Las contradicciones del PRI

Luis Rubio

Por fin, pónganse de acuerdo. O bien el PRI es el partido que ha venido haciendo los cambios que requería el país, o bien los tecnócratas causaron la debacle electoral del pasado dos de julio. Lo que los priístas no pueden es tener razón en ambos lados del argumento. Su campaña presidencial, diseñada para establecer un contrapeso con la demanda de cambio que Vicente Fox finalmente logró encabezar, se fundamentó en la noción de que el país había venido realizando los cambios que el país requería y que la población demandaba, pero que lo había hecho y lo seguiría haciendo mediante el cambio con rumbo- de una manera responsable. Para que los priístas puedan encabezar exitosamente a la oposición, lo menos que tienen que hacer es clarificar la historia de su debacle y tirar por la borda todo el equipaje que acabe sobrando.

Los priístas enfrentan un problema muy serio. Por décadas, su éxito consistió en hacer suyas las demandas de la población. Con el tiempo perdieron esa capacidad y se burocratizaron, hasta perder el poder. Ahora que están por entregar la presidencia a otro partido, tienen la necesidad, pero también la enorme oportunidad, de rehacerse como partido, de modernizar sus estructuras, de democratizar sus procedimientos y de definir qué son, qué país exactamente quieren construir y cómo van a actuar como partido de oposición. Esta lista es sin duda larga, compleja y difícil de cumplir; pero de ello depende su futuro. La primera, y muy natural, reacción de los priístas ante el triunfo de Vicente Fox ha sido triple: por una parte, han comenzado una cacería de brujas interna; segundo, han desatado una lucha por el poder dentro del propio partido; y tercero, se han dedicado a fustigar a Fox y a advertir que no cooperarán con su gobierno. Las tres reacciones son parte del proceso por el que inevitablemente tiene que pasar el PRI y eran enteramente anticipables. Pero lo que más importa, desde el punto de vista de la ciudadanía y del futuro del país, es que el PRI siga un curso institucional de transformación, independientemente de su resultado final.

Vale la pena recordar algunas de las razones por las cuales el PRI fue exitoso por tanto tiempo y especular sobre qué pasó al final. En lugar de imponer candidatos y de imponer su autoridad a cualquier precio, por décadas su estrategia consistió en cooptar a los líderes naturales de las diversas entidades y sectores de las sociedad mexicana. Esas personas se incorporaban al partido, se convertían en candidatos y, eventualmente, acababan representando al partido frente a la población y no al revés. El costo de incorporar a esos líderes emergentes dentro del mundo de privilegios de la burocracia política era mínimo frente a la enorme legitimidad que el proceso le generaba al sistema en su conjunto. Además, esa apariencia de representación generaba aspiraciones de participación entre el resto de la población, lo que servía para mantener la disciplina y el control. Para los priístas privilegiados y para quienes aspiraban al mundo de privilegios, lo importante, como decía el chiste en boga por muchos años, no era si el vaso estaba medio lleno o medio vacío, sino estar dentro del vaso.

Pero en el curso del tiempo las cosas cambiaron. Como en todo sistema no competitivo, poco a poco, la burocracia priísta se anquilosó hasta perder contacto con los cambios que experimentaba el mundo y el país. Las demandas de esa burocracia comenzaron a cobrar preeminencia sobre las necesidades del país, lo que hizo que se abandonara la estrategia de cooptación que tanto éxito arrojó por tanto tiempo. Los candidatos dejaron de ser ungidos por medio de la cooptación para ser impuestos por dedazo y los programas de gobierno respondían cada vez más a las preferencias ideológicas y políticas de sus miembros que a una lectura cuidadosa y realista del entorno en el que vivía el país. Para los setenta el PRI había llegado al extremo de perder su legitimidad -proceso no sólo evidenciado sin incluso exacerbado por el movimiento estudiantil de 1968 y la manera en que éste fue concluido- y su capacidad de mantener la estabilidad política y económica. Las dos grandes diferencias entre México y la mayoría de los países de la región norteamericana la legitimidad de un sistema político encabezado por civiles y la estabilidad económica- estaban a punto de perderse.

Los tecnócratas llegaron a salvar al PRI de sus propios errores y vicios. Es fácil hacer leña del árbol caído ahora que ese grupo de personas caracterizadas por contar con credenciales y habilidades técnicas, sobre todo en materia económica, perdió la lucha dentro del PRI. Pero nadie puede tener la menor duda de que ha sido su empeño e impulso el que ha transformado a la economía del país y que, con todo y sus enormes errores, ha abierto la puerta a un futuro mucho más promisorio del que existía cuando vivíamos en la mitad de un mundo caracterizado por la inestabilidad económica, la amenaza constante de hiperinflación y, sobre todo, una economía no competitiva, incapaz de generar empleos y oportunidades de desarrollo. Desde luego, los errores cometidos por algunos de esos mismos tecnócratas fueron mayúsculos, como muestra la manera en que primero se privatizó la banca y luego, todavía peor, la forma en que ésta se rescató. Pero, a pesar de las pasiones, el balance de estos casi veinte años es indudablemente positivo para ese grupo de funcionarios.

