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Confianza ciudadana

Luis Rubio

 

¿Somos una democracia o una autocracia? La respuesta parecería obvia, pero no lo es. Sin duda, México ha cambiado radicalmente en sus formas, pero me pregunto si en realidad cambió su esencia. La evidencia de las últimas semanas no es halagüeña…

El tema del momento es la gasolina, pero la pregunta crucial es: ¿por qué no rinden los frutos esperados las reformas emprendidas a lo largo del último medio siglo? El objetivo expreso de las reformas iniciadas desde los ochenta era elevar la tasa de crecimiento de la economía, a lo que siguieron profundas reformas, algunas planeadas y otras no, en los ámbitos político y social. El México de hoy es irreconocible, al menos en su estructura institucional formal: la constitución de hoy refleja a un país diverso, abierto y complejo, algo radicalmente distinto a lo contemplado en 1917.

Las reformas han proliferado, pero el crecimiento no se ha logrado y eso, sumado a la evidencia de corrupción, tiene a la población con ánimo de revancha. El enojo es real y podría convertirse en el punto de quiebre de la estabilidad que, hasta ahora, ha logrado el país a pesar de tanto trajín. Desde luego, hay partes del país que crecen a tasas asiáticas pero otras se contraen de manera constante y sistemática; a pesar de ello la evidencia sugiere que la población entiende los dilemas, ahora agravados por Trump, pero lo que no tolera es la inequidad.

La evidencia de inequidad es ubicua. Los privilegios persisten y las protecciones que reciben partidos, legisladores y políticos son ininteligibles para una población que lo ha aguantado todo. Peor, las autoridades se defienden en lugar de explicar: los gobernadores se abstraen del fenómeno general y demandan más presupuesto; el gobierno federal promete retornar a la estabilidad macro, pero el gasto sigue ascendiendo; los legisladores exigen aumentos de sueldos y vales de gasolina. En el otrora Distrito Federal se persiste en un ejercicio constitucional orientado a legislar derechos, potestades y poderes sin obligación alguna, excepto para el ciudadano común y corriente que es, a final de cuentas, el que los financia a todos.

Yo no tengo duda que el problema de fondo es uno y muy simple: la ausencia de confianza ciudadana. La confianza siempre es medular, pero era más sencillo de lograrse en el régimen priista porque la existencia de controles verticales permitía alinear las acciones gubernamentales en una era del mundo caracterizada por el control de la información. La combinación favorecía la funcionalidad económica.

Cambió el mundo, se rompieron los controles, la información se tornó ubicua y ahora nadie puede imponer la confianza. Así, desapareció la confianza de la ciudadanía y hoy el gobierno parece decidido a torpedearla. Se han aprobado decenas, si no es que centenas, de reformas, pero ninguna está orientada a proteger al ciudadano, conferirle certezas o garantizar sus derechos frente al embate de los políticos y el riesgo inherente a un cambio de giro en la presidencia. Las reformas electorales son particularmente ilustrativas: sólo atienden los problemas de los políticos; ninguna se enfoca a ganar la credibilidad de la ciudadanía.

En la literatura sobre las transiciones políticas* se establecen dos momentos clave: uno del autoritarismo y otro hacia la democracia. México concluyó la primera etapa y para eso las reformas electorales fueron fundamentales, pero se perdió en el siguiente proceso. Seguimos padeciendo formas autocráticas en materia de transparencia, rendición de cuentas y corrupción: se reforma mucho pero siempre para atender síntomas, dejando que quien manda (porque gobernar es sólo una aspiración) decida qué se da a conocer y a quién se persigue. El pomposamente llamado “sistema nacional anticorrupción” será otra gran burocracia: ¿por qué mejor no eliminar las causas y fuentes de corrupción?

Yo me atrevería a decir que estamos en un momento político (ciertamente no económico) no muy distinto a 1982: el país experimenta un creciente deterioro que se manifiesta en una atrofia ideológica; erosión económica en vastas regiones del país; corrupción endémica; y disenso político –además de conflicto- entre las élites políticas. Todo esto se manifiesta en la forma de un profundo enojo e incontenible desprecio por el gobierno.

Lo paradójico es que, en contraste con 1982, México cuenta hoy con una plataforma económica sumamente poderosa, la productividad que alcanza la planta manufacturera moderna es comparable a la de los mejores del mundo y el ingreso de los trabajadores en esa parte de la economía es robusto y creciente. El presidente tuvo en su mano la oportunidad de convocar a una gran unidad nacional ante el embate de Trump y lo desperdició en una medida mal conducida y peor informada, sin reconocer el contexto social en que se dio.

El TLC fue exitoso porque protegió –aisló- a los inversionistas del potencial abuso y excesos de nuestro dilecto gobierno y su burocracia. Algo similar urge hacerse internamente para conferirle certidumbre a la ciudadanía y comenzar a recuperar su confianza. En esta era es imposible salir adelante sin la ciudadanía: eso que el gobierno no acaba de comprender.

*sobre todo O’Donnell y Schmitter

 

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¿Para quién?

 Luis Rubio

La palabra “democracia” ha acabado siendo trivializada en el discurso político, pero sobre todo entre la población. Muchos de quienes despreciaban al viejo presidencialismo y se dedicaron a combatirlo ahora desprecian la democracia: antes porque una persona tenía demasiado poder, ahora porque no tiene suficiente. En su acepción más fundamental, la democracia existe para proteger al ciudadano del abuso del gobernante; en la discusión pública mexicana la democracia es un instrumento para elegir gobernantes y luego no entrometerse en sus decisiones.

¿Cuál es el balance apropiado? En el contexto de un pésimo manejo político y en la antesala del año crucial del ciclo político, es necesario debatir por qué no progresa el país a pesar de tantos cambios y reformas en todos los órdenes. Sólo así será posible salir del momento tan peligroso.

Parece evidente que hay dos asuntos que nadie disputaría como problemas medulares: la ineficacia del gobierno y la pésima calidad de los servicios públicos. Aunque vinculados, son dos temas distintos que con frecuencia se mezclan o visualizan en términos de causalidad: no funciona el gobierno (y provee malos servicios) porque está mal organizado. Por supuesto que hay algo de cierto en esta relación, pero es imperativo entender bien las causas porque un error de diagnóstico siempre lleva a una mala solución.

