Voto y migración

Luis Rubio

El que con fuego juega, reza el refrán, acaba quemado. Tal vez en ningún otro tema de actualidad ese dicho sea más cierto que en el del voto de mexicanos residentes en el extranjero. Más allá de los argumentos, por demás sensatos, que reclaman generosidad para reconocer los derechos políticos de quienes tuvieron que salir del país para mantener a sus familias, hay una dimensión que el debate típicamente ha ignorado: el lado norteamericano del asunto.

Ensimismados en su afán por satisfacer a diversos grupos de mexicanos residentes en el extranjero, el gobierno, los legisladores y numerosos analistas, observadores y comentaristas han planteado, con afán, esquemas alternativos para hacer efectivos los derechos políticos de los mexicanos. La lógica de sus propuestas es impecable: los mexicanos, independientemente de donde residan, siguen siendo mexicanos y, por ende, sus derechos políticos no pueden ser vulnerados, el voto entre ellos. Como agravante que acentúa la urgencia de la demanda se argumenta, con no poca verdad, que la abrumadora mayoría de los mexicanos residentes en el exterior tuvieron que salir del país al no existir aquí las condiciones de subsistencia mínima. No sólo eso, estos migrantes son la fuente de cuantiosas transferencias, nada despreciables en términos macro económicos, lo que les hace merecedores de tantos o más derechos que el resto de la ciudadanía.

El argumento es impecable, pero falso. Además, es en buena medida irrelevante. Varios analistas han hecho distinciones entre nacionalidad y ciudadanía para explicar lo falaz del argumento, en tanto que otros introducen el componente de la residencia fiscal de un individuo: el voto debe ser sufragado donde uno paga impuestos pues de esa manera se adquiere un compromiso y un interés por el resultado. Más allá de los argumentos filosóficos y de principios que se han esgrimido, existe toda una gama de planteamientos prácticos que son, en buena medida, la causa por las que el legislativo no ha avanzado en la discusión de cómo hacer operativo el voto de mexicanos en el exterior que la Constitución  ya concede. Entre las dificultades prácticas que se han venido debatiendo destacan algunas obvias como el financiamiento de campañas en y desde el extranjero (donde, por definición, las leyes electorales mexicanas no tienen jurisdicción) o  la administración del proceso electoral, que comienza con la credencialización y termina con el voto depositado en la urna el día de la elección. Se añade a lo anterior la inquietud de los partidos por conocer quién se beneficiaría del voto de los mexicanos en Estados Unidos: ¿serán priístas o perredistas, panistas o independientes? Parece obvio que no es tan fácil resolver estas complejidades como se pretendía en un primer momento.

Pero la discusión sobre quién es mexicano para fines del derecho al voto resulta en buena medida irrelevante cuando se contempla la dimensión estadounidense del asunto. Este aspecto ha sido ignorado por completo en el debate mexicano, pero no es un problema menor. Antes de entrar en materia, me gustaría pedirle al lector que medite por un instante lo que pensaríamos los mexicanos si tres millones de guatemaltecos (por no decir chinos), residentes en Chiapas, comienzan a exigir sus derechos políticos como ciudadanos guatemaltecos, demandan que las escuelas en México eduquen a sus hijos con libros de texto de su país y toman partido por sus equipos de fútbol cuando se enfrentan en la cancha la selección nacional y la guatemalteca. Obviamente se trata de una ficción, pero para los estadounidenses no hay ficción alguna en el tema.

La pregunta por demás obvia es qué opinan los estadounidenses acerca de la posibilidad de dar voto en elecciones mexicanas a los connacionales que viven en su país. Un escenario nada excesivo pinta la escena de manera integral: millones de residentes estadounidenses, muchos de ellos ciudadanos de aquel país, son movilizados, participan en actos de campaña, reciben a candidatos a la presidencia de otro país y discuten temas que no le atañen a ninguno de sus vecinos por tratarse de política interna de otra nación. Es decir, una campaña en forma, con anuncios en radio y televisión, debates públicos, actos partidistas, visitas de candidatos presidenciales de otro país en las principales ciudades, todo ello como parte de una elección que nada tiene que ver con Estados Unidos y, sin embargo, se pelea en sus calles. Se trata de un tema explosivo, mucho más allá de lo que uno pudiera imaginar a primera vista.

Para muestra de lo anterior baste un botón. Recientemente se publicó en la forma de artículo un adelanto del libro de Samuel Huntington, el conocido politólogo norteamericano, bajo el título “El Desafío Hispano”. Las primeras reacciones al artículo han sido de rechazo sin miramientos; poco faltó para que algunos lo calificaran de racista y lo lincharan en la plaza pública. Y, ciertamente, el artículo es criticable en más de un sentido, pero por cavernarias que pudieran parecer algunas de sus argumentaciones, no dejan de reflejar las percepciones de muchos estadounidenses. Si uno lee el artículo a la luz del debate sobre el voto de mexicanos en el extranjero, la visión de Huntington resulta ser menos visceral y adquiere al menos un contexto que la explica.

