Pinche asalariado

La película Sarafina, protagonizada por Whoopi Goldberg, tiene lugar en la Sudáfrica del apartheid. Whoopi personifica a una maestra que trata de infundirle un sentido de dignidad y un espíritu de libertad a unos niños que padecen un régimen de discriminación impenetrable. Aunque se trataba de un lugar remoto y distante, radicalmente distinto al nuestro en historia y características, salí del cine profundamente contrariado: recuerdo haber pensado que si en México hubiera colores como en aquella nación africana, tendríamos que reconocer que nuestra realidad no es muy distinta.

En México el problema principal quizá no sea de discriminación racial o racismo flagrante, pero sí lo es de clasismo. Nada lo ejemplifica mejor que el altercado reciente que se pudo observar a través de YouTube (las ladies de Polanco) cuando una señora le gritaba a un policía “pinche asalariado de mierda”. Además del insulto a la personificación (al menos en teoría) de la autoridad, los términos empleados y el tono de los mismos revela toda una manera de entender al mundo.

El episodio resume, de manera más que nítida, varios de los problemas que nos impiden prosperar: el desprecio a la autoridad, la impunidad, el clasismo en nuestra sociedad y la inexistencia de un sistema policiaco que sea relevante, idóneo a nuestra realidad y circunstancia.

Sin duda, uno de nuestros grandes males es el del clasismo. Aquí van dos ejemplos que lo ilustran con claridad. La industria hotelera y restaurantera estadounidense emplea a cientos de miles, si no es que millones, de migrantes mexicanos. Cualquiera que haya observado la relación entre los mexicanos y sus pares o jefes estadounidenses podría atestiguar que la comunicación es respetuosa y en los mismos términos que ocurre entre los propios americanos. Lo interesante es cómo cambia eso cuando llega un mexicano como cliente del establecimiento: lo más común es que el mexicano le hable en español y de tú, esperando que el empleado mexicano le responda de usted. Es decir, aunque allá la comunicación es de iguales, cuando viajamos llevamos con nosotros nuestra estructura cultural y clasista y de inmediato la reproducimos en otro contexto.

Un caso más cómico, pero igual de revelador, lo observé en una ocasión en una playa fuera del país. Un prominente empresario mexicano disfrutaba del sol en un camastro cuando, súbitamente, comenzó una severa tormenta eléctrica. Veloz, el policía que cuidaba el lugar conminó a todos los que ahí nadaban o se asoleaban a meterse al edificio contiguo de inmediato. Todos los estadounidenses corrieron sin chistar. Los mexicanos lo tomaron con calma pero eventualmente hicieron lo propio. Pero el empresario se rehusó. El policía se acercó y, de buen modo, le pidió que se moviera. Ofendido, el empresario le respondió en un inglés de Harvard: “me boss, you cat”. Desde luego, afortunadamente para el empresario, el policía no entendió absolutamente nada. Sin embargo, lo tomó del brazo y, sin más, lo obligó a moverse. No había duda de la personificación de la autoridad. Tampoco había duda de la naturaleza de la expresión del empresario: no eran de la misma clase.

El desprecio a la autoridad es tan viejo como la era de la conquista. El viejo “acato pero no cumplo” resume nuestro legado, aunque, desde luego, nada tiene que ver con la realidad de un sistema policiaco absolutamente del primer mundo en España. Raymundo Riva Palacio lo dice con toda propiedad: “A los policías los despreciamos. Ya no nos dan miedo, los retamos. Cuando no, los corrompemos. Son la parte más débil de las instituciones, el eslabón más frágil de la sociedad, donde su descrédito es tan grande…”. Y la combinación no podría ser peor: policías incompetentes, sin formación alguna; una sociedad que los desprecia y que no reconoce autoridad alguna y, por encima de todo, un virtual sistema de castas en el que un policía jamás podría ser aceptable porque es de una clase inferior. Con esos bueyes habrá que arar…

El viejo sistema funcionaba porque la estructura de control vertical mantenía en estancos separados a los policías y a la sociedad, a la vez que administraba la criminalidad con un criterio patrimonialista donde el único objetivo relevante consistía en preservar a la mafia revolucionaria en el poder. Ese sistema se murió (hecho que ocurrió, poco a poco, antes de la alternancia) porque creció la sociedad, se volvió cada vez más compleja y diversa, al punto en que resultó imposible, insostenible, el control central. La apertura, que emblemáticamente ocurrió con la derrota del PRI en la presidencia, resolvió, al menos parcialmente, el tema de la legitimidad electoral, pero dejó incólumes otros de carácter institucional que nos siguen persiguiendo. En el tema del clasismo en nuestra sociedad, la apertura abrió una caja de Pandora.

La paradoja es que, como ilustran las ladies gritonas, los de las clases superiores exigen que la autoridad cumpla su cometido (presumiblemente mantenga la paz social, impida la existencia de criminales y proteja a la ciudadanía) pero desprecia a quienes son responsables de hacerla valer: los policías de la esquina  (y verían como degradante que sus hijos lo fueran). A diferencia de las sociedades desarrolladas, en que evidentemente también hay desigualdad económica, en México ésta se manifiesta en la forma de desigualdad social. El viejo sistema ocultaba, o mantenía en contención, al clasismo de nuestra sociedad. Ahora se ha vuelto incontenible.

La inseguridad pública y la violencia nos contraponen directamente frente a la desigualdad: si no estamos dispuestos a reconocer la autoridad de un policía o un soldado y si éste se asume como inferior por razones culturales y sociales ancestrales, ¿quién va a mantener la paz social? Puesto en otros términos: ¿por qué habría de proteger a la ciudadanía un policía que se sabe despreciado por ésta? Al menos como hipótesis, se podría pensar que muchos de los sicarios que se han sumado a las fuerzas del crimen organizado lo hacen porque eso los libera de una estructura social ingrata que los mantiene sometidos. Es fácil imaginar a un narco pavoneándose de que él también es un magnate, como los del sector financiero.

La realidad nos alcanzó una vez más: así como hemos sido incapaces de transformar a la economía y construir un sistema político moderno y estable, seguimos viviendo con el fardo de la desigualdad social y el clasismo que nos ancla en un mundo que no da para más. Matthew Arnold, un poeta inglés del siglo XIX, decía que “un sistema fincado en la desigualdad va contra la naturaleza y, en el largo plazo, acaba colapsado”. Ahí estamos nosotros.

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