La respuesta es obviamente sí, dado que ya ocurrió. Lo que no ha ocurrido es que un científico mexicano gane una distinción así en México. ¿Habrá sido ésta una situación excepcional, o se trata de una llamada de atención? La evidencia empírica demuestra que los mexicanos son tan capaces como el mejor de ganar ese premio y cualquier otro. La evidencia también sugiere que es mucho más probable que, si lo ganan, lo ganen fuera de México ¿Tiene esto que ser así?
Yo no soy científico ni pretendo saber qué es lo que hace más probable que un mexicano se distinga como científico en otros países que en México. Sin embargo, me da la impresión que, al menos en cierta forma, es posible analizar este interrogante en forma paralela al problema de legalidad que padecemos. Es posible, al menos como punto de discusión, que algunas de las razones que impiden que exista un Estado de derecho, sean las mismas que impiden que exista un clima propicio al desarrollo científico.
En Monterrey preguntan cuánto cuesta educar a un mexicano. La respuesta es seis pesos. Sí, seis pesos. La razón, dicen, es que cuesta seis pesos llevar a un mexicano de Monterrey a la línea fronteriza. Una vez que cruza la frontera, los mexicanos súbitamente resultan ser muy educados: allá respetan los semáforos, no tiran basura y, en general, cumplen con las leyes. El punto es obvio: la misma persona se comporta de maneras distintas en lugares y circunstancias diferentes. ¿Podrá ser que esto que ocurre en el ámbito de las leyes también ocurra en la ciencia y la academia?
Los mexicanos obviamente son igualmente capaces de cumplir con las leyes en un país y en otro. El hecho de que no lo hagan en México y sí en Estados Unidos, siguiendo el ejemplo anterior, revela la existencia de marcos institucionales diferentes. Cuando el ciudadano de un país tiene certeza de cuáles son sus derechos, de cuándo viola la ley y cuándo no, y de que la violación a la ley acarreará una sanción, su actuar va a ajustarse a la ley. En cambio, cuando no existe esa certidumbre, cuando el gobierno aplica la ley por excepción, cuando tiene facultades legales y amplia discrecionalidad que le permite, de hecho, violar los derechos ciudadanos y de propiedad, los ciudadanos van a protegerse del gobierno, van a invertir para el corto plazo y van a buscar como salir adelante dentro o fuera del marco legal formal. La certidumbre que es intrínseca a un Estado de derecho hace toda la diferencia.
Algo semejante seguramente ocurre en la ciencia y en la academia. Cuando el entorno favorece la actividad científica y académica, cuando se crea un ambiente propicio para el desarrollo de la misma, ésta va a florecer. En cambio, cuando el ambiente en que ésta se desarrolla es difícil, costoso y lleno de distracciones, es imposible que prospere. Además, cada sociedad tiene rasgos particulares que hacen más o menos conducente el medio para el desarrollo científico, al margen de que las condiciones específicas sean propicias o no. Mi impresión es que si México va a mejorar su desarrollo científico y tecnológico, tendrá que atacar ambos temas: el de la sociedad en su conjunto y el del ambiente académico en lo particular. Veamos uno por uno.
Hace algunos años se publicó un análisis que comparaba el desarrollo de la ciencia y la tecnología en Estados Unidos y Japón, ambas naciones plenamente comprometidas con el desarrollo científico y tecnológico. El estudio mostraba cómo Japón había venido avanzando en virtualmente todos los campos, acercándose a la ciencia norteamericana en un cada vez mayor número de temas. Describía las características de unos y otros, mostrando como los rasgos del científico japonés y de la sociedad japonesa propiciaban más el desarrollo tecnológico que el científico, en tanto que lo opuesto era la característica más visible en Estados Unidos. El estudio argumentaba que, si uno extrapolaba las tendencias, todo parecía indicar que los japoneses tarde o temprano rebasarían a los norteamericanos. A pesar del argumento, la conclusión del estudio era sorprendente: las características institucionales, mucho más que las culturales, de la sociedad norteamericana hacen virtualmente certero que los japoneses se queden atrás en ese ámbito.
La razón de esa conclusión era muy interesante. En Estados Unidos, decía el estudio, todas las instituciones de la sociedad premian al que toma riegos, al que piensa en forma herética y al que busca nuevas maneras de hacer las cosas. En Japón, seguía el estudio, la sociedad premia la conformidad, la adaptación y el perfeccionamiento de lo que existe. En función de ello, es perceptible como los japoneses son excepcionales en mejorar las cosas y en adaptar los avances científicos, en tanto que son menos buenos en avanzar el conocimiento. Los norteamericanos, concluía el estudio, tienden a avanzar el conocimiento, pero son mucho menos propensos a saber cómo transformarlo en tecnología o en mejorías sensibles en la calidad de vida de las personas. El argumento final era que los japoneses veían como su reto el de crear un ambiente semejante al de los estadounidenses para hacer posible su futuro desarrollo científico.
Si extendemos estos argumentos hacia nuestro medio, el entorno en el que vivimos, que no se restringe a la ciencia o a la academia, tiende a ser muy poco propicio para el avance del conocimiento. Si observamos la propensión de la prensa y de la sociedad al linchamiento en lugar de al análisis, no es difícil extrapolar lo que esto significa para la ciencia: se castiga al tomador de riesgos, no se premia el triunfo, se promueve la conformidad, se castiga al pensamiento independiente, se penaliza el error y, por lo tanto, se crea un ambiente de incertidumbre donde la esencia de la actividad científica -el hacer cuestionamientos, el generar dudas, el preguntar por qué esto o por qué aquello, una y otra vez- se torna sumamente difícil. Todo esto no quiere decir que en México no haya o no pueda haber científicos a la altura de los mejores del mundo, que seguramente los hay. Lo que quiere decir es que su éxito requiere de verdaderos milagros y de una entrega y una dedicación tales, que muchos acaban frustrados y, por lo tanto, dedicados a cosas menos relevantes al desarrollo científico.
En adición a las estructuras culturales e institucionales, existe un segundo tema, directamente relevante al desarrollo cotidiano del académico y del científico, que podría contribuir a explicar las limitaciones directas a este tipo de desarrollo. Si de por sí existen barreras institucionales y culturales, las barreras inmediatas son con frecuencia muy significativas. Muchos potenciales científicos o académicos de primer nivel acaban dedicados a dar clases en un sinnúmero de instituciones -profesores taxistas como les llaman- porque es la única manera en que pueden sobrevivir económicamente. Muchos otros dedican una parte importante de su tiempo a actividades administrativas. Otros más viven en la incertidumbre sobre la disponibilidad de recursos para el siguiente proyecto. En fin, aunque probablemente no son los principales problemas del desarrollo científico, seguramente éstos también cumplen su parte.
Como en el tema de la legalidad, el desarrollo de la ciencia y de la tecnología requiere de un entorno de certidumbre y de análisis. Como el mexicano que súbitamente resulta ser muy educado por el simple hecho de cruzar una frontera, el mismo científico se encuentra en un ambiente mucho más
propicio para su desarrollo cuando su mente puede trabajar a plena capacidad y cuando no tiene mayores costos el que se equivoque una y otra vez, pues eso es visto precisamente como la manera de avanzar el conocimiento. Nada impide que ese ambiente pudiese caracterizar a nuestro país pero, como en el caso de la legalidad, tiene que ser construido paso a paso y no pretender que ya existe, cuando ciertamente no es el caso, ni que se va a construir solo, porque eso, como demuestra el ejemplo de Japón, simplemente no ocurre.