cada seis años y pretender que es posible el desarrollo.

Hay dos tipos de desafíos: los que podrían denominarse “técnicos” y los que se refieren a la estructura del poder. Los técnicos son conocidos y, en general, no disputados: la ineficiencia de los monstruos paraestatales, la insuficiente y pésima calidad de la infraestructura, la inexistencia de un sistema educativo idóneo para la era del conocimiento y todo lo relacionado con malas regulaciones, excesos burocráticos, dispendio de los recursos fiscales y carencia de mecanismos para que los funcionarios y políticos rindan cuentas de los fondos que aporta la ciudadanía a través de sus impuestos.

Mientras que los desafíos técnicos se pueden definir, los relacionados con el poder son más complejos y explican tanto la parálisis como la razón por la cual ni los asuntos técnicos se atienden. La estructura del poder en el país está dedicada a preservar cotos de beneficios y privilegios y a impedir que prosperen iniciativas que eleven la productividad, faciliten el acceso de la población a las decisiones o, incluso, que mejoren cosas elementales como el sistema educativo. Gane quien gane, el problema es el mismo: el sistema de privilegios que todo lo controla y que, en consecuencia, propicia tanto la desazón como los movimientos anti sistémicos.

“Sería de ciegos ocultar lo obvio,” dice John Womack: “que el México contemporáneo exige una reorganización política profunda y responsable; reorganización que comporta una limpia de todos los extremos del nudo, y no de uno solo”.

¡Feliz año nuevo!

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07 Ene. 2018

Ahora y mañana

Luis Rubio
NEXOS – Enero 2018

Por mucho tiempo fue posible imaginar que la transición político-económica que hemos vivido conduciría a un nuevo nivel de civilización y desarrollo. No faltaban razones para pensarlo; aun cuando era evidente que no se estaban realizado los cambios y reformas requeridos para llegar a esa otra ribera del río, al inicio de los noventa el futuro parecía promisorio porque inaugurábamos nuevos tiempos en todos los ámbitos: la economía se recuperaba, las exportaciones crecían, surgía una clase media, las elecciones arrojaban un activo mosaico partidista, inconcebible hacía solo unos lustros antes. Por supuesto que había luces ámbar por todos lados, pero el país parecía avanzar en una nueva dirección que gozaba de un amplio reconocimiento social.

Luego de años de disputas políticas aparentemente interminables, esas que habían llevado a las crisis de los setenta y a una década de estancamiento y (casi) hiperinflación en los ochenta, el debate político entraba en una etapa de menor belicosidad y conflicto. La apertura de la economía rendía frutos, el TLC avanzaba y el camino hacia el futuro parecía asegurado. Años de crisis quedaban atrás y un cauto optimismo reinaba.

El principio del fin llegó más pronto de lo que se podía haber vislumbrado. La crisis de 1995 dislocó a la sociedad mexicana, particularmente a su incipiente clase media, abriendo una nueva etapa de disputa política, que es la que ahora, en 2018, experimentará su tercera ¿y última? confrontación electoral.

En 1996 se abrió una nueva ventana de esperanza con la aprobación unánime de la reforma electoral que, se esperaba, conduciría a una era democrática. Lamentablemente, visto en retrospectiva, las sucesivas reformas electorales no resolvieron la legitimidad en el acceso al poder ni mucho menos la forma de gobernarnos.

Quizá ese sea el mayor déficit del presente: nuestro sistema de gobierno nunca se ajustó. Surgido de la era post revolucionaria, con una economía cerrada, sindicatos y empresarios estrechamente controlados y sin tolerancia para el debate o la rendición de cuentas, el sistema no cedió. Cambió la estructura de la economía, se democratizaron los medios de acceso al poder y se perdió la capacidad de decidir y actuar. La antigua forma de gobernar dejó de ser posible (al menos a nivel federal) y nada la substituyó. La realidad es que vivimos un sueño porque no construimos el andamiaje de un futuro civilizado y desarrollado y el no haber hecho la tarea ha abierto toda clase de espacios para fuerzas regresivas en todos los ámbitos de la vida nacional.

El mundo que viene puede ser de dos tipos: el que se dé por inercia y el que se construya por decisión política. La inercia es la salida más fácil, pero no la obvia por una razón muy simple y, a la vez, paradójica: el sexenio que está por terminar fue a la vez progresista y reaccionario y esa rara mezcla deja un legado difícil de imitar. Fue progresista porque avanzó una agenda de reformas que abren grandes oportunidades potenciales para un desarrollo más equilibrado que alcance a más mexicanos. Fue reaccionario porque se dedicó a revertir avances institucionales, eliminó mecanismos de transparencia y rendición de cuentas y violentó los pocos contrapesos que existían.

Esto nos deja con un panorama potencialmente optimista: la oportunidad de que se abandone la inercia y se construya sobre las reformas que se hicieron y cuyo costo ya se pagó, lo que implicaría alterar radicalmente la estructura de privilegios y beneficios de que gozan toda clase de grupos y personas y que impide el desarrollo. El contraste entre el sur y el norte habla por sí mismo: donde las barreras socio-políticas al desarrollo son virtualmente infranqueables bajo el paradigma actual, como ocurre en Oaxaca o Guerrero, la oportunidad es mínima. Si, por el contrario, el próximo gobierno hace suyo el proyecto de combatir esas estructuras de privilegios, el potencial de desarrollo es literalmente infinito.

La inercia implicaría una tasa de crecimiento económico lo suficientemente elevada como para que el país funcione, como lo ha hecho a lo largo de las últimas tres décadas: insuficiente para lograr una transformación, pero satisfactorio para la demanda de empleo y la atención a las consecuencias de nuestra mala estructura socio económica, que se traduce en pobreza. En lo político, un escenario inercial entraña una conflictividad constante, aunada a una permanente insatisfacción social, pero no una situación catastrófica. Este escenario podría complicarse de desaparecer el TLC.

Al final del día, el país ha llevado a cabo reformas extraordinarias, si bien incompletas. Las reformas abren ingentes oportunidades; su falta de cabal implementación las limita grandemente. En esa tesitura hemos andado por varias décadas, circunstancia que explica el humor colectivo que nos caracteriza. Yo me mantengo optimista, al estilo del primer ministro Harold Wilson: “Soy un optimista, pero un optimista que lleva consigo un paraguas.”

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Desarrollo en la nueva geopolítica

Luis Rubio

Nos tocó vivir en un mundo complejo y en una etapa de la historia en que la complejidad y el cambio, dentro y fuera de México, son las características determinantes del bienestar y del desarrollo.

El ritmo del cambio difícilmente podría exagerarse: la tecnología ha transformado no sólo la forma de producir, comunicarnos e interactuar, sino también la forma de vivir. Al mismo tiempo, los cambios geopolíticos que hemos observado a lo largo de las últimas décadas -desde la caída del muro de Berlín hasta la “gran recesión” de 2009 y pasando por los ataques de septiembre 11 a Estados Unidos, el factótum del poder mundial y nuestro vecino- han creado un entorno muy distinto al que México vivió en la segunda mitad del siglo XX.

