Crecimiento

Luis Rubio

El crecimiento económico es el gran ausente de México. De hecho, es el gran coco desde el fin de los sesenta y trasciende las etiquetas ideológicas y partidistas que caracterizan a la política nacional. El hecho tangible es que el país lleva cuatro décadas persiguiendo la piedra filosofal del crecimiento de la economía sin encontrar, bien a bien, la clave del éxito. La crisis actual no hace sino exacerbar esta situación. Como que ya es tiempo de comenzar a aceptar que el problema no es partidista o de personalidades sino estructural.

Si algo tienen en común todos los presidentes desde Echeverría hasta Calderón es la preocupación por el crecimiento. Cada uno de ellos ha buscado su respuesta propia en su experiencia, preferencias e imaginario. Cada una de esas respuestas ha sido distinta; lo que todas tienen en común es que, a pesar de sus enormes diferencias, ninguna ha logrado resolver el problema. La preocupación por el crecimiento ha sido constante, pero las respuestas han sido inadecuadas o insuficientes. El resultado sigue siendo muy pobre.

Cuando Echeverría asume la presidencia, el país se encontraba en un periodo que fue llamado de atonía. Luego de dos décadas de excepcional crecimiento económico, el país experimentaba una desaceleración. Para ese momento, el debate dentro del gobierno reconocía que la economía del país se había atorado y que requería una serie de cambios para evitar una crisis de balanza de pagos (sobre todo porque las exportaciones agrícolas y mineras ya no alcanzaban para financiar la importación de materias primas e insumos industriales). En ese momento, la propuesta hacendaria consistía en iniciar un proceso gradual de apertura de la economía en condiciones de gran estabilidad, es decir, con tiempo y sin presiones financieras o cambiarias.

Echeverría optó por romper con la ortodoxia fiscal y financiera que había caracterizado a la política económica en las décadas anteriores y lanzar una estrategia de crecimiento fundamentada en el gasto público. La economía respondió de inmediato, pero pronto comenzó a experimentar un fenómeno hasta entonces desconocido: la inflación. En retrospectiva, la forma en que Echeverría respondió a la preocupación por el crecimiento resultó brutalmente costosa no sólo porque endeudó al país e inició la serie de crisis cambiarias que caracterizarían a los siguientes veinte años, sino porque además destruyó el consenso imperante no sólo en materia económica, sino también en términos del respeto a la autoridad y la estabilidad tanto política como social. Lo peor de todo es que encumbró a diversos grupos de interés político, empresarial y sindical que hoy paralizan al país.

López Portillo retornó a la ortodoxia como medio para restaurar el crecimiento pero la promesa del ingreso petrolero le llevó a reproducir la estrategia de gasto de su predecesor, elevando los niveles de endeudamiento en forma nunca antes vista. El petróleo hizo posible alcanzar elevadas tasas de crecimiento por unos años pero, en el momento en que cayó el precio del crudo, el país acabó brutalmente endeudado y sumido en una profunda recesión. Al final de su mandato la estructura económica del país había experimentado un grave deterioro, los desequilibrios financieros eran extraordinarios y el país quedó condenado a una década de hiperinflación.

Miguel de la Madrid se propuso modificar la estructura de la economía mexicana siguiendo en alguna medida el proyecto que Hacienda y el Banco de México habían propuesto desde los sesenta, pero en condiciones de extrema adversidad. Mientras que en los sesenta no había un problema de deuda externa y la economía funcionaba muy bien, en los ochenta la dislocación era extraordinaria, muchas de las empresas experimentaban serios problemas de endeudamiento y la confianza que antes había sido el pilar del desarrollo económico se había evaporado. La respuesta que dio Miguel de la Madrid al desafío del crecimiento comenzó a transformar a la planta productiva, pero no logró niveles elevados de desempeño económico.

Carlos Salinas siguió con la misma estrategia, pero aceleró el paso. Se privatizaron diversas empresas y los bancos, se negoció el TLC norteamericano y se redujo el monto de la deuda externa. La inversión, tanto nacional como extranjera, se elevó, pero los logros en términos de crecimiento económico fueron marginales. Aunque los cambios y reformas fueron muchos y muy ambiciosos, estos acabaron siendo insuficientes porque no se afectaron intereses sindicales, empresariales y políticos que siguieron impidiendo el despegue de la economía. La paradoja del sexenio de Salinas es que se afectaron algunos intereses pero se dejaron intactos muchos más y la combinación acabó siendo trágica en lo político y desastrosa en lo económico.

Ernesto Zedillo no tuvo tiempo de responder al reto del crecimiento pues al final del primer mes de su gobierno el país estaba sumido en una nueva crisis financiera y bancaria. Zedillo se abocó a restaurar los equilibrios financieros, y a elevar el ahorro de la población como medios para consolidar el crecimiento económico. Al igual que su predecesor, logró mejorías en algunos rubros, en particular el legado de la estabilidad financiera, que no es menor, pero no llegó a afectar los factores que mantienen postrada a la economía.

Vicente Fox supuso que el país se gobierna solo justo en el momento en que el mero hecho de haber sido electo transformaba la naturaleza del sistema político. Fox ni siquiera intentó modificar la estructura de intereses que paraliza al país, pero tuvo el enorme mérito de mantener la estabilidad financiera, sin la cual la crisis mundial actual habría sido catastrófica para nosotros.

La pregunta ha sido la misma, las respuestas han ido cambiando. Nadie, sin embargo, ha logrado resolver el problema de largo plazo de la economía mexicana. Esto no ha sido resultado de la falta de diagnósticos relevantes o buena voluntad. Más bien, ha sido producto del deseo de no moverle o de la incapacidad para afectar o modificar valores, conceptos e intereses que, en el fondo, son buena parte de nuestro problema. Ahí están sectores como los de petróleo, energía y comunicaciones que podrían ser pilares y motores de largo plazo de la economía pero que, en nuestro país, constituyen lastres que impiden lograrlo.

La crisis por la que estamos pasando se va a agudizar antes de que la situación pudiera comenzar a mejorar. La pregunta es si mantendremos el statu quo o si, por fin, comenzaremos a enfrentar lo que todos esos gobiernos evadieron y sin lo cual el crecimiento que el país requiere nunca se materializará.