Norteamérica, seguridad y libre comercio

La región norteamericana ha ido cobrando forma institucional a partir de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC) hace poco más de una década. A diferencia de la Unión Europea, el TLC no se planteaba ir más allá de lo que estaba escrito en el papel: una integración comercial con amplias garantías a la inversión. El objetivo era estimular el crecimiento de la economía mexicana a través de la creación de un amplio mercado regional, con todas las garantías políticas e institucionales que eso requería. Ese esquema ha avanzado de manera sistemática, pero ciertamente no ha resuelto todos los problemas del país. Además, la nueva realidad política estadounidense, que antepone la seguridad a otras consideraciones, ha creado una situación tanto de oportunidad como de complejidad para el desarrollo económico de la región en general y de la economía mexicana en lo particular. Esta realidad amenaza con dejarnos nuevamente a la deriva.

 

La historia es importante: el TLC fue la respuesta del gobierno mexicano a los excesos de la polarización política que ha caracterizado al país desde, por lo menos, el final de los sesenta. La idea medular consistía en crear una “isla de certidumbre” en un entorno de conflicto: certidumbre para la inversión a fin de que la economía pudiese crecer. El TLC obligaba al país a adoptar una serie de medidas que sin duda incidían en nuestra realidad política, pero no la cambiaba de manera radical. En cierta forma, el TLC permitía que la política mexicana siguiera  sus propios cauces sin afectar el desarrollo de la economía. Los últimos años han puesto en evidencia dos debilidades de esa concepción: por un lado, resultó que, para poder lograr un crecimiento elevado y estable, se requería mucho más que el TLC. El crecimiento económico en México reclama  soluciones a problemas fundamentales, como pueden ser, a nivel de ejemplo, los precios y suministro de la energía, la competitividad de los servicios (como comunicaciones y banca) y la capacidad y eficiencia de la regulación del Estado. Temas que no han sido debidamente atendidos.

 

La otra debilidad se deriva de los ataques terroristas contra Estados Unidos en 2001. Súbitamente, en aquel septiembre, el TLC mostró una vulnerabilidad que nadie había anticipado. A partir de ese momento, la preocupación estadounidense por la seguridad cobró una relevancia inusitada, opacando el resto de los temas. La eficiencia de los procesos productivos y la facilidad de los cruces fronterizos pasaron a un segundo plano, la idea de un acuerdo migratorio desapareció del mapa y la vecindad dejó de ser una ventaja automática para el crecimiento económico. Lo interesante es observar lo contrastante que fue la reacción canadiense y la mexicana ante el mismo fenómeno. Para los canadienses, el cierre temporal de los cruces fronterizos se convirtió en una amenaza nacional, lo que generó una serie de respuestas casi consensuales sobre cómo actuar. Para los mexicanos, las mismas circunstancias crearon una sensación de ambivalencia donde se renovaron todas las dudas previamente existentes sobre las virtudes de la vecindad y del propio TLC.

 

Mientras que por una década tanto Canadá como México avanzaron por una senda común, los contrastes difícilmente podrían ser mayores a partir de 2001. Ciertamente, Canadá es un país desarrollado que se precia tanto de su independencia y soberanía como de la calidad de vida de su población. Esos rasgos no han impedido que respondan a los retos que les presenta la vecindad con EUA, sobre todo en el ámbito de la seguridad. Su respuesta pragmática a los ataques terroristas fue la de proponer nuevos esquemas de integración económica que enfrentaran, de manera simultánea, tanto los retos de la integración comercial como los de la seguridad regional.

 

Entre las propuestas formuladas por los canadienses destacan la eliminación de las leyes nacionales en materia comercial (para acabar con las disputas sobre temas de dumping y de impuestos compensatorios), la integración de los sistemas aduanales y migratorios (para asegurar que un país no se convierta en  la puerta de acceso al otro, así como impedir que se introduzcan componentes de bombas disfrazadas de mercancías) y avanzar hacia la adopción de un arancel común con el resto del mundo. Aunque los dos países vecinos de Estados Unidos avanzábamos por una pista común hasta 2001, hoy en día los temas que los canadienses proponen, clave en términos de nuestro desarrollo económico futuro, son tan complejos y ambiciosos que difícilmente parecen digeribles dada la situación política interna.

 

La nueva situación exige un debate serio y maduro en el país, como esos que se nos dan de manera tan natural, sobre el tema específico de la región norteamericana, el TLC y la seguridad del país y de la región. Estos temas están íntimamente vinculados y, si los encaramos de frente, podrían transformarse en una ventaja competitiva para el desarrollo económico del país. De la misma forma, si los ignoramos o abandonamos, la principal virtud del TLC (el haber aislado a la inversión y al comercio de las disputas políticas), podría acabar en un descalabro mayúsculo. Por eso vale la pena ir por pasos.