Desde por lo menos 1963, en que se crearon los llamados “diputados de partido,” el país ha atravesado por una multiplicidad de reformas políticas y electorales que, bien a bien, no lograron más que resultados parciales, aunque sí la incorporación de todos los grupos políticos. Ciertamente, algunas reformas transformaron al sistema para bien (como la del 96 que creó un sistema electoral profesional ejemplar), pero el país sigue atorado. Las reformas atacaron -en algunos casos hasta la saciedad y el absurdo- problemas entre políticos, pero ninguna ha procurado escuchar a la ciudadanía y responder a sus preocupaciones y necesidades. La mayoría de las reformas ha acabado siendo asuntos de redistribución del poder entre quienes ya lo ostentan.

Como alguna vez dijera Einstein, no es posible esperar resultados distintos cuando se repite la misma cosa. ¿Qué es lo que hace pensar a los políticos que un nuevo trapito va a resolver el problema político del país?

No discuto la necesidad de reformar: lo que pregunto es reformar para quién. Docenas de reformas políticas y electorales -en adición a las centenas de reformas económicas, fiscales y de derechos sociales- no han logrado que se eleve la confianza de la ciudadanía en sus gobernantes, que las calles estén bien pavimentadas o que la población goce de seguridad física y legal.

Cuando uno se pregunta por qué no crece la economía con mayor celeridad, la respuesta es obvia para los ciudadanos, tan obvia que los políticos no la quieren ver: porque no hay la más mínima confianza en el funcionamiento del gobierno. El sistema de gobierno está diseñado para extraer rentas de la ciudadanía, alimentar al ogro filantrópico y preservar privilegios de grupos dentro del sistema político y alrededor de éste. Mientras tanto, la ciudadanía vive en un mundo de incertidumbre respecto a su integridad física, seguridad patrimonial y el abuso del gobierno. Hasta pagar impuestos es complicado.

El viejo sistema político, el de Plutarco Elías Calles, se creó para concentrar el poder e institucionalizar el conflicto en la era postrevolucionaria. Los problemas de hoy son en cierto sentido producto del éxito de aquel entramado, toda vez que reflejan el crecimiento de la población, la dispersión geográfica y la diversidad económica, política y social. Aunque mucho ha cambiado gracias a las reformas emprendidas, el viejo sistema sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso, pero con una enorme diferencia: antes funcionaba y satisfacía lo mínimo necesario y hoy ya no.

Una posible explicación de esta paradoja es que el viejo sistema respondió al problema de su momento y luego dejó de hacerlo porque el problema cambió pero el sistema permaneció. Hoy el sistema político no responde a las necesidades de desarrollo del país que, en lo fundamental, nada tienen que ver con lo que lo que preocupa a los políticos. Mientras ellos siguen en la búsqueda de parches a lo que no funciona, el país necesita un gobierno que sí funcione. Desde luego, es imperativo reformar al sistema político para que el gobierno funcione, pero lo crucial es que la reforma que se emprenda se contemple con esa lógica: la de resolverle problemas a la población y hacer más fácil su vida cotidiana.

El problema de esta solución es que entrañaría una revolución en el sistema político del país. Las más avezadas de las propuestas de reforma buscan regresar a lo que antes parecía funcionar, que es, en esencia, lo que este gobierno intentó: re-centralizar el poder. Esa opción desapareció el día en que se liberalizó la economía y es imposible recrearse. Lo que necesitamos es un sistema político para el siglo XXI, no la continuación, así sea institucionalizada, del porfiriato. Y eso implica el fin de los privilegios, transparencia y rendición de cuentas: o sea, responderle a la ciudadanía. Si no se parte de esa premisa, nada cambiará.

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Demasiado importante

Luis Rubio

 

En su libro The Big Short, recientemente dramatizado en la película La Gran Apuesta, Michael Lewis describe un problema complejo de manera fácilmente comprensible. El colapso de los mercados financieros en 2008 constituyó el final de años de desarrollo de productos cada vez más complejos y dependientes de variables que, sus creadores suponían, no estaban vinculadas. Cuando se impuso la realidad, resultó que lo que bajo condiciones normales no estaba relacionado, en circunstancias críticas se articulaba, magnificando el riesgo. El problema es que Lewis solo describe, con enorme gracia, los síntomas; jamás llega a sus causas últimas.

La sucesión de eventos que llevó al colapso, y los instrumentos involucrados, es conocida; sin embargo, lo que éste y otros libros tienden a omitir es la razón por la cual se diseñaron esos instrumentos “infernales”. Décadas de observar a varios de los actores más trinchones en el sector financiero internacional me han convencido de dos cosas: su inteligencia y creatividad, por un lado, y su conducta, casi pavloviana, por el otro. Se trata de una combinación que puede ser extraordinariamente benéfica para el desarrollo económico, pero también letal en ciertas circunstancias. En palabras de economistas: los incentivos estaban desalineados.

El fondo del asunto no reside en los hechos mismos, hoy ampliamente conocidos, sino en las circunstancias en que se dieron: ¿Qué llevó a que se desarrollaran productos tan claramente riesgosos? Lo que todos sabemos es que la crisis se produjo porque se realizaron préstamos, sobre todo hipotecas, que luego los bancos que las habían colocado revendieron por todas partes. En condiciones normales, las familias que habían obtenido esos créditos las hubieran pagado a lo largo de las décadas, generando los fondos para que el sistema funcionara debidamente y los tenedores de esos títulos obtuvieran el retorno pactado. El problema fue que muchas de las familias que obtuvieron los créditos, tal como ridiculiza Lewis, abandonaron las casas hipotecadas, cercenando el círculo virtuoso. Lo que Lewis nunca explica es qué es lo que llevó a que se le concedieran hipotecas a personas que claramente no tenían capacidad de pago.

Mervyn King, ex-gobernador del Banco de Inglaterra explica el otro lado del fenómeno: en lugar de describir escenas heroicas y justificatorias como hace Ben Bernanke, el presidente de la Federal Reserve en los momentos críticos, en su biografía, King se aboca a lo trascendente: qué es lo que hizo que el sector financiero se convirtiera en el talón de Aquiles de la economía mundial.