Ahora que el país se encuentra inmerso en una nueva justa electoral, es imperativo analizar cómo puede aprovechar la coyuntura mundial para avanzar su desarrollo. Lo que resulta evidente es que, a pesar del cambiante entorno internacional, los principales retos del país se encuentran en su fuero interno.

Desde por lo menos 1815, las potencias mundiales de cada época han intentado construir situaciones de estabilidad a partir de equilibrios en el poder regional o mundial. Para México, el orden que emergió de la segunda guerra mundial le permitió acelerar el paso del crecimiento económico, abriendo nuevas oportunidades de desarrollo. El crecimiento generó una potente clase media, una enorme expansión urbana y una industria que, en el tiempo, se ha convertido en una de las potencias manufactureras del mundo, sobre todo en sectores como el automotriz, aviación y electrónico. La liberalización de la economía a partir de los ochenta le dio nueva vida a la actividad económica y sentó las bases para un potencial desarrollo, solo limitado por la compleja red de regulaciones que han hecho desigual el proceso de apertura, obstaculizando el progreso integral del país.

Los cambios sufridos en el orden de la posguerra han afectado la forma de funcionar de nuestro país, de la región en que vivimos y del mundo en general. Las instituciones, tanto nacionales como internacionales, han probado ser insuficientes para lidiar con los retos que se van presentando, generando crisis recurrentes y una permanente inestabilidad tanto interna como en el ámbito externo.

Al mismo tiempo, la proliferación de tecnologías disruptivas ha cambiado la forma de relacionarse de las sociedades, alterando las viejas formas de gobernar, convirtiendo al ciudadano en el corazón del proceso de desarrollo económico. Viejos criterios y normas han dejado de funcionar y, en términos generales, no ha surgido una nueva forma de visualizar el desarrollo.

Es decir, ya no hay reglas generales sino procesos permanentes de cambio, lo cual arroja tanto oportunidades como riesgos.

Hay contradicciones que se han vuelto norma. Empresas y empleados híper productivos por un lado, frente a empresas que se colapsan. Ingresos crecientes para algunos segmentos de la población pero inciertos y declinantes para otros. Menores costos de acceso a mercados, pero mayor demanda de capital humano para poder ser exitosos en ellos. Mayor desigualdad en los ingresos frente a mayores oportunidades de desarrollo- Sistemas políticos obsoletos frente a una ciudadanía con mayor información que sus gobiernos y mayor capacidad de acción.

La nueva norma es la polarización en todos los ámbitos, lo que explica los fenómenos electorales que se han presentado en todo el mundo.

Para México, la victoria del presidente Donald Trump en Estados Unidos representa un reto adicional, toda vez que el principal motor de crecimiento de nuestra economía es la estadounidense, tanto por el lado de la exportación de bienes industriales (incluyendo la agro industria), como por las remesas que envían mexicanos residentes en esa nación a sus familiares en México.

Lo cierto es que el país ha evolucionado en estas décadas sin un plan de vuelo socialmente aceptado. Las reformas estructurales han creado nuevas oportunidades, abierto nuevos mercados y generado fuentes de ingresos antes inconcebibles. Al mismo tiempo, han sido parciales, en muchos casos insuficientes y, en prácticamente todos los casos, limitadas por el objetivo de no afectar los intereses del sistema político tradicional. Por esta razón, a pesar de las reformas, muchas de ellas trascendentales, el país no está preparado para lidiar exitosamente con los retos del cambiante entorno internacional y la demanda de habilidades que exige la economía en la era del conocimiento.

La parte de la sociedad que se ha modernizado goza de oportunidades que nunca antes fueron posibles y está bien pertrechada para asirlas, pero la parte que se ha rezagado no sólo no goza de esas oportunidades, sino que ni siquiera cuenta con un esquema que le permita modernizarse. Quizá no haya mejor evidencia de los rezagos políticos que vive el país que ésta: el país se ha rezagado porque el sistema político se ha cerrado y convertido en un obstáculo al desarrollo.

 

Pasado y futuro

 

México lleva décadas confrontando el pasado con el futuro sin querer romper con el primero para abrazar decididamente al segundo. La evidencia es abrumadora y particularmente visible en la interminable colección de acciones gubernamentales orientadas a pretender cambiar sin querer que haya cambio alguno.

En los dos ámbitos en que mayor ha sido el activismo político-gubernamental de las últimas décadas -lo electoral y lo económico-comercial- el país se ha caracterizado por enormes reformas con relativamente pobres resultados, aunque hay regiones que crecen a ritmos casi asiáticos.

Dudo que haya muchos países en el mundo que hayan experimentado tantas reformas electorales en tan pocos años y, a pesar de que éstas han arrojado un sistema extraordinariamente ejemplar y profesional, imitado alrededor del mundo, seguimos viviendo una incontenible disputa electoral y de credibilidad, cada vez que hay elecciones.

En la economía, el país se ha desvivido por concertar acuerdos comerciales a lo largo y ancho del mundo y ha llevado a cabo ambiciosas reformas que nunca acaban de aterrizarse o implementarse a cabalidad.

No sería exagerado afirmar que, gracias al TLC norteamericano y a las oportunidades de empleo que la economía estadounidense aportó por décadas, la clase política mexicana no ha tenido que cambiar sus costumbres o disminuir sus privilegios. Si bien el desempeño económico promedio ha sido, por decir lo menos, mediocre, éste ha sido suficiente para mantener el bote a flote.

Pero México ha avanzado mucho más de lo que parecería a primera vista: si uno ve hacia atrás, la magnitud del cambio es impactante. Aunque nuestra forma de avanzar es peculiar (dos pasos hacia adelante y al menos uno para atrás), el avance es real y se puede observar en la poderosa industria que ha crecido, en la clase media urbana y rural, en el comercio internacional y, en general, en la mejoría de los índices de desarrollo humano. México ha cambiado mucho y, en general, para bien, pero ese cambio ha sido renuente y con frecuencia a regañadientes.

El proceso reformador comenzó en los ochenta en un entorno internacional radicalmente distinto al actual. Aunque no lo sabíamos entonces, la guerra fría estaba a punto de concluir y la globalización desataba fuerzas incontenibles que pocos comprendieron en el momento. Hoy la característica del mundo es de un creciente desorden con fuertes tendencias centrífugas. La crisis, esencialmente fiscal, y el cambio tecnológico experimentado en los últimos años ha llevado a innumerables países a enconcharse.

Nada de eso, sin embargo, cambia dos factores esenciales: uno, que la tecnología avanza de manera incesante y nadie puede abstraerse de ella o de sus consecuencias. El otro es que la globalización, aunque sujeta a regulaciones gubernamentales que han alterado tan profundamente la forma de producir, consumir y vivir, que es impensable su desaparición.

En este contexto, México no tiene más alternativa que actuar proactivamente para preparar a su población para la ola de crecimiento que viene y que va a caracterizarse por elementos para los que difícilmente estamos preparados o, como sociedad, dispuestos.

