Desigualdad

Luis Rubio

Nadie puede ignorar la desigualdad social que padece el país ni menospreciar el costo humano que representa o la enorme oportunidad desperdiciada que su mera existencia entraña. La desigualdad va de la mano de la pobreza, pero no es lo mismo: ambas coexisten y las dos son resultado de circunstancias estructurales e históricas. Si bien no es posible cambiar la historia, la experiencia alrededor del mundo es que existen instrumentos para combatir la pobreza y reducir, si no es que eliminar, las causas de la desigualdad. De hecho, en las últimas décadas la pobreza ha disminuido drásticamente en más del 80% del mundo. Aunque algo de eso también ha ocurrido en nuestro país, es evidente que ésta sigue teniendo enormes dimensiones absolutas.

 

Desde un punto de vista analítico, hay dos maneras de conceptualizar el problema de la pobreza y la desigualdad: uno es reclamándole sus desencuentros a la historia y la otra es construyendo mecanismos que de hecho las reduzcan. Ambas posturas estuvieron claramente representadas en la contienda electoral del 2006. Entonces fue evidente que el país tiene una percepción encontrada sobre la forma en que se deben enfrentar estas dolencias. Algunos toman una perspectiva moralista e intentan resolver sus cuitas con reclamos históricos atacando la sensatez de la política económica de los últimos años, en tanto que otros buscan formas de corregir los problemas, reducir los costos sociales y atacar las manifestaciones más agudas de la pobreza y la desigualdad.

 

Lo que es evidente de los últimos años es que la pobreza se puede reducir, pero que los obstáculos que existen son formidables no porque las políticas gubernamentales hayan sido fallidas, sino por el enorme número de obstáculos a su instrumentación. Si bien es posible imaginar diversas maneras de atacar estos males, existen mecanismos ya probados que permiten discernir entre la charlatanería (como aumentar el gasto público o imponer limitaciones al comercio) y las políticas idóneas para enfrentar el problema (incluyendo la estabilidad macroeconómica y una política social focalizada).

 

Con mucho, el mecanismo más importante para combatir la desigualdad reside en la educación. La experiencia en este rubro es abrumadora y bastante obvia: los niños de las familias más pobres, rezagadas y desprotegidas no tienen acceso a buenos profesores, los programas educativos no son los adecuados y el enfoque de esa supuesta educación es siempre hacia el control de la población y su subordinación. No se requiere más que comparar las abrumadoras diferencias entre la educación rural y urbana, privada y pública, para reconocer una fuente abismal de desigualdad. Muchos países enfrentan serios problemas de desigualdad; la diferencia entre los que son desarrollados o que realmente avanzan en esa dirección y los que siguen siendo relativamente pobres y rezagados como nosotros es que los primeros han creado mecanismos educativos para que cualquier niño, independientemente de su origen social o económico, tenga la misma oportunidad de hacerla en la vida.

 

El tema no es solo mexicano. En su reciente libro, “El billón de abajo”, Paul Collier analiza lo que ha pasado en el mundo en décadas recientes. Profesor de economía de Oxford, Collier estudia la evolución de la pobreza y la desigualdad en las últimas décadas y concluye que un conjunto de países hizo suya la globalización y ha logrado disminuciones drásticas en la pobreza. Instrumentando políticas de acceso a la educación, extendiendo el alcance de la infraestructura más moderna y procurando mecanismos de igualación de oportunidades, la mejoría ha beneficiado a más del 80% de la población mundial. La pregunta que se hace Collier es por qué el billón de personas restante no ha mejorado en forma alguna. Su enfoque es hacia naciones del sub Sahara africano, pero su análisis es extensivo al resto de las naciones que padecen problemas similares.

 

Según Collier, el problema central de las naciones en que persiste la pobreza es la lucha política entre los reformadores y los liderazgos corruptos y que donde estos últimos ganan, la pobreza aumenta. Su análisis muestra que las causas del fracaso en esas naciones se evidencia en la forma de trampas al desarrollo, mitos construidos para proteger intereses particulares y, frecuentemente, una elevada dependencia de recursos naturales. Un poco como López Velarde, Collier afirma que los recursos naturales tienden a distorsionar la economía de una nación y a facilitar la permanencia de malos gobiernos. Un mal gobierno puede consistir en exactamente eso (malos funcionarios), pero en ocasiones tiene que ver con todos los factores dedicados a preservar un statu quo que impiden atacar las causas de la pobreza.

 

A pesar de su enfoque ortodoxo en términos económicos, el libro de Collier tiene el gran valor de desafiar a tirios y troyanos. A los heterodoxos en términos económicos les dice que sus soluciones (dejar de pagar deuda, procurar un elevado gasto público, vincular inflación con crecimiento) son contraproducentes y potencialmente catastróficas. Ningún mexicano que haya tenido conciencia al menos en 1995 puede dudar la veracidad de esa aseveración. Pero Collier también fustiga a los ortodoxos: para él, el comercio, a pesar de sus enormes beneficios generales, tiene poca probabilidad de beneficiar a los más pobres, cuyas habilidades para fines comerciales son limitadas. Eso no implica que deba acotarse el comercio, simplemente que es necesario procurar otros medios para atacar la pobreza.

 

Entre las propuestas que hace Collier, la educación es particularmente prominente. Un gobierno eficaz tiene que ser capaz de romper con los impedimentos sociales, culturales y políticos para asegurar que los pobres tengan las mismas oportunidades que los demás. Asimismo, el autor propone acciones mucho más agresivas para las naciones más pobres, incluyendo la imposición por parte de la Unión Europea de sanciones (hasta intervención directa) para asegurar que se instrumenten medidas contra la corrupción y el respeto a los derechos de propiedad.

 

Una conclusión ineludible de este libro es que no hay salidas fáciles para la pobreza y la desigualdad, pero tampoco es imposible ser exitoso en la lucha contra estos males porque las estrategias para lograrlo son conocidas y están disponibles para todo aquel que tenga la honestidad de quererlas ver. La pobreza existe porque hay intereses políticos que se benefician de que todo siga igual. Los veneros escriturados por el diablo acaban encontrándose con Lampedusa para crear un sistema corrupto dedicado a que nada cambie.