El título del libro de King dice mucho: El Fin de la Alquimia. King analiza el acertijo que yace en el corazón del sistema financiero desde tiempos ancestrales: la falacia que reside en la aceptación de depósitos del público que pueden ser demandados en cualquier momento, frente al otorgamiento de créditos de largo plazo. Esto, por supuesto, no es algo novedoso: es la esencia del sistema financiero: los banqueros han creado complejos instrumentos que no garantizan que haya suficientes fondos en caso de una excesiva demanda de corto plazo.

El problema de fondo, dice King, es la presencia deriesgos a la estabilidad cada vez más cada vez más complejos frente a los operadores del sistema, personas creativas que no tienen el menor incentivo para ser cautos o velar por la estabilidad del sistema. Es decir, King describe el problema que se presenta para el regulador, como fue él de uno de los bancos centrales más importantes del mundo, cuando los incentivos están desalineados.

En el corazón del colapso del 2008 se encuentra un ordenamiento político que los financieros implementaron de manera sumamente creativa, pero a la vez escandalosa y llena de vicios. Los políticos, especialmente un senador y un congresista estadounidenses, por años presionaron a los bancos para que prestaran dinero a familias pobres para que se hicieran de una casa. Hábiles, los financieros diseñaron un tipo de hipoteca que entrañaba pagos mínimos y sin intereses por tres o cuatro años que luego ascendían de manera vertiginosa. Los acreditados vivieron en las casas mientras el pago era conveniente y las abandonaron inmediatamente después: actores perfectamente racionales. Por su parte, los financieros habían satisfecho el requisito político, obtenido sus bonos por colocar muchos créditos muy rentables, dejando que el diluvio viniera unos años después. Para entonces, todas esas hipotecas habrían sido vendidas a inversionistas que habían sido engatusados.

Enorme creatividad y enorme riesgo. Como observa King, el fenómeno es perfectamente explicable y sumamente difícil de erradicar porque chocan las demandas políticas con los incentivos de actores financieros inteligentes y racionales. Estos son conflictos que nunca acaban de resolverse, pero que pueden ser mitigados con una regulación idónea que parta del reconocimiento de la naturaleza humana como es y no como uno quisiera que fuera.

Agustín Carstens acaba de ser nombrado cabeza de la institución regulatoria más importante del mundo en materia bancaria. Su experiencia e inteligencia podría contribuir a evitar la próxima crisis. No es un reconocimiento menor.

 

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Demasiado importante
01 Ene. 2017

Algunas lecturas

Luis Rubio

Lo hermoso de las bibliotecas, de los libros, es que éstos son como las cerezas. Tiras de uno, y éste arrastra a otros, a los que acaba por llevarte de modo inevitable.

Arturo Pérez Reverte

En 2012 Charles Murray publicó una provocación que probó ser predictiva con la elección de Trump. En Coming Apart, se dedica a analizar un tema que le ha preocupado por años: el de la desigualdad y las políticas públicas que tienden a exacerbarla. En publicaciones previas había oteado en terrenos farragosos y políticamente incorrectos como el de la inteligencia y el IQ. En Coming Apart describe como la población tiende a polarizarse y a agravar el problema: según Murray, los que tienen éxito en la sociedad se han ido concentrando geográficamente y en términos de actividades, al grado de acabar viviendo en una burbuja que los separa del resto de la sociedad: ven programas de televisión distintos, leen literatura diferente, van a otras escuelas y sus intereses son cada vez menos similares a los del resto de la población. El argumento de Murray a lo largo de su carrera es que las políticas públicas diseñadas para atacar la pobreza y reducir las brechas sociales han sido un fracaso porque no atacan el fondo del problema y, en ocasiones, lo exacerba. En 2016 publicó un cuestionario interactivo que permite determinar qué tan cerca del americano modal es una persona, es decir, qué tan similar a la mayoría es un individuo. Aunque el cuestionario es etnocéntrico y no fácilmente aplicable a México, vale la pena responderlo porque es sumamente aleccionador.*

Ronald W. Dworkin es un médico y filósofo que ha incursionado de manera creciente en asuntos de política pública, primero los relacionados con la salud y recientemente con un libro intitulado ¿Cómo puede Karl Marx salvar al capitalismo americano? El argumento de Dworkin no es nuevo, pero es sumamente interesante: Marx fue un enemigo del capitalismo pero, al exhibir sus defectos y limitaciones, forzó a los gobiernos a responder, sobre todo en terrenos como los del abuso de los trabajadores y la necesidad de políticas sociales como un sistema de salud integral. En la actualidad, dice Dworkin, hay nuevos riesgos que, aunque distintos en naturaleza a los que experimentó el capitalismo en el siglo XIX, constituyen un nuevo desafío a su sobrevivencia. Entre éstos, destacan cosas como la alienación social, las descendientes tasas de natalidad, el uso de enervantes y el uso de medicamentos para funcionar en la vida laboral.  Aunque las propuestas concretas que sugiere Dworkin nada tienen que ver con Marx, lo que me pareció relevante de este libro es su noción de que los dogmatismos conservadores y liberales son inútiles para resolver los problemas de la actualidad. Específicamente, propone que el gobierno debe enfocarse, con una precisión de láser, a atender las amenazas a la vida privada sin atentar contra los factores que permiten el buen funcionamiento de los mercados.

Anthony de Jasay es un filósofo y economista húngaro que vive en Francia. Su libro El Estado, comienza con una pregunta extraordinaria: ¿qué haría usted si usted fuese el Estado? Lo usual, dice Jasay, es concebir al Estado como un instrumento, un medio que existe para lograr el bien común. Sin embargo, se pregunta el autor, ¿qué cambiaría si suponemos que el Estado tiene fines propios que no son los de la población? Jasay construye una larga respuesta que sigue la historia del Estado a partir de su función original, con dimensiones por demás modestas, de protector de la vida y la propiedad, hasta convertirse en un “ágil seductor de mayorías democráticas que emplea la distribución de beneficios sociales” y se pregunta “¿Será que el siguiente paso racional es el de desarrollar poderes totalitarios?” El Estado presenta una extrapolación discutible pero no irrelevante o ilógica.