Parece claro que la tecnología seguirá avanzando, que ya no existen mercados masivos sino nichos especializados (y rentables) y que la revolución digital, que privilegia el conocimiento y la creatividad, dominará la producción y la generación de valor en el futuro. Estas realidades nos colocan ante el desafío central del país: como sumar a la población que no ha contado con las oportunidades para beneficiarse del nuevo entorno económico, tecnológico e internacional.

El reto que esto entraña es enorme porque se trata de procesos que, por definición, llevan décadas en consolidarse, lo que implica que cada día que se pierde se pospone la oportunidad, algo particularmente preocupante dada la transición demográfica: si los jóvenes de hoy no se incorporan a la economía del conocimiento, México acabará siendo un país de viejos pobres en unas cuantas décadas.

El país medio funcionó en las pasadas décadas porque el TLC proveía una fuente de certidumbre indisputable, en tanto que el mercado de trabajo estadounidense liberaba la presión social. Pase lo que pase con Estados Unidos en los próximos meses (y yo creo que será benigno), la certidumbre importada ya no será confiable.

Ahora todo mundo sabe que ésta puede desaparecer y eso crea un momento de extremo riesgo, pero también de oportunidad: el riesgo de destruir todo lo existente (sin la penalidad que era inherente al TLC) y la oportunidad de encarar nuestros desafíos para construir fuentes de certidumbre fundamentadas en arreglos políticos internos.

Es importante recapitular sobre la razón por la cual el TLC ha sido trascendental en crear una economía moderna. El TLC -NAFTA por sus siglas en inglés- fue la culminación de un proceso de cambio que comenzó en un debate dentro del gobierno en la segunda mitad de los sesenta y que, en los setenta, llevó al país al borde de la quiebra.

La disyuntiva era abrir la economía o mantenerla protegida, acercarnos a Estados Unidos o mantenernos distantes, privilegiar al consumidor o al productor, más gobierno o menos gobierno en la toma de decisiones individuales y empresariales.

Es decir, se debatía la forma en que los mexicanos habríamos de conducirnos para lograr el desarrollo.

En los setenta, la decisión había sido más gobierno, más gasto y más cerrazón, y el resultado fueron las crisis financieras de 1976 y 1982. A mediados de los ochenta, en un entorno de casi hiperinflación, se decidió estabilizar la economía y comenzar un sinuoso proceso de liberalización económica.

Se privatizaron cientos de empresas, se racionalizó el gasto público, se renegoció la deuda externa y se liberalizaron las importaciones. El cambio de señales fue radical y, sin embargo, el ansiado crecimiento de la inversión privada no se materializó. Se esperaba que el cambio de estrategia económica atraería nueva inversión productiva susceptible de elevar la tasa de crecimiento de la economía y, con eso del empleo y del ingreso.

El TLC acabó siendo el instrumento que desató la inversión privada y, con ello, la revolución industrial y las exportaciones. Pero el TLC fue mucho más que un acuerdo comercial y de inversión: fue una ventana de esperanza y oportunidad.

Para el mexicano común y corriente, se convirtió en la posibilidad de construir un país moderno, una sociedad fundada en el Estado de derecho y, sobre todo, con un camino abierto al desarrollo.

Quizá esto explique la extraña combinación de percepciones respecto a Trump en México: por un lado, un desprecio a la persona, pero no un antiamericanismo ramplón entre la población en general. Por el otro, una terrible desazón: como si el sueño del desarrollo estuviese en la picota.

 

En términos “técnicos”, el TLC cumplió ampliamente su cometido: ha facilitado el crecimiento de la inversión productiva, generado un nuevo sector industrial, convertido a México en una imponente potencia exportadora y conferido certidumbre a los inversionistas respecto a las “reglas del juego.” Indirectamente, también creó esa sensación de claridad respecto al futuro, incluso para quienes no participan directamente en actividades vinculadas con el TLC. En una palabra, el TLC se convirtió en la puerta de acceso al mundo moderno. El amago que Trump le ha impuesto entraña una amenaza no sólo a la inversión, sino a la visión del futuro que compartimos la mayoría de los mexicanos.

 

En su esencia, el TLC fue una forma de limitar la capacidad de abuso de nuestros gobernantes: al imponer nuevas reglas del juego, estableció una base de credibilidad en el modelo de desarrollo. El efecto de esa visión hizo posible la apertura política que siguió que, aunque enclenque, redujo la concentración del poder y cambió, al menos un poco, la relación de poder entre la ciudadanía y los políticos.

Al mismo tiempo, una paradoja le permitió a los políticos seguir viviendo en su mundito de privilegios, sin molestarse en llevar a cabo las funciones elementales que les correspondían, como gobernar, crear un sistema educativo moderno y garantizar la seguridad de la población.

Nadie sabe qué ocurrirá con el TLC, pero no hay duda que el golpe ha sido severo. Trump no sólo expuso las vulnerabilidades políticas que nos caracterizan, sino que destruyó la fuente de certeza que entrañaba ese “boleto a la modernidad” inherente al TLC. Aunque acabemos con un TLC modernizado y transformado, el golpe dado ya nadie lo quita. Las percepciones -y, con ello, las esperanzas y certezas- ya no serán las mismas.

No es casualidad que reaparezcan planteamientos de volver a enquistarnos, vengarnos de los estadounidenses y volver al Estado eficaz (¿?) de antaño. Quienes eso proponen no entienden que el TLC fue mucho más que un instrumento económico: fue la oportunidad de un futuro distinto.

Nuestro verdadero dilema es el mismo que hace cincuenta años, pero ya es ineludible. El país requiere una cabal transformación política fundada en una población efectivamente representada, un sistema de gobierno que le responda y un gobierno que tenga por propósito ese verbo ausente: gobernar.

 

El desafío geopolítico de México es interno

 

La prioridad del país tiene que ser el desarrollo. Nuestro problema es que no hemos concluido la revolución que se inició en los ochenta. En el país conviven –pero no se comunican- empresas inviables con las más productivas y exitosas de la economía globalizada. La fusión no ha sido muy feliz porque ha limitado la capacidad de crecimiento de las más modernas, a la vez que ha preservado una industria vieja que no tiene capacidad alguna de competir. El dilema es cómo corregir estos desfases. La tesitura es obvia: avanzar hacia el desarrollo o preservar la mediocridad.

A un cuarto de siglo del inicio del TLC resulta evidente que en la política (y la política económica) la inversión de largo plazo es la que paga dividendos. Muchos de los avatares políticos de los últimos años, y no pocas de nuestras dificultades económicas, han sido producto de apuestas al corto plazo, que nunca resultan bien. El TLC es el mejor ejemplo de que el largo plazo es lo que trae resultados. Por esa razón, es crucial reconocer que la “filosofía” que lo enmarca es la que es imperativo promover: reglas claras, mecanismos para hacerlas cumplir y ninguna interferencia política.

 

¿Qué hacer?

 

La gran interrogante es cómo enfocarnos hacia ese futuro. El país vive saturado de diagnósticos, algunos buenos y otros malos, todos ellos intentos de abrir brecha y romper los obstáculos de la vida cotidiana. Es evidente que el país requiere reenfocar sus esfuerzos en un sinnúmero de áreas, desde lo educativo hasta la infraestructura, pasando por la reforma de la que nadie habla pero que es la crucial, la del gobierno.