 

Algunos ven la construcción de instituciones para la región norteamericana, comenzando por el TLC, como nuestro boleto al desarrollo en un sentido integral: crecimiento económico, modernización política, transformación social. O sea, como España. Otros han tenido una visión más modesta y limitada, concibiendo a la región como una palanca para lograr un crecimiento económico elevado por medio de la atracción de inversión productiva y el desarrollo de una planta de exportación. Otros más, quizá con un buen dejo de fatalismo y desgano por transformar al país, han concebido a la región como un gran mercado de trabajo para resolver el desempleo que aquí simplemente no encuentra salida. Mientras que la integración comercial avanza y el mercado de trabajo, así sea por la vía ilegal, se desarrolla, las tasas de crecimiento siguen siendo patéticas.

 

Estas tres visiones no son incompatibles entre sí, pero entrañan dinámicas y consecuencias muy distintas. Para comenzar, aunque las tres conciben a la vecindad como un factor esencial para la solución de nuestros problemas, cada una entraña un nivel distinto de compromiso interno con las soluciones. Específicamente, mientras que una visión de integración económica cabal, como la que proponen, casi de manera unánime, los canadienses, requiere de cambios sensibles en las estructuras económicas, políticas y de seguridad de cada país, la integración comercial entraña esencialmente lo que ya tenemos, independientemente de que cambios estructurales internos pudieran rendir mucho mayores frutos de los que hasta hoy han sido asequibles. Por otro lado, para quienes la migración de mexicanos hacia Estados Unidos constituye una solución a nuestros problemas, piensan erróneamente que el problema no es nuestro, sino de los estadounidenses, quienes son los que deben ajustarse a nuestras debilidades mediante la legalización de los migrantes indocumentados.

 

Las tres perspectivas nos hablan de distintos niveles de confianza y desconfianza tanto en nosotros mismos, y nuestra capacidad de encarar nuestros problemas, como en la vecindad norteamericana como palanca para el desarrollo. De igual forma, reflejan distintas maneras de pensar respecto a la posición de México en el continente y en el mundo, comenzando por la seguridad o inseguridad de tomar el destino en nuestras manos, sobre todo en cuanto a las fuerzas que nos jalan y rechazan en ambos lados del hemisferio. La sensación de indecisión que se presenta frente a un compromiso de mayor integración hacia el norte es absolutamente lógica y explicable, pues refleja, al menos en parte, conflictos de pertenencia y lealtad que no necesariamente son irreconciliables, pero que, en ausencia de una claridad de rumbo, se tornan contradictorios.

 

Para muchos mexicanos, la oportunidad de un empleo determina la prioridad de sus decisiones; para otros, el origen histórico y la identidad cultural es el factor determinante y conlleva una orientación inexorable hacia el sur. Algunos otros conciben nuestra realidad geográfica como un punto de quiebre que entraña la necesidad imperiosa de optar entre el norte y el sur. Una visión alternativa, más en línea con las percepciones de la abrumadora mayoría de la población (http://www.consejomexicano.org/download.php?id=965785,185,2) y con el pragmatismo que caracteriza a lo que sí funciona en la economía mexicana, sostiene que no hay contradicción alguna. México es claramente parte de Norteamérica y puede y debe explotar el potencial que eso entraña, lo cual no excluye toda la cercanía, igualmente posible y deseable, con Sudamérica. España es parte integral de la Unión Europea, donde ejerce un liderazgo cada vez mayor, lo cual no ha limitado su extraordinario, e impactante, despliegue en toda América Latina. La percepción de contradicción está en nuestra mente, no en la realidad.

 

Todo lo anterior sugiere que el país tiene que lograr ciertas definiciones en estas materias. Para EUA el tema de la seguridad se ha tornado en central y tiene profundas consecuencias para México, obligándonos a adoptar definiciones específicas sobre la relación con EUA y Norteamérica, y sobre el futuro de la integración económica. Dada la lógica de la seguridad, el éxito en la economía dependerá en buena medida de que convirtamos este tema en nuestra propia prioridad, pues sólo en esa medida se puede convertir en una ventaja comparativa. Es decir, sólo si lo hacemos porque lo vemos como parte de nuestro interés, obtendremos los resultados esperados. Y sólo de esa manera será posible contemplar en el curso de las próximas décadas, un esquema de cruce libre de personas, bienes y servicios en toda la región, tal y como ocurre en Europa. Pero nada de esto es gratuito: si queremos ventajas tipo europeo, tenemos que llevar a cabo una transformación interna, en lo económico y en lo político, de la misma dimensión.

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