Richard Epstein es un profesor de derecho norteamericano que lleva décadas escribiendo sobre la constitución de su país. Este año publicó su obra magna, La constitución liberal clásica, donde estudia el origen y naturaleza de la constitución estadounidense y analiza la forma en que ha evolucionado a lo largo del tiempo. Más allá de los debates propiamente norteamericanos que atiendea lo largo del libro, lo que me pareció inmejorable son sus reflexiones sobre cómo ha ido cambiando la naturaleza del gobierno, sus objetivos y los valores que, de hecho, lo animan. Su planteamiento principal es que se han reducido las protecciones a los derechos individuales sin resolver los problemas esenciales de la sociedad contemporánea. Creyente profundo en un gobierno pequeño y acotado, Epstein toca muchos de los temas que animan la obra de Murray pero desde una perspectiva constitucional. Su planteamiento central es que sólo una protección constitucional firme y decidida de los derechos de los individuos frente al Estado, garantizada por la Suprema Corte, puede crear las condiciones para una revitalización económica. Un poco en contraste con Murray, su argumento no es ideológico sino fundamentalmente pragmático: le parece obvio que el statu quo no funciona, mientras que antes si funcionaba. Eso, dice Epstein, debería ser lección suficiente.

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Políticos despistados

Luis Rubio

Nuestros políticos rara vez se percatan de los efectos que tienen sus decisiones. Seguros de la bonhomía e infalibilidad de sus ideas, rara vez consideran la posibilidad de que sus preferencias y acciones puedan causar efectos opuestos a los pretendidos o radicalmente distintos a los imaginados. Los políticos piensan en términos de su propio marco de referencia (usualmente acceso al poder y a la siguiente chamba) y no en las consecuencias de sus acciones; piensan como el león que cree que todos los demás son de su condición.

Protegidos de la mundanal complejidad de la vida de los mexicanos comunes y corrientes, su perspectiva nada tiene que ver con lo que ellos necesitan. El ciudadano quiere cosas básicas: seguridad, certeza, servicios que funcionen, medios para desarrollar su vida cotidiana; es decir, nada excepcional: solo poder vivir y prosperar de la mejor manera posible. Los políticos, sin embargo, saben mejor: para ellos el progreso no consiste en tener una buena vida, servicios básicos y seguridad cotidiana sino transformaciones radicales.

El caso de “un día sin auto” en la ciudad de México es paradigmático porque todo mundo, excepto sus promotores, sabía que limitar el uso del automóvil para millones de ciudadanos sin contar con un medio efectivo y confiable de transporte público tendría el efecto inexorable de provocar un aumento en el parque vehicular: la población comenzó a comprar un coche adicional para circular todos los días. Pero ese caso, de hace un cuarto de siglo e, inexplicablemente, repetido hace unos meses, es sólo una muestra. El país ha cambiado dramáticamente en las últimas décadas en gran medida debido a decisiones gubernamentales, algunas acertadas y muchas aterradoras, que han cambiado no sólo el aspecto físico y las estadísticas, sino también las percepciones y expectativas de la población. El resultado no es agradable.

Si bien ha habido estrategias verdaderamente trascendentes y transformadoras (por ejemplo, la liberalización económica de los 80 y el TLC), la mayoría ha tenido efectos nulos y, en ocasiones, contraproducentes. Pero más allá de las “grandes” reformas, lo notable es la ausencia de las “pequeñas” cosas que son las más importantes para la vida cotidiana. Muchos desprecian la liberalización de la economía y proponen cancelarla, pero es obvio que ignoran un hecho muy simple: el UNICO motor de la economía mexicana en la actualidad es el TLC; la noción de ponerlo en entredicho es, primero, absurda, pero luego aterradora. Por eso la preocupación con Trump.

Quizá no haya mejor prueba de lo fallido de los últimos cuatro gobiernos que el hecho de que, por más que prometieron más crecimiento, no lograron agregar nada al TLC y, en cambio, en el presente, nuevamente han puesto en entredicho la estabilidad financiera que, como aprendimos en 1994, yace en el corazón de la viabilidad económica.

A pesar de lo fallido de los últimos gobiernos, algunos estados y regiones han logrado algo que no se reconoce: la tasa de crecimiento de estados como Aguascalientes, Guanajuato y Querétaro se asemeja más a Asia que a América Latina. Es decir, hay muchos mexicanos que experimentan una transformación radical que los distancia de aquellos que, gracias a pésimos gobiernos dedicados a la corrupción como razón de ser, han dejado en ruinas y pobreza a sus poblaciones. Partes de México han logrado prosperar, otras se empobrecen. ¿Cuál es la diferencia? La calidad del gobierno. No hay de otra.

Algunos gobiernos locales han logrado algo inusitado en nuestro país: gobiernan. Algo que debería ser de Perogrullo es inexistente en la mayoría del país. Son más comunes los gobernadores dedicados al poder y al lucro que los dedicados al desarrollo. Lo lamentable es que la mayoría busca el poder y el lucro personal.

El resultado es patético. Para el ciudadano común lo importante es que existan víveres en las tiendas, gasolina en las estaciones respectivas, seguridad en el transporte público y certeza en la conducción económica. La realidad es otra: como si se tratase de un desastre natural y no político, provocado por la CNTE, el gobierno federal organizó un puente aéreo para llevar víveres básicos a Oaxaca: en lugar de ser garante de la seguridad, privilegia a los delincuentes.

¿Cuál es el resultado? En vez de una ciudadanía satisfecha, contenta y próspera, el país se caracteriza por una incertidumbre creciente. El mexicano común y corriente vive temeroso de asaltos, robos a su casa, la seguridad de sus hijos, incertidumbre respecto a la permanencia de su empleo y, por si eso no fuese suficiente, la ausencia de esperanza. Nuestros políticos no comprenden ni lo más básico: sin estabilidad y confianza es imposible el futuro.

Las “ventanas rotas” fue un concepto articulado por Wilson y Kelling para describir la forma en que se deteriora una sociedad. Cuando no se reparan las ventanas de un edificio o los baches de una ciudad, el deterioro se acelera porque a nadie le importa el estado de las cosas. Poco a poco, la gente se acostumbra a que todo empeore.

México tiene enormes activos y virtudes, pero la realidad cotidiana muestra exactamente lo contrario. La pregunta clave es: ¿a quién beneficia esto?

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Guerritas civiles

Luis Rubio

El país vive un conjunto creciente de “pequeñas” guerras civiles que pueden acabar arruinándolo. De la misma forma, el caldo de cultivo que se está produciendo podría acabar generando una plataforma transformadora: todo depende de cómo se canalicen estos procesos o, más apropiadamente, si hay alguien a cargo dispuesto y capaz de liderar un proceso de esa naturaleza.