Sin embargo, la lección del TLC y la que arrojan los países que efectivamente han logrado transformarse (como España, Chile, Corea, Taiwán, Singapur y China) es una muy simple: el desarrollo no es cuestión de políticas específicas, aunque éstas se requieran, sino de visión y enfoque.

 

En su esencia, el dilema es: hacia atrás o hacia delante. La disyuntiva medular es pretender resolver todos los problemas desde la cima del gobierno, crear condiciones para que el desarrollo sea posible, estableciendo condiciones generales, atendiendo los problemas claves del desarrollo, como la educación y reformando, de una vez por todas, el sistema de gobierno tanto a nivel federal como en sus relaciones con los estados y municipios.

 

Los proyectos desarrollistas del siglo XX se centraron en un gobierno “fuerte” y el control de la población y del aparato productivo. La economía creció con celeridad en aquella época (aunque no más que otras economías similares, como Brasil o Argentina).

Hoy la clave radica en la forma de gobernar, muy distinta al control que caracterizó al pasado y que inspira a muchos de nuestros políticos. Gobernar no consiste en imponer preferencias desde arriba, sino en resolver problemas, crear condiciones para el progreso y la prosperidad de la población. En una palabra, contribuir a que la ciudadanía goce de una vida mejor.

Nuestro sistema político fue creado hace cien años para estabilizar al país y controlar a la población. Hoy, cien millones de mexicanos después, ese sistema ha sido totalmente rebasado y sus remiendos -como el electoral de las últimas décadas- ya no son suficientes. México tiene que construir un nuevo sistema de gobierno que dé certidumbre y obligue a los gobernantes a gobernar y a servir al ciudadano.

De nada sirven muchas reformas si no existe el entorno idóneo para que éstas avancen y de nada sirve la promoción del mercado interno si no se eleva la productividad. Las reformas son meros instrumentos; sin una estrategia que las articule, el desarrollo es imposible.

Las dos anclas del desarrollo de las últimas décadas, la migración y el TLC, ya no arrojarán los mismos frutos en el futuro. La migración ha cambiado en parte porque ha disminuido la demanda de mano de obra en Estados Unidos, pero también porque la curva demográfica en México se ha transformado; además, las crecientes dificultades para cruzar la frontera ciertamente desalientan la migración.

Por su lado, la trascendencia del TLC ha disminuido de manera radical: con Trump desapareció la noción de que es intocable y eso ha provocado que se colapse la inversión. A menos que construyamos fuentes de certidumbre internas, el TLC ya no será el motor de crecimiento que ha sido hasta hoy. Sin inversión, la economía no va a crecer por más que se hagan reformas o se enfatice el mercado interno. Lo único que queda como posibilidad es la creación de condiciones que hagan posible el desarrollo y eso no es otra cosa que elevar la productividad.

¿Cómo hacer eso? La productividad es resultado de un mejor uso de los recursos tecnológicos y humanos y eso requiere de un sistema educativo que permita desarrollar conocimientos, habilidades y capacidades para el proceso productivo; es decir, se requiere que la educación deje de estar al servicio del control político que ejercen los sindicatos para su propio beneficio y se concentre en el desarrollo de las personas para prepararlas para una vida productiva y exitosa.

Lo mismo vale para la infraestructura, las comunicaciones, el trato que la burocracia le da a la ciudadanía y, por supuesto, para el poder judicial. El punto es que el desarrollo no es gratuito ni se puede imponer por decreto: es resultado de la existencia de un entorno que hace posible elevar la productividad y todo debe dedicarse a ello.

Lograr el entorno de certidumbre que requiere el desarrollo implica abandonar la naturaleza arbitraria de la función gubernamental. Es decir, r una revolución política.

Nuestro sistema de gobierno ha hecho imposible el desarrollo porque está diseñado para que unos cuantos controlen procesos clave que generan poder y privilegios, como en el caso de la educación. Mientras eso no cambie, la economía seguirá estancada, sea el proyecto uno de grandes reformas o del mercado interno. Da igual.

Lo que ha cambiado es el entorno: los subterfugios que sirvieron para evitar acciones decididas hacia el desarrollo y el futuro han desaparecido; hacemos la chamba o nos quedamos atorados.

“La mejor manera de predecir el futuro, escribió Peter Drucker, es crearlo.”

 

  1. Con TLC o sin éste, México tiene que redefinir su relación con Estados Unidos, lo que implica precisiones internas y una negociación global de la interacción y de la vecindad.
  2. Es urgente que México encuentre y desarrolle fuentes internas de certidumbre, es decir, que haga suyo el objetivo de institucionalizar a la política mexicana, construir pesos y contrapesos y hacer cumplir la ley.
  3. México debe abandonar el siglo XX y abrazar íntegramente al futuro, lo que implica construir las instituciones y formas de interacción propias de un país moderno y deseoso de ser exitoso.

*en ¿y ahora qué? México ante el 2018, Penguin

Año viejo, año nuevo

 Luis Rubio

El fin de cada año viene acompañado de nostalgia por lo que se fue, expectativa por lo que viene, miedo por lo desconocido y optimismo por las oportunidades que el futuro pudiera deparar. Hoy, el último día de un año convulso y complejo, es buen momento para reflexionar sobre lo que grandes pensadores, emprendedores y estadistas contemplaron frente a cada una de estas emociones.

El futuro…algo al que todos llegan al ritmo de sesenta minutos por hora, independientemente de lo que hagamos o seamos quienes seamos…

C.S Lewis, 1941

Debemos confesar que ahora los ricos predominan, pero el futuro será para los virtuosos e ingeniosos

Jean de la Bruyere, 1688

La fortuna no nos puede quitar nada excepto lo que ya nos dio

PubliliusSyrus, c 50AC

En las eras de fe, el objetivo último de la vida se coloca más allá de la vida. Los hombres de esas eras están acostumbrados y, por lo tanto, naturalmente orientados, así sea involuntariamente, a fijar su mirada en un objeto estático hacia el cual siempre dirigen su progreso. Aprenden, en imperceptibles grados, a reprimir miles de deseos pequeños y pasajeros para satisfacer más efectivamente esa añoranza permanente que los atormenta. Cuando estos mismos hombres desean concentrarse en los asuntos mundanos, esos hábitos se convierten en propios. Rápidamente aceptan un objetivo general y seguro para sus acciones y dirigen todos sus esfuerzos para alcanzarlo. Uno no los ve permitiéndose otros proyectos pero nunca se cansan de seguir los planes que nunca se cansan de perseguir. Esto explica porqué las naciones religiosas alcanzan logros tan duraderos. Descubrieron los secretos del éxito en este mundo al concentrarse en el siguiente.

