Un mundo al revés

El mundo sufre convulsiones que rompen paradigmas y certezas sólo equivalentes a las que ocurrieron en momentos transformacionales como los que produjeron lasguerras mundiales: se han trastocado todos los referentes tradicionales. Es casi como si el mundo fuera al revés, como si el famoso poema de Goytisolo fuera verdad y no una mera sátira: “Erase una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos. Y había también un príncipe malo y una bruja hermosa y un pirata honrado. Todas estas cosas había una vez cuando yo soñaba un mundo al revés”.

Los países ricos están en crisis y los pobres crecen como la espuma; el yuan se fortalece y el dólar se debilita; los chinos viajan a Europa y los jóvenes españoles protestan indignados en las calles; los ingenieros de Bangalore mantienen funcionando al sistema financiero francés en tanto que la deuda de Japónduplica su PIB;China lleva tres décadas experimentando crecimientos superiores al 9%mientras que Japón prácticamente no crece; los árabes se rebelan y los rusos votan.

Algo muy grande debe estar pasando, pero probablemente menos de lo aparente: el gran cambio es la velocidad de las comunicaciones que produce la globalización y que genera expectativas desmedidas en todos los rincones del mundo. Sin embargo, como argumentaron numerosos observadores en los meses pasados, la única diferencia con las revoluciones de 1848 fue la velocidad del contagio, no el hecho mismo.

Como dice el dicho, “no es tanto lo duro sino lo tupido”. Cada uno de estos procesos y sucesos tiene una explicación lógica pero el conjunto no deja de ser impactante. Si uno lee los diarios del mundo, la especulación respecto a las consecuencias de estas convulsiones es más que galopante: que si China será la nueva superpotencia o si el gobierno de Washington se va a colapsar; que si la democracia sobrecogerá al Medio Oriente o si India dominará al mundo del futuro; que si Brasil será el nuevo rico de América Latina, dejándonos no más que las migajas; que si Europa se convertirá en territorio mayoritariamente musulmán. Todo se vale y no faltan razones para imaginar un mundo distinto. Pero la imaginación no es substituto de análisis.

Los problemas de Europa y de EUA son muy distintos pero convergen en un punto fundamental que es el que más aqueja a Japón: sus sociedades están envejeciendo y los programas de pensiones y salud que se concibieron bajo el paradigma de muchos jóvenes sosteniendo a relativamente pocos ancianos está haciendo crisis. En la medida en que crece (y vive más) la población de edad avanzada y disminuye la proporción de la población económicamente activa, el resultado no puede ser otro que el del colapso del estado de bienestar que para muchos es el epítome de la civilización y la característica quizá más atractiva de muchas de las naciones europeas.

En Europa prácticamente no hay cuestionamiento sobre el “modelo” que desean preservar, pero eso no disminuye el desafío financiero que sus sociedades enfrentan. Aunque los estadounidenses envejecen de manera mucho más lenta, su desafío es similar en concepto pero la dinámica políticaes muy distinta: ahí los “azules” desean ser más como los europeos en tanto que los “rojos” prefieren un modelo más de pioneros y aventureros que dependen más de sí mismos que del arropamiento gubernamental. Esto último garantiza más chispas y centellas pero probablemente también, al final del día, soluciones pragmáticas que son típicas de ellos. En contraste, los japoneses llevan más de una década estancados en buena medida por la parálisis de su sistema político que les ha impedido reconocer la naturaleza de sus problemas financieros y, no menos importante, por una población que, contenta o no, vive tan bien que prefiere no llevar a cabo cambios al statu quo.

La rebelión en la calle árabe responde a una combinación de factores que me recuerda mucho a Porfirio Díaz y al 68. Egipto es paradigmático del primer símil: una sucesión irresuelta, un dictador avejentado, incapaz de entender la forma en que evoluciona su sociedad y de cómo las nuevas formas de comunicación minan las fuentes de control político. Arabia Saudita quizá ilustre el segundo símil: el éxito en crear una clase media pujante entraña la semilla de la demanda por participación política y acceso a las decisiones que habrán de definir su devenir. No es casualidad que sean los jóvenes quienes se manifiestan.

El desenlace de todo esto está por verse: las debilidades de los países “emergentes” (como China, India y Brasil) son muy grandes y las fortalezas de los desarrollados mucho mas. Pero las implicaciones para nosotros son evidentes: ni estamos creciendo como los países emergentes ni gozamos de una estructura política capaz de avanzar reformas susceptibles de lograrlo. En cierta forma,nos comportamos como los japoneses (paralizados y no queriendo cambiar) pero sin gozar de su nivel de vida. Gracias a las crisis de las décadas pasadas y a algunas reformas recientes, nuestra situación fiscal yla estructura del financiamiento de las pensiones son infinitamente más saludables que en los países desarrollados. Además, aunque a muchos les cueste aceptarlo, el sistema político, que nunca fue tan represivo como en otras latitudes, lleva décadas abriendo espacios de oxigenacióny, en contraste con el Medio Oriente, la población está muy consciente de los dilemas que enfrentamos. A los mexicanos quizá no nos satisfaga el statu quo pero ciertamente no hay una base social amplia, dispuesta a optar por soluciones violentas o revolucionarias.

Lo que es intolerable en México, y que sin duda nos asemeja a muchas otras naciones con las que implícitamente nos comparamos, es la inacción. La situación de inseguridad entraña costos y sin duda disuade a muchos potenciales empresarios e inversionistas pero no es una explicación suficiente del pesimismo y la parálisis que ha sobrecogido a los políticos y a la población en general.

Cada quien tiene su hipótesis de por qué nos encontramos en esta tesitura pero lo que es claro es que el país está a la espera de que alguien nos resuelva los problemas. La demanda de liderazgo es evidente pero también peligrosa porque, por más que yo estoy convencido que se requiere un liderazgo efectivo, una sociedad no puede estar permanentemente a la espera. Las circunstancias de México no justifican una rebelión callejera al estilo de Túnez o El Cairo pero como que ya es tiempo de que, más allá de preferencias políticas, partidistas o ideológicas, la clase política actúe antes de que la sociedad en su conjunto se loexija… como a Mubarak.

 

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