Los frentes abiertos son múltiples e implacables. Unos han sido abiertos por el gobierno, otros vienen de atrás, pero si el criterio es uno de estabilidad, viabilidad y paz, todos tienen consecuencias. El país vive una creciente guerra civil o, más bien dicho, un conjunto de guerras civiles, cada una diferente en origen, circunstancia y dinámica, pero el conjunto no deja de evidenciar la debilidad del gobierno y que la propensión a la anarquía es creciente. Lo patológico de todo esto es que muchas de estas “guerritas” son producto de la incompetencia y ceguera de sus promotores, en muchos casos los más comprometidos con exactamente lo opuesto de lo que están generando.

Una “fotografía” del panorama general dice más que mil palabras:

  • La más inútil (y absurda) de las guerras civiles es la que propició el presidente Peña con su iniciativa en materia de matrimonios igualitarios. No tengo nada en contra de que cada pareja resuelva su vida como mejor le parezca, pero me es obvio que la iniciativa presidencial en la materia fue contraproducente para él y para su partido pero, sobre todo, absolutamente innecesaria. La guerra que inició la Iglesia a partir de esa decisión no puede traer nada bueno, máxime que, a la mexicana, el problema estaba “resuelto”: la ciudad de México lo permite todo; ¿para qué cambiar un statu quo que funciona? Como dice la frase atribuida a Talleyrand, “peor que un crimen, fue un error”. Enorme error.
  • La corrupción lo corroe todo, pero ésta ha abierto muchos frentes, todos ellos costosos. Ante todo, están los protagonistas, sobre todo los gobernadores, que no tienen el menor recato: interpretan su triunfo electoral como una licencia para robar y, si se puede, lograr la presidencia. Esta guerra no va a cejar, así los partidos acuerden qué es corrupción y quién va a la cárcel, a cambio de qué. ¿La justicia? Al paredón. Peor: incentiva la siguiente ronda de corrupción.
  • Luego están los nuevos Torquemadas, ahora dedicados a la corrupción o a cacerías de brujas donde lo último que importa es la justicia, la legalidad o el debido proceso. Denunciar, denostar, atacar y evidenciar es el nuevo mantra. Lo importante no es erradicar la corrupción sino hacer hogueras. López Obrador se los agradecerá.

 

  • El PRD y Morena, como Caín y Abel, experimentan la más bizantina de las disputas. Todo sea por el poder, el de antes y el de ahora, pero sobre todo el del futuro. Lo importante es acabarse mutuamente: lo que eso implique para los territorios que formalmente “gobiernan” es lo de menos. Pregúntele a los habitantes de la Condesa, donde se cifra una guerra entre las dos corrientes políticas, abriendo el paso al crimen organizado con todo lo que eso implica. Morena vende el futuro pero está atorado en el pasado porque no tiene de otra: su “producto” es todavía más antiguo que el del gobierno federal actual: regresar a la edad de piedra. Mientras tanto, que los habitantes en sus demarcaciones se rasquen con sus propias uñas. Lo importante es el poder. Viva la corrupción.
  • La “reforma” fiscal que hace tres años promovió el gobierno federal generó una pequeña guerrita con los pagadores de impuestos; ganó el gobierno pero ahora la economía está estancada. Una victoria Pírrica. En una de sus muchas extraordinarias e inolvidables lecturas de la realidad, Winston Churchill afirmó que “una nación que se impone impuestos como medio para lograr la prosperidad equivale a una persona que se para en una cubeta y trata de levantarse jalando la manija.” Los impuestos son necesarios, pero no a cambio de la prosperidad.

Las guerras, afirmó Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso, se hacen por miedo, interés u honor. Las guerras, o guerritas, civiles no son muy distintas pero entrañan una diferencia medular: en lugar de sumar, dividen.

México vive una acumulación de agravios y conflictos, unos abiertos y otros soterrados, pero todos conducentes a mayores divisiones. Ese es el riesgo, que se exacerba en la medida en que el gobierno federal desaparece del mapa. En contraste con otras naciones (España es un buen ejemplo), México no puede vivir sin un árbitro activo, dedicado a propiciar un diálogo y el concierto social. El factor divisivo en México es el poder: sin diálogo, el conflicto está a la vuelta de la esquina.

Minxin Pei acaba de publicar un libro sobre la corrupción en China*. Su argumento es que el sistema chino hace la corrupción inevitable y que esa será la causa de su eventual colapso. Claramente, el panorama mexicano es muy distinto y no guarda proporción alguna con China porque, con todos nuestros defectos, los problemas aquí se orean y son públicos. En una de esas, hasta podrían resolverse. Hay que guardar un sentido de proporción que permita una transición tersa, así tome otra década. Pero alguien tiene que liderarla.

*China’s Crony Capitalism

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Inercia y crecimiento

Luis Rubio

 

Está de moda preocuparse sobre la tasa de crecimiento de China y sus potenciales implicaciones para el mundo. Sin embargo, lo mismo se observa en Estados Unidos, Europa y otras naciones, incluido por supuesto México: el ritmo de crecimiento económico ha venido descendiendo. La pregunta es por qué.

La explicación más simple sobre la tendencia a una menor tasa de crecimiento es que en la medida en que las sociedades van enriqueciéndose, van cambiando sus incentivos y las necesidades que tienen que ser satisfechas. El planteamiento suena razonable: es obvio que lo que requiere un hindú que vive con menos de un dólar al día es muy distinto a lo que demanda un suizo, haciendo natural que la tasa de crecimiento de la India sea superior.

En su famoso libro Las contradicciones culturales del capitalismo, Daniel Bell afirmaba que el crecimiento sentaba las bases de su propia destrucción porque generaba

 gente satisfecha, con poca hambre para mayor crecimiento. En los últimos años, Edmund Phelps publicó un libro* que prosigue ese argumento pero lo lleva a una conclusión muy distinta: no es que la gente deje de tener aspiraciones y necesidades, sino que el entorno ha cambiado, haciendo cada vez más difícil el crecimiento. Es decir, no es que el capitalismo genere anticuerpos contra el crecimiento sino que la sociedad tiende a desarrollar una forma de nuevo corporativismo que impide el cambio.