Alexis de Tocqueville, 1831

En política, lo que comienza con miedo usualmente termina en locura

Samuel Taylor Coleridge, 1830

Preocuparse por lo que no ha ocurrido es una seria enfermedad

Solomon Ibn Gabirol, c1050

¿Qué hace alarmante a un tirano? “Sus guardias,” dice el hombre, “y sus espadas, y los chambelanes, y aquellos que le impiden el paso a quienes quieren entrar.” ¿Por qué, entonces, es que cuando traes a un niño frente al tirano rodeado de sus guardias, el niño no tiene miedo? ¿Será que el niño no se percata de los guardias? Ahora bien, si alguien esta completamente alerta de estos, y del hecho que traen armas, y que ha venido precisamente porque se quiere morir, como resultado de algún infortunio, y está buscando una muerte simple en mano de alguien más, entonces tampoco tiene miedo de los guardias, ¿o no es así? ¡No! Porque lo que quiere es exactamente eso que causa que el tirano sea alarmante. Entonces, si alguien no tiene particular deseo de morir o vivir, pero está contento de aceptar lo que le toque en presencia del tirano, ¿qué le impide acercarse sin miedo? “Nada”

Epictetus, c100

Nada es más despreciable que respeto fundamentado en miedo

Albert Camus, c 1940

Es la vida, la vida que importa, la pura vida -el continuo y permanente proceso de descubrirla- ¡y no el descubrimiento mismo!

FyodorDostoevsky, 1868

El mundo está igualmente asombrado -y resentido— ante cada nuevo descubrimiento, pero pronto lo acepta como común y corriente

GertrudeAtherton, 1923

La ciencia es un cementerio de ideas muertas

Miguel de Unamuno, 1913

Lo que un hombre puede inventar, otro lo puede descubrir

Arthur Conan Doyle, 1905

Hay hombres en esta ciudad, y también hay otras personas que vienen de distintos lugares por la razón de su grandeza y bonhomía, que cuentan con mentes de gran inteligencia, capaces de concebir e inventar toda clase de artefactos ingeniosos. Debería legislarse que no deberían copiarse los trabajos y artefactos inventados por ellos para que los inventores no sean privados de su honor.

Estatuto veneciano de comisión industrial, 1495

La pregunta fundamental que uno debe hacerse es ésta: ¿Por qué la gente hace cosas que, en conjunto, dan la impresión de una sociedad totalmente unificada, confiriéndole apoyo total a su gobierno? Para cualquier observador no prejuiciado, la respuesta es, yo creo, evidente: los motiva el miedo. Por el miedo de perder su empleo, un maestro enseña cosas en las que no cree; temeroso de su futuro, el alumno repite las cosas que escucha; por el miedo de no poder continuar sus estudios, un joven ingresa a la Liga Juvenil y participa en cualquier actividad que sea necesaria; el miedo producido por el monstruoso sistema de créditos políticos, lleva a que un padre asuma toda clase de responsabilidades y “voluntariamente” haga todo lo requerido para que su hijo o hija adquiera los puntos necesarios para ser inscrito en la escuela. El miedo a las consecuencias de rechazar estas condiciones lleva a la gente a participar en elecciones, votar por los candidatos propuestos y pretender que esas ceremonias electorales son genuinas; por miedo a perder su sustento, posición o prospectos, van a juntas, votan por cada resolución que se les presenta, o al menos se quedan callados: es el miedo…

Vaclav Havel, 1975

El fundamento del optimismo es puro terror

Oscar Wilde, 1891

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Año viejo, año nuevo: lo pasado pasado está; ahora vienen las oportunidades, si las sabemos asir. ¡Felicidades!

 

PD Todas las citas provienen de una extraordinaria revista: Lapham’s Quarterly

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31 Dic. 2017

Mis lecturas

Luis Rubio

“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”
Jorge Luis Borges

En un mundo tan convulso y cambiante, es indispensable leer de todo, escuchar ideas igual atractivas que repulsivas a fin de mantener una perspectiva clara y aguda del momento que vivimos, pero también del contexto en el cual se dan las cosas. La historia es particularmente útil para este propósito y en este año leí varios excelentes textos sobre momentos clave del pasado. Aquí va una descripción de algunas de mis mejores lecturas, al menos de las que más aprendí.

La polarización económica y su consecuente desigualdad no son temas nuevos, pero se han convertido en asuntos clave de la discusión pública en todo el mundo. Hace un par de años apareció el libro de Thomas Piketty sobre la desigualdad en el mundo. A partir de ese momento comenzaron los estudiosos de diversas perspectivas a analiza y evaluar la seriedad y veracidad de las afirmaciones del economista francés. El Cato Institute publicó un extraordinario compendio de estas críticas bajo el (poco creativo) título “Anti-Piketty,” publicado en México por el FCE. En lugar de enfocarse al pasado como Piketty, este volumen aboca al siglo XXI, lo que permite comprender las enormes diferencias en la formación de capital y sus consecuencias sociales. Imperdible.

Richard White*, historiador, estudia la evolución de la sociedad estadounidense en la segunda mitad del siglo XIX, comenzando con el fin de su guerra civil y se aboca especialmente al crecimiento de los llamados “Robber Barons,” los grandes empresarios que construyeron enormes empresas, transformaron al mundo y luego fueron objeto de la legislación anti monopolios. Lo interesante es observar las similitudes y diferencias de aquella época con la nuestra, sobre todo porque el común denominador, el cambio tecnológico, explica más que muchas de las recetas que se proponen para combatir los males de nuestra era como lo fueron en aquella.

A cien años de la Revolución de Octubre, China Miéville** describe con extraordinaria destreza la forma en que Rusia pasó de ser una monarquía autocrática inmersa en una guerra profundamente impopular al inicio de 1917, para llegar a octubre habiendo pasado no por una sino por dos revoluciones e intentando convertirse en la vanguardia de la revolución mundial. Nada describe mejor el tenor de esta narrativa que una cita que presenta al inicio en la que afirma que “no tiene que ser un profeta para saber que el orden presente tendrá que desaparecer.”

Perry Anderson despliega su maravillosa curiosidad, ahora sobre el tema de la hegemonía, término que se emplea con frecuencia en los más diversos ámbitos de la política internacional y del control social, pero que rara vez se define con precisión. Comenzando por Grecia, en The H-Word: the Peripeteia of Hegemony, Anderson explica el origen del término y su uso a lo largo del tiempo. En una serie de descripciones históricas pasa por Gramsci, EH Carr, Morgenthau, Kindelberger, Laclau, Arrighi y otros para concluir en una reflexión sobre la política exterior estadounidense y la complejidad del mundo y de la lucha entre las potencias del momento en que vivimos.

Ninguna de mis lecturas este año fue tan iluminadora, pero también preocupante, como la de John Ferejohn y Frances McCall Rosenbluth, dos politólogos que se abocan a analizar el origen de la democracia y las razones de su emergencia en diversas naciones. El título del libro, Forjado en Fuego, resume su argumento: sin guerra no hay democracia. Es la guerra la que hizo posible que surgiera la democracia, esencialmente porque, en un país tras otro, cuando las élites se sintieron amenazadas es que tuvieron que recurrir a la ayuda de la población para salvar su propio pellejo; fue eso lo que hizo posible un arreglo político para compartir el poder y, de ahí, la democracia.

