Recesiones

Los últimos meses han sido por demás aleccionadores. Observar la forma en que los europeos han (medio) conducido la crisis griega o los estadounidenses retorcerse para no caer en una suspensión de pagos me llevó a reflexionar sobre nuestras propias crisis fiscales de las décadas pasadas. La conclusión a la que he llegado es que tenemos un gran producto de exportación del que no sólo no nos hemos percatado, sino que ni siquiera reconocemos su trascendencia.

Cualquiera que sea su origen, las crisis fiscales adquieren una dinámica que, tarde o temprano, nadie puede parar: los gobiernos las conducen o acaban siendo arrollados. En casi todos los casos, nuestras crisis se originaron por el lado externo: un gran desequilibrio en la balanza de pagos, usualmente producto de un exceso de deuda externa, llevó a una devaluación que, al elevar el valor en pesos de la deuda y de los intereses asociados, provocó una crisis en las cuentas públicas. Una vez que el ingreso gubernamental resultó insuficiente para pagar sus compromisos externos, el país se vio ante la necesidad de recurrir a sus acreedores o a los organismos multilaterales para financiar sus actividades diarias y reprogramar los pagos. Esas negociaciones siempre entrañan un ajuste interno en la economía para garantizar que se generará el volumen necesario de divisas que permitan cumplir con los pagos en los términos del acuerdo respectivo. En Europa o EUA el origen de la crisis fue distinto pero el resultado es el mismo: un desequilibrio insostenible.

El problema es que los gobiernos no siempre reconocen que sus opciones son limitadas. El caso de López Portillo resultó paradigmático: no sólo no reconoció la necesidad de actuar de manera contundente en el ámbito de la política económica, sino que sus respuestas incluyeron decisiones políticas (como la expropiación de los bancos y el control de cambios) que siguen afectándonos hasta el día de hoy. Con el tiempo, y con la extraordinaria experiencia que adquirimos en el manejo de las crisis, el gobierno aprendió a responder de inmediato y con enorme claridad de propósito. Aprendió que, en esas circunstancias, el ajuste fiscal es inevitable y que es mucho menos costoso realizarlo de inmediato y en el menor tiempo posible pues eso permite que, aunque la recesión resultante sea severa, la economía comience a recuperarse en cuestión de meses. Ninguna recesión es agradable, pero lo que hemos podido observar tanto en Grecia como en Estados Unidos sugiere que ha habido mucha más sabiduría entre los tecnócratas mexicanos de lo que muchas veces reconocemos.

Aunque se trate de circunstancias radicalmente distintas, Grecia y Estados Unidos son muy similares en un factor: en que sus monedas son internacionalmente reconocidas, situación que les ha permitido creer que pueden mantener desequilibrios fiscales permanentes sin costo alguno. El caso de los griegos es particularmente extremo porque para ellos el ajuste parece algo innecesario mientras sean los alemanes los que paguen. El caso estadounidense es patético porque han actuado como si su status de potencia fuera permanente e inalterable. Ninguno ha llegado a reconocer que su situación objetiva no es distinta a aquellas que nos tocó vivir muchas veces entre los setenta y los noventa y exactamente por la misma razón: por gastar sin recato.

El caso estadounidense es crítico para nosotros por el hecho de que la única parte de nuestra economía que realmente funciona es la de las exportaciones y éstas dependen de la salud de la economía de nuestros vecinos. Desde nuestra perspectiva, es clave que aquellos retornen a la senda del crecimiento. Lo que no es obvio para mí es que estén en camino de lograrlo porque no han realizado ajuste alguno y, en su proceso político, se están comportando exactamente igual como lo hicimos nosotros ante las crisis en los setenta y ochenta.

En términos muy simplistas, la división que existe en la sociedad norteamericana respecto a cómo enfrentar el desafío económico se reduce a qué tan importante son la deuda y el déficit fiscal para el futuro económico. Para el presidente Obama lo importante era estimular el crecimiento para, con una mayor actividad económica, reducir el déficit y comenzar a pagar la deuda. Para los Republicanos, sobre todo para los del grupo de “Tea Party”, el estímulo que se aprobó en 2009 fue un fracaso y no tuvo más efecto que elevar el déficit y la deuda. Al final, el acuerdo logrado fue quizá el peor de todos los posibles para ambos lados: el presidente Obama acabó distanciado de su base Demócrata en tanto que la reducción del déficit será por demás modesta. Es decir, lo probable es que no habrá recuperación en el corto plazo ni una base sólida para una recuperación más adelante.

Yo no soy economista pero sí he vivido todas las crisis que nos han afectado desde los setenta. Lo que he observado es que lo más costoso ha sido la negación, la pretensión de que no pasa nada, que todo se puede posponer y que, como habría dicho Ruíz Cortines, los problemas se resuelven solos o con el tiempo. Es evidente que es mejor que la economía crezca a que esté paralizada; sin embargo, si algo muestra nuestra experiencia es que no se puede lograr una reactivación sostenible con finanzas públicas en desequilibrio permanente.  Pretender, como quieren muchos keynesianos y muchos Demócratas, que se puede seguir gastando sin límite y que no es necesario resolver los problemas de financiamiento de los pasivos laborales y de programas de salud es vivir en la negación. Tratándose de la economía más importante del mundo, y clave para nosotros, esa negación es sumamente peligrosa.

El conflicto político que yace detrás del desencuentro fiscal estadounidense no es sólo económico. Así como hay una parte de la sociedad estadounidense que ve en el gobierno la solución de sus problemas (lo que en términos fiscales implica más impuestos), para un amplio sector de esa misma sociedad los valores superiores residen en cosas como la frugalidad y la existencia de un gobierno menos intrusivo. En un mundo ideal, lo mejor, para ellos y para nosotros, sería que los americanos resolvieran sus diferencias con un mayor crecimiento económico que viniera acompañado de una reducción sistemática del déficit y de la deuda. Nuestra experiencia sugiere que eso sólo se logra con un ajuste al inicio y no con una apuesta al éxito por vía de más gasto.

Nuestro “producto de exportación” es evidente: la estabilidad fiscal es precondición para cualquier otra cosa. La mayor parte de los políticos mexicanos así lo aprendieron. Capaz que algo de esto podríamos enseñarle a nuestros perdidos vecinos.

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