El argumento de Phelps me recordó lo que decía Galbraith sobre el “complejo militar-industrial”: tiende a paralizar el desarrollo porque entraña arreglos entre empresas y el gobierno que hacen muy difícil cambiar el statu quo, condición necesaria para el crecimiento de la economía. El corporativismo que acusa Phelps (“complejo corporativista”) incluye al gobierno, al poder legislativo, a los bancos, empresas y sindicatos: una alianza implícita entre todos estos intereses para impedir la competencia y la innovación.

Según Phelps, existen fenómenos por todos conocidos que obstaculizan el crecimiento y que tienen que ver con los incentivos de las empresas, las condiciones de competencia, la forma en que ha cambiado el otorgamiento de crédito bancario y la búsqueda de enriquecimiento ad hominem. Sin embargo, lo que a él le parece crucial, y esa es su verdadera aportación a la discusión sobre el crecimiento, es que la política económica (en el sentido amplio, no sólo presupuestal) es una institución en sí misma que refleja los valores de la sociedad y esos valores privilegian la preservación de lo existente. En una palabra, la gente no quiere correr riesgos y eso se traduce en mecanismos sociales que hacen imposible el cambio y la innovación.

Esos valores procrean mecanismos de subsidio y protección a empresas y personas que tienen el efecto de impedir que surjan nuevas empresas y proyectos de desarrollo. De esta forma, las leyes, las regulaciones, los impuestos y los planes de pensiones acaban protegiendo lo existente, haciendo muy poco atractivo que surjan los espíritus empresariales como los que crearon la riqueza en generaciones anteriores.

Phelps observa como el crédito bancario era más fácil de obtener hace décadas; la creatividad que es inherente al ser humano y que se traduce en habilidad para identificar nuevos mercados, resolver problema y explorar, no prospera en un entorno de reglas rígidas, requerimientos regulatorios y fiscales insalvables; las empresas que ya existen y que han resuelto esos escoyos (típicamente hace mucho tiempo) tienen una ventaja incomparable respecto a quien intenta crear una nueva entidad. La suma de todo esto es que la gente deja de ser creativa y se acomoda en los empleos u oportunidades que existen en lugar de emprender nuevas.

Si uno se remonta a las historias del crecimiento de las economías del mundo en el siglo XIX y principios del XX, era en la que no existían tantas reglas y regulaciones para todo, es obvio que los innovadores corrían riesgos ingentes. Una simple comparación entre los sistemas de transporte de entonces con ahora revela las diferentes concepciones de lo que es seguridad: las carretas jaladas por caballos frente a automóviles que gozan de toda clase de protecciones. La propuesta de Phelps no entraña regresar a ese momento, sino llamar la atención respecto a los costos que implica todo este mundo de protecciones y subsidios que se ha construido y que es, desde su perspectiva, la explicación de la tasa descendente de crecimiento.

Si uno extrapola lo que analiza Phelps, parecería obvio que la extraña colección de aranceles y subsidios que persisten en una amplia parte del sector industrial en México es un factor que impide la innovación y, por lo tanto el crecimiento. Sin embargo, es posible que la principal explicación de nuestro pobre desempeño resida en otro lado: nadie quiere correr riesgos porque la probabilidad de éxito parece ser muy baja, circunstancia que se agudiza cuando existe tanta incertidumbre: parte causada por fenómenos coyunturales, como podría ser la reciente elección estadounidense, pero sobre todo por la inseguridad física y patrimonial que caracteriza a nuestro entorno. El patético desempeño de nuestra economía no es producto de la casualidad.

*Mass Flourishing

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Inercia y crecimiento
Luis Rubio

La nueva racha

 Luis Rubio

Las democracias occidentales están en crisis. Un país tras otro experimenta cambios radicales en la conformación de sus estructuras electorales: los votantes parecen agotados de las soluciones tradicionales y comienzan a optar por alternativas que antes parecían inconcebibles, a veces cualquier alternativa. En Francia, la extrema derecha avanza sin cesar; en España el viejo duopolio del PSOE y PP se vino abajo y tomó más de un año formar gobierno; en Inglaterra la izquierda radical tomó control de Partido Laborista. Estados Unidos rompió todos los cánones históricos. Más allá de lo específico, es razonable preguntar si en México seguiremos en el “aquí no pasa nada” o si, tarde o temprano, asomarán la cabeza alternativas hasta hoy imposibles o impensables.

El corazón del desencanto que exhibe el electorado en los más diversos países es el mismo: hay un agotamiento, una desesperación y un consecuente rechazo a la política tradicional que promete pero no satisface. Los ciudadanos están cansados de políticos que roban, dan explicaciones cada vez menos creíbles, no resuelven los problemas, se la viven atacando fantasmas y síntomas, sin jamás crear condiciones para que la economía satisfaga las necesidades de la población o que la democracia sirva como mecanismo efectivo de representación.

Es posible, incluso probable, que las soluciones adoptadas por sendos electorados tampoco resuelvan los problemas, pero el mensaje es claro: la paciencia con el mal gobierno tiene límites. Así ocurrió en junio pasado.

En México llevamos décadas de reformas electorales cada vez más viciadas, pequeñas y disfuncionales que no satisfacen ni a los propios partidos que las impulsan. Para qué hablar de la ciudadanía que observa impávida ante el espectáculo de negocios partidistas y despilfarros por doquier. Es posible que el fenómeno de El Bronco en Nuevo León anuncie una nueva era política, pero de lo que no hay duda es que lo que lo hizo popular, sobre todo en ausencia de cualquier programa de gobierno, fue su promesa de meter a la cárcel al anterior gobernador. El rechazo a la “política de siempre” es patente.

Aunque cada país es muy distinto, dos ámbitos dominan el enojo ciudadano: la economía y la corrupción. La economía mexicana lleva décadas partida en dos: una que funciona y crece como bólido, otra que se contrae y empobrece. En lugar de atender las causas de estas diferencias, el debate político gira en torno a volver al pasado (o sea abandonar lo poco que sí funciona) o seguir por el mismo camino (es decir, no cambiar nada, ni para mejorar), aunque éste tampoco satisfaga. Por lo que toca a la corrupción, los escándalos se acumulan pero las respuestas son siempre retóricas: se confeccionan nuevas leyes porque en México no hay problema que no amerite una nueva ley que, por supuesto, nadie piensa convertir en algo útil para resolver el problema.