Finalmente, este año me encontré con varios libros, algunos excelentes, dedicados más a la coyuntura que a las “grandes” explicaciones, que merecen una mención: The Road to Somewhere, de David Goodhart describe las nuevas fuentes de desigualdad entre quienes son “móviles” y quienes se han marginado. Mark Lilla escribió una joya en “The Shipwrecked Mind: On political Reaction,” explicando las tensiones entre un mundo cambiante y quienes se dedican a impedir que éste avance. Tzvetan Todorov, un historiador originario de la Bulgaria totalitaria, publicó otro libro extraordinario, TheInner Enemies of Democracy, enfocándose a la etapa posterior a la caída del Muro de Berlín y cómo se ha reducido el espacio de la libertad y democracia alrededor del mundo. Christopher Hayes se aboca a la pérdida de confianza de las sociedades en sus gobiernos e instituciones tradicionales, incluyendo las que son netamente de la sociedad. Aunque su enfoque es Estados Unidos, mucho de su argumento es universal: The Twilight of the Elites: America after Meritocracy. En 2014, Peter Pomerantsev publicó un libro sobre la Rusia de hoy que no deja de tener actualidad en el mundo en general: Nada es Cierto y Todo es Posible se aboca a las ficciones y narrativas que construyen los gobernantes para preservar el poder, pretendiendo que nadie se da cuenta de la realidad. Nada parece cambiar.

*The Republic for Which It Stands, Oxford; **October, Verso

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Entuertos cotidianos

Luis Rubio 

No se si a usted, estimado lector, le parecen normales las cosas que no son normales en nuestra vida cotidiana: los problemas que no se resuelven, las esquinas en que asaltan, las inundaciones que se repiten, los aglomeramientos de tránsito y todas las “pequeñas” cosas que hacen la vida innecesariamente más compleja de lo que de por sí es. Nos sorprende que la población se vuelque hacia los necesitados en momentos de dificultad o de crisis, pero no que las cosas que deberían funcionar fallen. En realidad, se trata de dos lados de una misma moneda: la ciudadanía se aliena cuando ve que nada funciona como debería, pero actúa precisamente porque sabe que puede hacer una gran diferencia en un momento dado. Se trata de un problema de autoridad.

“Las cosas ordinarias son más valiosas que las cosas extraordinarias; más aún, son más extraordinarias” escribió GK Chesterton hace un siglo. Y sin duda lo son: lo que debería ser ordinario resulta ser extraordinario. Aquí van algunos ejemplos de la vida cotidiana:

·                    Nunca deja de sorprenderme que los embotellamientos de tránsito ocurran en los mismos lugares. En algunos casos es simplemente la insuficiencia de la infraestructura, incluso cuando ésta es nueva y sólo se resuelve con grandes inversiones. Sin embargo, hay una infinidad de lugares en la CDMX en que se estrangula el tránsito por la falta de autoridad: por ejemplo, a la entrada y salida de escuelas, donde los padres creen tener derecho divino a estacionarse en doble y triple fila y no hay autoridad alguna que regule y los discipline. Lo mismo es cierto frente a estaciones del metro o Metrobús, donde los taxis se apilan y compiten por el pasaje sin importar la forma en que lo hacen. El punto no es impedir que los padres lleven o recojan a sus hijos o que los pasajeros tomen su taxi; el punto es que la autoridad está, o debería estar, para asegurar que se atienda y respeten los derechos de toda la ciudadanía. Se trata de circunstancias cotidianas: conocidas y predecibles.

·                    Algo similar ocurre con las inundaciones. Nunca deja de sorprender que las lluvias dejen grandes charcos en los mismos lugares una y otra vez. Es decir, la autoridad gubernamental tiene conocimiento cabal de los lugares en que el sistema de drenaje no funciona o es inexistente aún con lluvias menores, y no hace nada. No se reparan las calles, evitan inundaciones o atienden los puntos en que, de manera común, frecuente y repetida, se obstaculiza la circulación. Todos esos puntos son conocidos y la autoridad podría resolverlos sin mayor dificultad o costo y, sin embargo, eso no ocurre.

·                    Es frecuente que en las redes sociales corra el rumor de que “en esa esquina asaltan.” Esa información se dispersa como fuego y, sin embargo, los asaltos continúan, como si se tratara de una actividad económica que merece respeto y protección. En el país se permiten todo tipo de actividades ilegales, como taxistas “tolerados,” puestos de comida, vendedores ambulantes y toda una parafernalia de oferentes de bienes y servicios. Aunque formalmente ilegales, son parte del paisaje cotidiano y, al menos, satisfacen una necesidad, pues si no fuese así, no existirían: es decir, hay demanda por esos servicios, lo que explica que la autoridad haga mutis. Quisiera creer que los asaltantes no entran en esa categoría, aunque uno nunca sabe con esto de las clientelas…

·                    El pavimento de las calles parece importado de Vietnam: allá decidieron reparar su país luego de décadas de guerra y seguramente nosotros importamos los pedazos inconexos de pavimento que les quedaban, pues sólo así se explican las calles de la ciudad de México: los baches, los agujeros y las zanjas. Las calles no se arreglan ni mantienen, sólo se reparan, es decir, se parchan: lo único que queda antes de un socavón…

El común denominador en todo esto es la falta de autoridad, la ausencia de un gobierno que cumple con su razón de ser, que es la seguridad y la provisión de servicios a la población. Con diferencias locales y regionales (y algunas excepciones notables), no hay municipio o delegación en el país que no muestre abandono, desinterés o desidia. Todo esto lleva a preguntarnos sobre la función de la autoridad, o sea: ¿a qué dedica su día? La realidad es que sí trabaja y pasa largas horas dedicadas a atender demandas ciudadanas, pero no las de todos los ciudadanos, solo los de sus “bases,” sus clientelas. Ahí yace el corazón de nuestro sistema de gobierno: los grupos favoritos, las rentas privadas, la búsqueda por el poder y su preservación a todo costo.

Fukuyama afirma que para que un gobierno sea exitoso debe ser capaz de cumplir funciones básicas como la seguridad, el sistema legal y la regulación económica, pero que la secuencia es clave: los países que se democratizan antes de haber construido la capacidad de gobernarse con eficacia siempre fallan porque la democracia exacerba los problemas, las carencias y los desafíos al orden existente, carcomiendo la capacidad del gobierno de ejercer su autoridad al verse sometido a demasiadas demandas encontradas. En nuestro caso, el problema no es que las demandas sean encontradas, sino que se concentran en unas clientelas con frecuencia no presentables, pero muy poderosas.

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17 Dic. 2017

Cortar esquinas

Luis Rubio

España se abocó a la conformación de una estrategia integral de desarrollo turístico en el ámbito cultural cuando identificó como oportunidad para atraer a ese tipo de visitantes el desarrollo de las pequeñas comarcas y pueblos. Fue así como nació la red de paradores, hoteles que, en muchos casos, se instalaron en antiguos fuertes, palacios y monasterios, pero cuyo objetivo era darle contenido y viabilidad al desarrollo turístico en lugares en ocasiones remotos. Luego vendrían carreteras de primera y líneas férreas de alta velocidad, a lo que siguió una enorme proliferación de tienditas, cafés, restaurantes y una interminable determinación de los locatarios para convertir al turismo en fuente de progreso.  El número de turistas que visitan a esa nación supera con mucho a la población total del país y una parte importante de esa fuente de ingresos se debe precisamente al turismo cultural.

