Ingreso vs.futuro

Luis Rubio

La clave del futuro reside en el futuro, no en el pasado. Nadie puede alterar lo que ya fue, pero todos podemos construir un porvenir diferente. Así debería rezar el mantra con el que enfoque su gestión el nuevo gobierno. El pasado fue construido a lo largo de muchas generaciones, cada una de las cuales intentó darle forma al desarrollo del país. El conocimiento y comprensión del pasado nos debe permitir reconocer que es imperativo cambiar la tónica y dirección de lo existente porque la alternativa es seguir por un camino que no conduce al objetivo deseado. Si algo podemos aprender del pasado es que el futuro se construye porque las cosas no se dan solas ni surgen de una actitud pasiva y contemplativa que deja que el pasado continúe hasta convertirse en un futuro indeseable.

El nuevo gobierno tiene que comenzar por crear las condiciones políticas y económicas que hagan posible romper con las tendencias y tradiciones que nos han hecho un país pobre, desigual y subdesarrollado. Las condiciones políticas que han creado la realidad actual no permiten el desarrollo de una sociedad despierta y demandante, una que mira al futuro más con temor que con anhelo. De igual manera, las estructuras económicas actuales no hacen sino preservar el pasado en lugar de crear un entorno propicio para el nacimiento de una nueva economía: pujante, diversificada e innovadora. Todo en el país parece conspirar en contra del desarrollo.

La sociedad ve en el gobierno y su burocracia a un enemigo, una fuente de abuso y extorsión; a los políticos los mira sólo con desprecio y, como ilustran las encuestas, en el piso de la apreciación social. Siglos de excesos han sellado las percepciones que la población tiene de su gobierno. Para colmo, el primer gobierno surgido de la oposición en esta era, moderna, del país, se montó sobre las estructuras previamente existentes y supuso que todo cambiaría por su linda cara. Y no fue así. Ahora el desprecio es generalizado y no hay distinción de partidos en la mirada crítica de la ciudadanía, que espera un cambio y a la vez sabe que nada puede cambiar con el advenimiento de una nueva administración. De todas formas, por bajas que sean las expectativas, muchos mexicanos siguen guardando la esperanza de que, éste sí, será el bueno.

El presidente Calderón debe asirse de esa débil expectativa para construir un gobierno distinto. En principio tiene la obligación de advertir que su gobierno participará del desprecio que la población profesa a todos los gobiernos para empezar a cambiar dichas percepciones en la práctica. El nuevo gobierno tendrá que elevar sus ingresos y resolver el problema del gasto público que, en la forma de pensiones del sector público, amenaza con descarrilar las finanzas públicas una vez más. Pero no podrá hacerlo sin cambiar la ecuación política. En efecto, un gobierno astuto, políticamente competente, podría lograr mucho más que los dos anteriores si sólo se entendiera con los legisladores, les respetara y trabajara con ellos. Pero eso dependerá de su capacidad de aprovechar el momento y mantener el sentido de urgencia, algo que sólo puede durar por un tiempo limitado.

Mejor haría el presidente en jugársela con un planteamiento mucho más amplio y ambicioso que incluya a toda la población, que la reconozca en su calidad de ciudadana y no súbdita y sume a los políticos en un ejercicio amplio, incluyente y proactivo con la mira de forjar una nueva relación gobierno-ciudadanos. No tengo duda que, al inicio, mucha gente, igual políticos que ciudadanos, aceptarán los planteamientos del nuevo gobierno, si no por otra cosa por la esperanza de que venga acompañado de una varita mágica que, en un abrir y cerrar de ojos, cambie la ecuación política en el país. Pero todos sabemos que la magia tiene sus límites y, sobre todo, una vez agotada la tregua, la realidad se hará sentir.

El problema de México no es técnico. Los profesionales de la economía y la política han venido produciendo ideas y conceptos que permitirían otear un futuro mejor. Reuniones sucesivas de economistas en el grupo Huatusco han arrojado planteamientos razonables sobre los males de nuestra economía, mientras que sucesivos ejercicios de diálogo político al amparo del Castillo de Chapultepec, la casona de Barcelona y de la mal llamada reforma del Estado, han mostrado que existen soluciones a la problemática estructural de nuestra política. Repito: el problema no es técnico; el problema es cómo adoptar un conjunto de medidas en los ámbitos político y económico para modificar las tendencias que creó el pasado y han gestado una realidad que la población reconoce como inaceptable.

El presidente Calderón tendrá que construir el andamiaje de una nueva relación entre gobernantes y gobernados. Sólo así podrá logar acuerdos para modificar la forma en que se recaudan (y con frecuencia no se pagan) los impuestos y la forma en que se asigna el gasto. Sólo así podrá enfrentar a los intereses sindicales, políticos y empresariales que depredan del gasto público, abusan de la población y erosionan el potencial del país. Sólo cambiando la ecuación en lo fundamental, en la relación ciudadano-gobierno, podrá generar una base de apoyo para tal propósito. Porque sin cambiar la ecuación, ni el país ni su gobierno tienen un futuro promisorio.

Si México tuviera las dimensiones del ágora griega, todo lo que se requeriría sería un buen debate en la plaza pública para luego comenzar a convencer a la población, comprometerse con ella y obtener una respuesta categórica ahí mismo. Pero un país de las dimensiones del nuestro no puede pensarse en esos términos y se necesita más que un buen discurso para convencer a una población agotada de tantas promesas y abusos. Por qué no, por ejemplo, comenzar por cumplir las obligaciones gubernamentales y luego pretender exigirle cosas (como impuestos) a la población. Es decir, en lugar de cambiar leyes y estatutos jurídicos, que el gobierno mejor comience por modificar las reglas que permiten la corrupción (empezando por las más flagrantes) dentro del gobierno, haciendo cumplir la ley con aquellos que abusan de los bolsillos y la paz de la sociedad (igual los plantados en Oaxaca que los sindicatos que asaltan el erario público o los empresarios que imponen sus condiciones sobre los consumidores como si fueran sus dueños).

Ningún país es perfecto, pero los mexicanos merecen algo mejor de lo que tradicionalmente han obtenido. Que el presidente comience por mostrar que puede ser diferente y la población lo seguirá.