El peso sufre la mayor devaluación en décadas y siempre es culpa de otros. El problema parece evidente pero la explicación es siempre la misma: el mal entorno internacional. Lo emblemático es que aquí nadie es responsable: cuando las cosas van mal en el exterior, el problema es de la economía estadounidense o la china, la recesión internacional o los precios del petróleo. Cuando las cosas van bien en el exterior el problema es de los gobiernos anteriores o de los partidos de oposición. Las excusas no faltan pero las respuestas y acciones susceptibles de enfrentar el problema son inexistentes.

Lo maravilloso es que, frente a la adversidad, el mexicano siempre responde con un chiste y en esto las cosas han cambiado: se afirma que la diferencia entre la dictadura y la democracia yace en que en la primera los políticos se burlan de los ciudadanos y en la segunda es al revés. Bajo este rasero, la mexicana es una democracia consolidada: no hay asunto o corruptela, por pequeña que sea, que no genere un chiste regenerativo. Si sólo pudiéramos dedicar esa creatividad a la innovación tecnológica, el desarrollo de nuevos productos o la mejora de la productividad, el país sería Suiza.

La creatividad no está ausente entre los políticos. Lleva décadas circulando el famoso chiste, ya mítico, de que, cuando se le atora la carreta al nuevo presidente, tiene tres sobres que le dejó su predecesor. El primero dice “échame la culpa a mí”; el segundo “cambia tu gabinete”; el tercero dice: “escribe tres sobres”. El punto es claro: cualquier cosa menos resolver los problemas.

Como ilustra el electorado de otros países, el problema es de carácter universal: el mundo ha cambiado pero los sistemas políticos y gubernamentales ya no resuelven los problemas. Al mismo tiempo, muchos de los problemas no son tan difíciles de resolver porque sus causas son obvias. Reagan esbozó el dilema de manera clarividente: “por muchos años nos han dicho que no hay respuestas simples a los complejos problemas que están más allá de nuestra capacidad de comprender. La verdad, sin embargo, es que sí hay respuestas simples; el problema es que éstas no son sencillas”.

En efecto, no hay soluciones fáciles, pero las respuestas son obvias. La pregunta es si el sistema político tradicional las hará suyas u otros, fuera del mismo, vendrán a intentarlo.

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La nueva racha

27 Nov. 2016

¿Y nosotros?

Luis Rubio

La tónica general es de catástrofe: el mundo cambió y ya nadie lo va a poder salvar. El triunfo de Trump puede no haber sido deseable, pero ciertamente era probable. La forma en que el gobierno y muchos opinadores han reaccionado sugiere que “el final está cerca”, pero no tiene que ser así. El entorno me recuerda a uno de los pasajes de La guerra y la paz: “El más fuerte de todos los guerreros” explica Kutuzov, mariscal de campo, “son estos dos: el tiempo y la paciencia.” El ejército napoleónico avanzaba, pero Kutuzov sabiamente quería esperar a que llegaran refuerzos antes de embarcarse en la batalla. Cuando los generales rusos le demandaban que atacara a Napoleón en su momento de mayor fortaleza, Kutuzov respondió: “cuando tengas dudas, no hagas nada.”

La elección de Trump como presidente del factótum de poder mundial y nuestro principal socio comercial no nos da muchas opciones pero si nos obliga a contemplar, con cabeza fría, las implicaciones y oportunidades que esto entraña. En este momento es imposible saber lo que de hecho hará Trump, pero ya sabemos que va a someter el TLC a una evaluación por parte de la International Trade Commission -agencia con amplias capacidades analíticas- con un mandato económico, laboral y geopolítico, o sea, con seriedad. Obviamente, nadie sabe lo que va a ocurrir una vez que el gobierno esté debidamente integrado, pero de nada sirve especular. Lo que es certero es que Trump entraña un enorme cambio de dirección, sobre todo el colapso de un paradigma de gobierno. Al mismo tiempo, es obvio que, una vez en funciones, la realidad del poder y de las estructuras institucionales le harán reconocer que existen límites a su agenda. Lo crucial para nosotros es tratar de quitar nuestros temas clave del camino, algo no sencillo, pero tampoco imposible.

Si uno lee su “Contrato con el votante americano,” panfleto que preparó para su campaña, no hay límite a los riesgos que enfrentamos; sin embargo, si uno analiza las realidades del poder y de la geopolítica, las opciones que el nuevo presidente tendrá frente a sí son muy distintas a la agenda que propuso cuando no enfrentaba restricción alguna. Una cosa es la retórica y otra la realidad, que no es equivalente a moderación.

Todo sugiere que el mayor riesgo (que Trump llegar a firmar una carta anulando el TLC como está previsto en el artículo 2205 del acuerdo el día de su inauguración) ha disminuido. La evaluación de la ITC será la piedra de toque en el proceso; mientras eso se resuelve, el gobierno debe mantener -más bien, lograr- unidad y disciplina de mensaje y claridad de objetivos. También tiene que entender mejor el panorama que se va desarrollando en el equipo de Trump para identificar oportunidades de acuerdo pero, también, estrategias que hagan ver la fortaleza de las cartas que México tiene, que no son pocas; el manejo político será crucial. Por supuesto, podríamos y deberíamos aspirar a una comprensión mucho más profunda de la enorme complejidad, diversidad y bilateralidad de la relación entre ambas naciones -los beneficios que ambos derivamos de esto en materia de seguridad, estabilidad y desarrollo económico-, pero lo primero es lo primero y eso es que el TLC es el único motor de la economía mexicana.

El gobierno puede pavonearse de su previsión (la invitación al hoy presidente electo), pero la realidad es que eso no cambia en nada el desastre y la vulnerabilidad en que colocó al país con una política fiscal de los setenta que es insostenible en la era de la globalidad y, quizá, por la invitación misma.

La segunda etapa comenzará, al menos formalmente, tan pronto el nuevo gobierno entre en funciones. Ahí veremos tensiones en varios frentes: primero, entre los dos gobiernos por la incompatibilidad de visiones, perspectivas y objetivos. El gobierno se habrá salvado del “castigo” que Clinton probablemente tenía planeado (derechos humanos y corrupción), pero lo que vendrá será un choque de visiones para lo cual México ciertamente no está preparado. El punto no es quien tiene razón, sino quién tiene la capacidad de imponer una agenda. La clave en estos meses será “educar” al nuevo gobierno de lo importante de la relación, principio que incluye hacerles ver, en la práctica, que ellos también se benefician de la relación, que es equitativa y que nos necesitan.