 

El concepto -pueblos con enorme atractivo potencial para el turismo- es obvio, por lo que no sorprende que se haya tratado de imitar en nuestro país. Así nacieron los llamados “pueblos mágicos,” descritos como “localidades con atributos simbólicos, leyendas, historia, hechos trascendentes, cotidianidad, magia que te emanan en cada una de sus manifestaciones socio-culturales, y que significan hoy día una gran oportunidad para el aprovechamiento turístico.” Con ese criterio, el gobierno ha denominado como “pueblos mágicos” a 111 localidades a lo largo y ancho del país. Gran idea, pero construida a la mexicana: con pura retórica y sin contenido.

 

El contraste con la experiencia española difícilmente podría ser más grande. Allá comenzaron por la infraestructura -los hoteles, seguidos de carreteras- dando contenido y fundamento a toda una estrategia. Se trataba de una gran visión anclada en inversiones reales (no siempre rentables), a las que siguieron inversiones privadas en toda la parafernalia que exigen los turistas. En México, se mandaron imprimir unas etiquetas que decían “Pueblo Mágico” y con eso queremos atraer al turismo de altos vuelos. Me recuerda la forma en que hace un par de décadas se amplió la capacidad urbana de la ciudad de México: con un bote de pintura se agregó un carril al viaducto, aumentando con ello la capacidad en 50%. El problema es que lo barato sale caro.

 

Primero que nada, lo que más se escucha de los pueblos mágicos es la falta de infraestructura: es difícil llegar, no hay estacionamientos, ciertamente no hay hoteles y, una vez llegando, no hay cafés, tiendas y otros atractivos para el turismo. Lo que es más, ni siquiera se han preparado los lugares con potencial atractivo para el turismo -como antiguos edificios, iglesias, conventos y otras construcciones- para que sean visitables. La estrategia se ha limitado a emitir decretos (o declaraciones), no a construir el proyecto. A nadie debiera sorprender sus pobres resultados.

 

En segundo lugar, si a la falta de infraestructura mínima se agrega el hecho de que muchos de los denominados “pueblos mágicos” se encuentran insertos en regiones sumamente violentas cuando no francamente territorio narco, el resultado acaba siendo un fiasco. Una buena idea se trastoca a tal grado que resulta una perversión y, probablemente, el principio del fin de un enorme potencial. Una vez que una familia visita a uno de esos pueblos y sale frustrada o, peor, acaba siendo asaltada, la voz cunde y nadie quiere volver a saber de ello.

 

El caso de los pueblos mágicos no es inusual. Es, de hecho, nuestra forma de ser: como reza un dicho ruso, primero rompemos los huevos y luego buscamos el sartén. Así se legisla, se organizan los Frentes y se construyen los pactos. Se hacen grandes anuncios sin que se contemplen las consecuencias e implicaciones: los legisladores no leen el contenido de las iniciativas de ley que aprueban, lo que lleva a que se peleen cuando viene el tiempo de implementarlas. Lo mismo ocurrió con el Pacto que llevó a la aprobación de las reformas impulsadas por el actual gobierno: a menos que alguno de los autores del mismo haya tenido una estrategia maquiavélica ulterior, es claro que al menos el PAN y el PRD no midieron las consecuencias para ellos de ser identificados con la corrupción del gobierno. Estos ejemplos son la norma, no la excepción: es nuestra forma de proceder.

 

La construcción del nuevo aeropuerto de la ciudad de México sin duda cabe bajo esta misma lógica: los costos se han salido de todo presupuesto seguramente por corrupción, pero también porque no se contaba con que las tierras de ese lugar son lodosas y requieren una cimentación mucho más cara y compleja de la presupuestada (es decir, quienes lo planearon no sabían que se trataba del Lago de Texcoco porque éste es de nueva creación…). Primero se rompen los huevos y luego se busca el sartén…

 

Por sobre todo, el fracaso del programa de los pueblos mágicos revela una total incapacidad por parte del gobierno por comprender lo importante que es la seguridad de la población. Es claro que el narcotráfico tiene mucho que ver con este asunto, pero la seguridad no ha sido una prioridad del gobierno y esto se manifiesta en todo lo que hace. No se puede construir un mejor futuro con cimientos de barro.

 

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10 Dic. 2017

¿Qué hacer con el sur?

Luis Rubio

La pobreza de la parte sur del país es lacerante e intolerable y más cuando se aprecia la brecha creciente que caracteriza a los dos Méxicos, el que crece con celeridad y el que se rezaga y empobrece. Los sismos recientes no hicieron sino evidenciar, una vez más, las dimensiones del problema y la urgencia de atenderlo. No hay forma que el país pueda lograr el desarrollo si no “echa a andar” al sur. Pero no es obvio lo que se deba o pueda hacer para lograr este imperativo medular.

Lo primero que habría que hacer es definir el problema pues, en ausencia de una definición clara y realista, la imaginación se apropia de cada nueva camada de gobernantes, llevándolos, con la mayor de las frecuencias, a acciones tan impulsivas como contraproducentes. La imagen del sur como una región pobre y rezagada es real, pero incompleta. Ante la primera fotografía que emerge de cualquier observación, la respuesta inmediata es mandar carretonadas de dinero. Algunas versiones de esa mecánica adquieren la forma de subsidios, otras de programas de combate a la pobreza y otras más, recientemente, de “zonas económicas especiales.” Cada uno de estos esquemas tiene sus virtudes, pero el común denominador, como en tantos otros asuntos nacionales, es que esquivan las causas y se abocan a atender los síntomas.

La pregunta crucial es si el sur no se ha desarrollado por falta de dinero o si hay otros factores que preservan ese mundo de pobreza e impiden su progreso. Sin duda, ha habido menos inversión en infraestructura en estados como Oaxaca, Guerrero y Chiapas que en algunos de otras regiones del país y también es cierto que la falta de disponibilidad de energía para fines productivos (como gasoductos) ha inhibido el establecimiento de una planta industrial moderna. Sin embargo, hay muchas regiones del país (como el poniente) que han sido víctimas de similares carencias y, sin embargo, los índices de pobreza son radicalmente distintos. Jalisco, por ejemplo, apenas ahora gozará del primer gasoducto, factor que explica su baja incidencia en la industria pesada, pero eso no le ha impedido haberse convertido en el corazón de la industria electrónica y de computación en el país.

Otra de las perennes propuestas es la de la concreción de un “Plan Marshall” para el sur del país, idea que evoca el proyecto que enarboló el gobierno estadounidense para ayudar a la recuperación de las naciones europeas luego de la segunda guerra mundial. La idea no es mala en sí misma, pero una revisión de los resultados de aquel plan probablemente explica por qué resulta inviable. Mientras que Alemania convirtió al Plan Marshall (y a la Doctrina Truman) en una palanca para su transformación y logró convertirse en una potencia industrial en unos cuantos años, el impacto en Grecia fue sensiblemente inferior. La diferencia tiene todo que ver con las capacidades técnicas y administrativas de cada una de esas naciones.