El planteamiento del académico es muy simple: la migración hacia Estados Unidos de personas de origen hispano, y particularmente de mexicanos, es totalmente distinta a las diásporas que desde hace siglos han llegado a nuestro vecino país. Si bien EUA es una nación de inmigrantes, señala Huntington, en la mayoría de los casos esos migrantes rompieron sus vínculos con sus lugares de origen y eso les obligó a integrarse en la sociedad norteamericana. La diversidad de idiomas que los caracterizaba les obligó a adoptar el inglés como lengua común y la necesidad de integrarse a la vida del nuevo país, les llevó a hacerlo suyo y a compartir la cultura y valores predominantes. En el curso de dos o tres generaciones, los migrantes europeos de los siglos XIX y XX se hicieron norteamericanos y nunca pretendieron mantener vínculos políticos (e incluso lingüísticos) con sus lugares de origen. El gran éxito de la política migratoria estadounidense a lo largo de casi dos siglos, según Huntington, fue la asimilación total de los inmigrantes en el gran común denominador (melting pot) estadounidense. Para Huntington la gran diferencia entre los mexicanos y los inmigrantes que les precedieron reside en que esa asimilación no se está dando.

Huntington añade que el impacto de la migración mexicana hacia Estados Unidos es brutal y que puede acabar desmantelando la estructura política de aquel país. En descargo de su argumentación, analiza las tendencias demográficas en diversas regiones de EUA, muestra cómo el español se está volviendo la lengua dominante en el sistema educativo de vastas regiones, critica el comportamiento del público asistente a partidos de fútbol en los que se abuchea el himno estadounidense cuando éste se entona, especula sobre las percepciones que sobre la ley, las instituciones y el Estado de derecho puede tener una persona cuyo estatuto es justamente la ilegalidad y, en suma, duda de la posibilidad de que esta migración, sobre todo por la enormidad de sus números y la cercanía a su país de origen, pueda o quiera llegar a asimilarse como lo hicieron los anglosajones, los irlandeses, los alemanes y los suecos en otro tiempo. Lo que Huntington más enfatiza son las enormes diferencias de la tercera y cuarta generación de hispanos en Estados Unidos con el resto de los estadounidenses en cuanto al uso del idioma, el desempeño educativo, los matrimonios mixtos y situación socioeconómica. Uno puede estar de acuerdo o no con esta visión, pero de lo que no hay duda es que su planteamiento es prácticamente indistinguible del que hacen quienes se preocupan por la pérdida de identidad en México.

Desde la perspectiva que Huntington adopta, el gran riesgo para Estado Unidos es que esa masa de hispanos nunca se asimile y, lo que es peor, termine por erosionar las instituciones norteamericanas. Aunque en algunos momentos los excesos de su visión son palpables (por ejemplo, cuando critica el deseo de una familia por cultivar en sus hijos el conocimiento de otro idioma) y tan absurdos como suponer que el número de mexicanos residentes allá reclamará, el algún momento, la devolución a México de los territorios perdidos en la guerra de 1847, otras aseveraciones de Huntington no pueden ignorarse. Su punto es que hay un problema real en la sociedad norteamericana porque una porción creciente de su población no comparte los valores de la mayoría, tiene lealtades a su país de origen y no muestra la menor intención de asimilarse al país que le ha dado oportunidades excepcionales.

Si uno analiza el debate en torno al voto de los mexicanos en Estados Unidos a la luz de los conceptos y argumentos de Huntington, el panorama se torna por demás complejo. Si ya de por sí se critica a muchos mexicanos residentes allá por sus dobles lealtades, lo único que falta es que comience a darse un espectáculo electoral de un tercer país dentro de su territorio.

Obviamente, tenemos un problema con los mexicanos residentes en el exterior porque, a final de cuentas, fue nuestra realidad, más que su voluntad, la que los expulsó del país. Además, no es un dato menor el monto de las transferencias de mexicanos residentes en el exterior hacia sus familias en el país (14 mil millones de dólares en 2003). Los números son espectaculares y se han convertido en un factor crítico para la estabilidad económica –y, sobre todo, social- del país. Pero la solución a este problema no puede ser invadir los derechos políticos del resto de los norteamericanos. No podemos ignorar el hecho de que la visión desde allá es muy distinta a la de aquí. Quizá valdría la pena pensar en la situación inversa: qué ocurriría si el 10% o 15% de la población residente en México, población que crece al doble de velocidad que el resto, comienza a demandar derechos en un tercer país. Eso es lo que hace Huntington y el panorama que pinta no es halagador allá y lo sería mucho menos acá.

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