Dicho eso, es obvio que nuestra imagen allá no mejorará mientras no cambie nuestra realidad. Trump utilizó a México como puerquito porque eso era algo fácil para sus potenciales votantes de entender: que nuestra forma de actuar -corrupción, impunidad, mal gobierno, burocracia y abuso- son lo visible de México. No importa si esa fotografía es justa o no; lo importante es que es real. Mientras no cambiemos nuestra realidad, esa será la fotografía que quede en la mente de nuestros vecinos: Trump no inventó esa imagen de México, simplemente explotó la que ya existía.

El gobierno tiene dos opciones: una es adecuarse a la nueva realidad y actuar en consecuencia; la otra sería dejar que alguien más lo haga porque el país no puede esperar.

Cantinflas entendió este momento mejor que nadie: “lo más interesante en la vida es ser simultáneo y sucesivo, al mismo tiempo.” La pregunta es si este gobierno tiene esa capacidad.

 

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Lo siguiente

Luis Rubio

“La historia enseña por analogía, no por identidad” dijo en una entrevista Kissinger: no hay dos situaciones históricas idénticas, pero sí algunas que presentan importantes similitudes por encima de los tiempos y espacios en que han acontecido.

Es evidente que Trump y Andrés Manuel López Obrador son muy distintos en origen y perfil personal, pero sus semejanzas son igualmente pasmosas y, ahora que pasó la elección estadounidense, es sobre eso que México inevitablemente va a enfocarse viendo hacia el futuro.

Donald Trump nació en un suburbio de clase obrera en Nueva York y nunca se mudó. Su situación económica se transformó pero su concepción política se forjó en el barrio de su nacimiento; aunque siempre fue un empresario, su protagonismo televisivo le permitió expresar -por décadas- las posturas que enarboló como candidato: siempre fue ostentoso y vanidoso, con piel por demás delgada. Todo indica que entró en esta contienda como reacción a lo que percibió como un ataque, una ofensa por parte de Obama en una de las famosas sesiones de auto-flagelación que los presidentes estadounidenses tienen anualmente frente a la prensa.

Por su parte, López Obrador tiene un origen modesto y siempre se enfocó a la movilización social y política; lleva décadas confrontando a los poderes establecidos, recurriendo a los medios a su alcance para alcanzar su cometido, primero en su natal Tabasco y luego como jefe del gobierno del DF. Su activismo fue siempre pragmático: desde la construcción de los segundos pisos hasta su relación con empresarios y con la Iglesia. Cuando protestó contra lo que denominó una elección fraudulenta para la gubernatura de Tabasco, se fue a tomar los pozos petroleros de la región, nunca permitiendo que sus seguidores tocaran las válvulas u otros aparatos sensibles: una cosa era protestar, otra muy distinta correr riesgos innecesarios. Nada más contrastante con Trump que su personalidad: modesta y acomedida, siempre presumiendo su humildad. Pero igual hay coincidencias y similitudes que no pueden pasarse por alto.

A los mexicanos no nos fue difícil entender los riesgos inherentes al discurso de Trump. No es sólo lo que dijo de México y los mexicanos, sino todo el contexto, visión y estilo discursivo. Era su naturaleza misma que los mexicanos veíamos con preocupación: el rechazo a todo lo existente, su ignorancia de las cosas más elementales, la amenaza implícita de que se le elige a él o vendrá el diluvio y, sobre todo, su disposición a anular lo que sí funciona, independientemente de que haya tantas otras cosas que merecerían cambios. Cuando en el último debate Trump se negó a comprometerse a respetar el resultado de las elecciones, a todos los mexicanos nos recordó el momento post electoral de 2006. Parece caricatura, pero no lo es.

Los dos personajes comparten una serie de valores y preferencias muy claras: su discurso anti sistémico, la ausencia de propuesta (ellos lo resuelven solos, como por arte de magia) y la arrogancia inherente a su personalidad: no tienen porqué rendirle cuentas a nadie. Varios periodistas han escarbado en los discursos de ambos, encontrando una caterva de frases prácticamente idénticas, confirmando lo obvio: no es que sean iguales en origen, pero sí lo son en propuesta política y ese es el asunto de fondo. Dudo que alguna vez se hayan encontrado, pero filosóficamente son indistinguibles.

Se trata de una visión política profundamente conservadora que emerge no de la búsqueda de transformación social sino de la protección de los perdedores y la preservación del viejo orden social; de ahí su permanente nostalgia: antes todo funcionaba bien… En esto, ambos profesan un agudo nacionalismo que desprecia las instituciones, el mercado, los acuerdos internacionales y cualquier regla o ley que no sirva a sus propósitos. Ante la incompatibilidad de su discurso con la realidad mundana, su respuesta acaba siendo mesiánica no sólo porque no tienen propuestas concretas sino porque la solución son ellos mismos. El mesianismo permite “ignorar la realidad” con tanta frecuencia como sea necesario, construyendo una fantasía sostenida en mentiras que, en su mente, no lo son.

Queda ver cómo reaccionará Trump ahora como presidente electo y, sobre todo, cómo resistirán las instituciones estadounidenses el embate que él representa. Lo que es certero es que su triunfo es producto de algo que los mexicanos conocemos bien: gobiernos dedicados a no gobernar, a prometer pero no cumplir y, sobre todo, a ignorar los problemas, necesidades y reclamos de la población. El de Obama ha sido un gobierno desastroso y el electorado le acaba de pasar la factura.

Nuestro gobierno se rehúsa a comprender una obviedad similar: que el hastío, la inseguridad, la depreciación constante del peso y el pésimo desempeño económico para la mayoría de la población, tienen consecuencias.

No me queda duda que el peor escenario para México sería el de Trump en Washington y AMLO en México: dos nacionalistas buscando distanciar a sus países del otro, una combinación letal para la economía mexicana. Con su inacción o, más apropiadamente, con su desdén y mal actuar, el gobierno está haciendo la propuesta mesiánica cada día más probable.

 

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13 Nov. 2016