Sin pretender ser experto en las estructuras políticas y sociales de estados como Guerrero, Chiapas y Oaxaca, parece evidente que esos factores explican más de su subdesarrollo que la ausencia de dinero. El estancamiento de esa región lleva siglos y tiene mucho que ver con las estructuras de poder y de control estatal y local; un gobernador de Zacatecas alguna vez me explicó que la diferencia entre su entidad y Aguascalientes es que todas las estructuras viejas y arraigadas de poder, reacias a cualquier cambio, se quedaron en control de Zacatecas, mientras que Aguascalientes, al separarse, gozó de la oportunidad de construir un estado moderno. Estoy seguro que, en concepto, la explicación es igualmente válida para el sur. No por casualidad dicen en Oaxaca que su queso epónimo es un fiel reflejo de su forma de actuar y decidir…

La negativa de diversas comunidades en el Istmo de Tehuantepec para aceptar la instalación de campos de energía eólica es un ejemplo: proyectos que habrían traído ingresos y algunos empleos y que no afectaban la vida cotidiana fueron rechazados por factores que probablemente van desde concepciones ideológicas hasta intereses políticos y económicos arraigados que prefieren el statu quo que les beneficia, al desarrollo que podría generar una población liberada de su yugo. La forma en que la SEP derrotó (más o menos) a la sección 22 del sindicato de maestros muestra que sí es posible romper esas estructuras de control y privilegio; también ilustra la naturaleza del problema: es claro que el gran énfasis tendrá que ser en capital humano, sobre todo educación para el desarrollo.

Es obvio que se requiere dinero, pero éste tiene que estar orientado al tipo de infraestructura que permitiera liberar oportunidades de desarrollo productivo, así como a la educación que permita desarrollar una visión y las habilidades para hacerla posible. Para  logarlo, el énfasis tendrá que ser político: lidiar con las estructuras de poder que se rehúsan a crear condiciones para el progreso. Un proyecto de desarrollo integral requeriría una estrategia política dedicada a forzar el cambio en las relaciones de poder locales. El asunto es mucho más de poder que de dinero, aunque el dinero sea necesario. El orden de los factores sí cambia el resultado.

 

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03 Dic. 2017

Perspectiva de democracia

Luis Rubio

 Cuando, en los setenta, el país comenzó a adoptar formas democráticas, la esperanza era que esa forma de gobierno gradualmente iría adquiriendo fuerza propia, creando condiciones para el desarrollo de una manera mucho más estable y permanente. Las sucesivas reformas electorales y políticas, se suponía, traerían consigo un entorno de civilidad que permitiría dar un gran salto hacia la democracia y la civilización. Ya desde entonces, un profundo conocedor de México, John Womack, advertía que esto no era lo natural: “la democracia no produce, por sí misma una forma decente de vivir; más bien, son las formas decentes de vivir las que producen la democracia”.

Décadas después de iniciada la primera ola de reformas, el país padece problemas por demás serios -como la corrupción, impunidad y violencia- en tanto que la democracia no ha logrado abrir la brecha que se esperaba en la forma de tomar decisiones y, a juzgar por los más recientes procesos electorales, tampoco en la forma de elegir a nuestros gobernantes. Las viejas formas de hacerse del poder y preservarlo -clientelismo, uso indebido de los recursos públicos, compra de votos- siguen vivitas y coleando.

Dice el viejo dicho que para bailar tango se requieren dos danzantes: lo mismo es cierto para la democracia. Mientras la población no se sienta representada y no tenga acceso (indirecto en la forma republicana de gobierno) a la toma de decisiones, su mejor interés es siempre el de obtener el beneficio que pueda, independientemente de las consecuencias e implicaciones. Esto es lo que explica la participación popular en el robo y distribución de gasolina y la asistencia de las comunidades a los narcos. Cuando el gobierno no cumple su cometido ni se ha ganado su legitimidad, la población explota cualquier oportunidad que se le presenta, al punto en que los procesos electorales acaban siendo un juego: qué me das a cambio de mi voto. Otra manera de expresar esto es el viejo dicho de que “hacen como que me pagan y yo hago como que trabajo.” La vida social acaba siendo un juego de intercambios donde nadie tiene un incentivo para que el conjunto mejore.

Hoy es claro que la democracia no se crea a sí misma: para progresar, ésta requiere de condiciones que son poco comunes no sólo en México sino en la historia en general. Dos estudiosos, John Ferejohn y Frances McCall Rosenbluth, recientemente publicaron un análisis de la historia de la democracia que aniquila cualquier esperanza de que ésta pudiera avanzar por sí misma. Quizá la mejor manera de resumir su conclusión es que la democracia no puede prosperar mientras quienes tienen el poder en sus manos pueden seguir ejerciéndolo sin dar nada a cambio. La democracia avanza, dicen los autores, cuando lo ricos y poderosos se ven obligados por las circunstancias a compartir el poder con los pobres. Y, dicen los autores, eso solo pasa cuando hay una guerra.

Son las amenazas externas las que hacen reconocer a los poderosos que los pobres son valiosos; históricamente esto ha ocurrido porque, para preservar la independencia de una sociedad, se requieren soldados y los poderosos nunca son suficientes para eso. En palabras de los autores, “la emergencia y consolidación de la democracia depende de la guerra y no de cualquier tipo de guerra.” Los ricos y poderosos prefieren mantenerse así y sólo están dispuestos a compartir los beneficios cuando ven amenazado el statu quo. Es la terrible “alquimia del fierro y la sangre” la que produce democracia. “Mientras las monarquías podían comprar ejércitos con dinero, la sangre no compraba el derecho a votar como ocurrió en Atenas y Roma.” Fue hasta el final del siglo XIX en que se dieron las condiciones, sobre todo a partir de la Revolución Francesa y luego las guerras europeas, en que la movilización de las masas adquirió un valor político fundamental.

La lectura de Forjada a través del fuego no es para soñadores porque su realismo se origina literalmente en las bayonetas, pero arroja una interrogante evidente para México: dada la baja probabilidad de que nuestra integridad física como nación independiente se vea amenazada, ¿cómo sería posible consolidar la democracia mexicana? Los propios autores se plantean la interrogante en un sentido más conceptual: “¿qué permitirá estabilizar a la democracia cuando los ejércitos ya no requieran sangre y carne?”

De acuerdo a los autores, la democracia implica compartir el poder de manera ordenada y eso sólo se torna posible cuando las circunstancias así lo exigen. Es decir, sólo cuando los poderosos reconocen que son incapaces de preservar sus intereses sin la concurrencia de la población en general es que están dispuestos a compartir el poder y eso es lo que abre la puerta a la democracia representativa.

México está pasando una etapa por demás contenciosa y violenta. La corrupción se ha convertido en uno de los factores centrales de la discusión pública y el crimen organizado constituye una amenaza a quienes detentan el poder económico y político. Esto último es ciertamente real a nivel regional, pero igual podría convertirse en una amenaza nacional. Quizá ahí, o por Trump, resida la oportunidad para transformar al país de una vez por todas.

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26 Nov. 2017