La contradicción

 Luis Rubio

El gran desafío que enfrentaron las naciones autoritarias en las últimas décadas fue que cambiaron los referentes económicos y políticos en el mundo, por lo que tuvieron que transformarse para lograr el desarrollo o, al menos, una mejoría sustantiva en la calidad de vida de sus ciudadanos. Su dilema fue cómo abrir sin perder la cohesión social y política, y cómo mantener esa cohesión bajo referentes económicos que exigen innovación, inversión privada, crecimientos sistemáticos de la productividad y respeto a las capacidades de los individuos. Muy pocos países lo han resuelto bien.

Mikhail Gorbachov comenzó por procurar el apoyo de su población recurriendo a la apertura política con el mecanismo que denominó “glasnost”. Su expectativa era que la discusión (y catarsis) pública y abierta sobre el pasado permitiría encarar la transformación estructural que su economía requería para sobrevivir y prosperar. La llamada “perestroika” consistió en la adopción de mecanismos de mercado en sustitución de la planeación central. Al final, el plan falló, la apertura no fue ordenada, múltiples intereses se apoderaron de los activos existentes y el imperio soviético acabó colapsado.

Carlos Salinas intentó el camino opuesto: apertura económica para evitar el colapso político. El planteamiento era menos ambicioso que el del ruso, pero su concepción igualmente atrevida. Se buscaba la transformación económica como medio para resolver los problemas de crecimiento e ingreso pero sin amenazar el statu quo político. En contraste con Gorbachov, el PRI subsistió, pero muchos de los instrumentos empleados para la añorada transformación entrañaban las semillas de sus propias limitaciones. Las privatizaciones fueron sesgadas y no condujeron, en la mayoría de los casos, a mercados competidos al servicio del consumidor, y la apertura misma fue mediatizada para evitar afectar intereses de los preferidos del “sistema”. El pobre desempeño de la economía en las pasadas décadas no es producto de la casualidad: responde a un plan de liberalización insuficiente, sesgado e inconcluso.

China ha optado por ignorar el dilema y su gobierno se ha dedicado a organizar la apertura, mantener un férreo control político y nutrir su legitimidad con crecimiento económico. La apuesta de su élite es que por su tamaño y cultura milenaria distinta a la occidental podrá preservar el poder en el largo plazo. La literatura al respecto es tan diversa en escenarios posibles que sólo el tiempo dirá. Pero de una cosa no hay duda: sus circunstancias no son repetibles en naciones occidentales y por eso sólo un puñado de casos excepcionales –Corea del norte, Vietnam, Cuba- lo ha intentado. El volado está en el aire.

España, Chile y Corea, cada una en sus circunstancias, son naciones que optaron por romper con el pasado y encarar el futuro. En lugar de proteger intereses aquí y allá o pretender que lo existente podía soportar la transformación que sus poblaciones demandaban a sus gobernantes, se dedicaron a cambiar con visión de futuro. Cada uno de estos países enfrentó sus propias crisis, retos y condiciones pero, al final, los tres salieron avante. Con todas sus dificultades, ninguno pretende que el pasado fue mejor.

El gobierno actual retorna al viejo dilema, pero ahora su enfoque es igualmente contradictorio. Intenta, por un lado, corregir los errores percibidos en el funcionamiento de los mercados y, por otro, procura re-centralizar el poder. En lugar de dar el salto al futuro resolviendo los problemas que dejó a su paso el intento anterior, el proyecto es recrear el viejo sistema, si bien bajo nuevos parámetros. La contradicción es múltiple y obvia: competir por la inversión en los mercados internacionales pero controlado al sector privado; decretar entidades autónomas pero pretender utilizarlas como instrumento de control; abrir sectores otrora protegidos pero preservando grandes cotos de caza para los intereses reinantes. En una palabra: ser moderno hacia afuera pero seguir siendo provinciano adentro.

Eso no funcionó la vez pasada ni funcionará ahora. El país vive inserto en un mercado global pero el conjunto de la nación no lo ha hecho suyo porque persisten innumerables mecanismos que impiden que los mercados funcionen, todo lo cual se traduce en una economía dual que arroja productividades dramáticamente distintas. Algunos de los obstáculos fueron producto de decisiones específicas (ej. las privatizaciones), pero la mayoría tiene que ver con la indisposición a permitir que los mercados funcionen, a lo que ahora se suma la necedad de recrear el viejo presidencialismo. Lo que el país requiere es un gobierno fuerte que preserve la paz y seguridad, construya un Estado de derecho efectivo y haga posible, a través de esos instrumentos, el funcionamiento general del país. Las medias tintas no van a ser exitosas ahora como no lo fueron antes o en otros países. Se asume el futuro o nos quedamos atrás.

La pregunta es cómo y dónde acabará México. Pidiéndole prestada a Tolstoy su famoso axioma de que todas las familias felices son similares en tanto que cada familia infeliz lo es a su propia manera, la disyuntiva es enfrentar el futuro para construir una nación moderna y aceptar los costos y requerimientos de ser parte de las grandes ligas del mundo (la familia feliz) o seguir buscando excusas para mantener (y renovar) al viejo sistema centralizado que impide el crecimiento de la economía, la prosperidad de la población y el desarrollo de la ciudadanía.

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@lrubiof

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