Tan positivo que la más reciente campaña electoral del PRI consistió esencialmente en hacer suyos los cambios que los últimos gobiernos priístas habían logrado. Bajo el lema de proseguir con un cambio con rumbo, implícitamente la campaña de Francisco Labastida se abocó a afirmar que todos esos beneficios logrados a la fecha se avanzarían ya sin los tecnócratas, que sin duda habían sido los grandes perdedores en la lucha por el poder dentro del PRI desde que se impusieron los famosos candados. El problema para los priístas es que la mayor parte de esos cambios (y, por lo tanto, sus consecuentes beneficios) fue concebido, organizado y lidereado por los grandes perdedores en todo este drama político: los tecnócratas. Fueron ellos quienes liderearon al PRI por tres sexenios, fueron ellos quienes lucharon contra los más encumbrados intereses priístas y fueron ellos los que perdieron la lucha política dentro del PRI. Los priístas más tradicionales han logrado exitosamente cargarle el muerto a los tecnócratas pero, a juzgar por el resultado en las urnas, la población no les creyó.

El punto no es que los tecnócratas sean populares fuera del partido e impopulares entre los priístas tradicionales. El tema de fondo es que los priístas han sido profundamente contradictorios en su desempeño y eso dejó de ser tolerable para la población. Los priístas tradicionales pretenden que la población distinga entre los buenos priístas, quienes sí saben gobernar y sí tienen el interés de la población en su corazón (ellos), y los fríos y calculadores tecnócratas, los malos, que son quienes hundieron al país. El problema es que esa manera de ver al mundo no cuadra con la realidad. Todo mundo sabe que el país se encontraba en un caos cuando los tecnócratas accedieron al poder y, de hecho, que accedieron al poder dentro del PRI porque los políticos tradicionales habían sumido a la economía en la más profunda crisis desde el fin de la Revolución. A pesar de todos los errores cometidos por ese grupo, además no exento de profundas diferencias de enfoque y perspectiva, las oportunidades que hoy tiene el país viendo hacia adelante simplemente eran inconcebibles al inicio de los ochenta cuando ese grupo hizo su aparición triunfal. Los tecnócratas pueden o no ser populares (dentro o fuera del PRI), pero eso no implica que los priístas tradicionales gocen de mayor credibilidad. En este sentido, una cacería de brujas contra los tecnócratas puede acabar siendo muy satisfactoria y regocijante para los priístas la venganza, reza el dicho, siempre es dulce- pero eso no necesariamente los va a acercar nuevamente al poder o al corazón de los votantes.

La pregunta es qué sigue para el PRI. Dados el profundo resentimiento que albergan contra los priístas contra los tecnócratas, lo anticipable es que la cacería de brujas prosiga por un buen rato. Si ésta es candente ahora que todavía está en funciones el gobierno del presidente Zedillo, mucho peor va a ser después. Pero una vez que es proceso se agote, el PRI no va a hacer resuelto su propio problema. La actitud dominante dentro del partido es una de revancha, de enojo y de desasosiego. La actitud necesaria es una de introspección, auto evaluación y transformación. Quizá de uno proceso siga el otro, pero los priístas muestran poca propensión a ello. Más bien, su prisa por ahora parece ser la de que una figura fuerte -claramente representativa de lo que fue el PRI (o sea, un dinosaurio recalcitrante pero joven) en lugar de lo que pudiera ser en el futuro- tome el control del partido y comience a desafiar a Fox a través de una táctica de oposición sin cuartel. Una estrategia de esa naturaleza permitiría que los priístas se sigan sintiendo bien consigo mismos, pero ciertamente no permitiría avanzar los mejores intereses del país. Mucho más importante para el PRI, ese tipo de estrategia haría absolutamente dependiente al PRI del desempeño de Fox.

Si el PRI no se transforma no tiene futuro. Ahora que el destino del país pasa por las urnas, el futuro de ese partido depende de su habilidad para recobrar el apoyo de los votantes. Todo el resto es perder el tiempo. En este contexto, los priístas tienen tres opciones: primero, pueden seguir subidos en su macho hasta que vuelvan a perder otra elección federal; segundo, pueden apostar al fracaso de Fox (al cual, por supuesto, contribuirían por el lado legislativo) y confiar poder regresar al poder por default; o, finalmente, pueden avanzar hacia su transformación, como ocurrió en varios países del Europa del este, volviendo a ser capaces de ganar el poder por sus propios méritos. De una o de otra manera, el país seguirá avanzando pero, por la enorme importancia del PRI en diversos recovecos de la sociedad mexicana, su capacidad para impedir es, irónicamente, mucho mayor que su capacidad para promover. Por ello, lo mejor para el PRI y para el país es que de la cacería de brujas siga una catarsis, quizá producida por pérdidas electorales adicionales a nivel estatal y municipal, que les lleve a reformarse en forma cabal.