Competente para 03 febrero 08.do

Luis Rubio

¿Qué hace competente a un gobierno? ¿Qué lo hace incompetente? El tema no es el de plantear una disyuntiva maniquea entre gobiernos buenos y gobiernos malos, pero la pregunta es crucial porque en las sociedades y economías modernas el gobierno es quizá el factor medular del desarrollo y eso no es cosa pequeña. Preguntarse sobre el gobierno es todo menos ocioso, pero no es una pregunta fácil porque es muy sencillo acabar en los extremos ideológicos y políticos que tienden a dominar el debate político nacional. Pero es una pregunta necesaria.

En mi último artículo del año pasado (Hacia el 2008) escribí sobre una lectura decembrina en la que el profesor Paul Collier afirma que el desarrollo sólo es posible cuando están presentes dos condiciones simultáneas: la oportunidad y la capacidad de asirla. La oportunidad tiene que ver, según el autor, con factores observables como los mercados, recursos (naturales y humanos) y localización geográfica, en tanto que la capacidad de asirla depende de la calidad del gobierno: un gobierno competente, afirma el autor de The Bottom Billion, siempre sabrá crear o encontrar las oportunidades para lograr el desarrollo. Muchos amables lectores comentaron el texto y merecen una respuesta.

Dos de los comentarios que recibí sobre el artículo anterior van al grano en nuestro caso: Si el profesor Collier conociera la cultura del mexicano, quizá cambiaría la importancia que le confiere al gobierno; el otro comentario dice: me imagino al gobierno mexicano (si fuera caricaturista, así lo dibujaría) como torpe individuo (con todo y todo, no tan torpe como Fox…) caminando con zancos (nuestro sistema jurídico) en un pantano (nuestra economía) lleno de cocodrilos y víboras venenosas (los líderes sindicales, cierto tipo de empresarios y prácticamente todos los legisladores) La confianza entre “contrapartes sociales”, es el pan nuestro de cada día, incluso entre partes del mismo sector social o socio económico, en donde no hay lugar para el llamado “ganar-ganar”, dado que impera el ”para-que-yo-gane-tu-tienes-que-perder”. Si te fijas, casi todo nuestro “sistema” económico es basa en el mexicanísimo principio de “no importa quién me la hizo, sino quién me la paga”, es decir, en un sistema basado en la intransigencia.

El problema de la capacidad o competencia de un gobierno no tiene que ver con una administración en particular. Sin duda, los mexicanos hemos vivido algunos gobiernos verdaderamente desastrosos en el curso de las décadas, pero la mayoría han sido simplemente mediocres y a eso nos hemos acostumbrado.

La calidad y competencia de un gobierno no se vincula con la naturaleza de su despliegue, sino más bien con su desempeño. Los gobiernos de Suecia, Francia y Finlandia tienen una amplísima presencia en sus sociedades y se responsabilizan de todo (de la cuna a la tumba). Sin embargo, mientras que ocho de cada diez suecos y nueve de cada diez finlandeses están satisfechos con sus gobiernos, sólo la mitad de los franceses lo está. La calidad del gobierno tiene otras referencias que no se limitan a la provisión de servicios sino a su desempeño más general.

Si se toma el tema del desarrollo económico, que es la perspectiva que seguía el autor del libro mencionado, lo importante de un gobierno no reside en su tamaño, en los servicios que provee ni tampoco en la corrupción que lo caracteriza. Lo importante es su capacidad para hacer posible el desarrollo y, bajo ese rasero, nuestros gobiernos de los 70 para acá, con todas sus diferencias, han sido abismales. El comentario más reflexivo que recibí decía que yo he estado de los dos lados de la barrera y me doy cuenta que es demasiado pedirle al gobierno que sea tan competentecomo si funcionara en un vació o como si los ciudadanos, con todas sus contradicciones e intereses no existieran y, peor, con cada vez menores recursos de acción frente a los partidos políticos. ¿Cuáles son hoy los incentivos de los ciudadanos… cuando los partidos los están suplantando?. El punto no es criticar a una administración específica, y mucho menos a la actual que todavía está por hacer su mella en lo que al desarrollo toca, sino analizar el tema más genérico de la competencia gubernamental.

Quizá más que compararnos con los países ricos y desarrollados, sería conveniente observar la forma en que se desempeñan los gobiernos de países más comparables con el nuestro y, bajo ese rasero, no hay duda que Asia ofrece la mejor perspectiva. En Asia, como en todas partes, hay países ricos y pobres, exitosos y fracasados. Pero lo que es impactante de la región es la forma en que los países exitosos han logrado adoptar un conjunto elemental de principios que funcionan. Con todas las diferencias nacionales (que son muchas en todos los campos), esos principios, prácticamente universales en la región, se podrían resumir en tres: a) adoptar un conjunto de reglas del juego para el funcionamiento de la economía, hacerlas cumplir y no cambiarlas; b) invertir en la educación y apostar al desempeño de personas altamente educadas y calificadas; y c) mantener un régimen comercial y de inversión abierto y fomentar la competencia dentro de la economía. Los primeros en adoptar este camino fueron los llamados tigres, cuyo éxito habla por sí mismo. Otros les siguieron en el camino, sobre todo China. India es un caso paradigmático: su desempeño fue catastrófico por décadas y fue sólo hasta que adoptó este modelo que comenzó a dar la vuelta, con espectaculares resultados.

Hace cosa de una década, un estudioso suizo se dedicó a documentar la diferencia que representaba contar con un gobierno, o más acertadamente, un sistema de gobierno, competente y funcional (Borner, S., Political Credibility and Economic Development). Su estudio consistió en comparar la forma de funcionar de los gobiernos asiáticos y latinoamericanos. En uno de sus más memorables pasajes cita a un funcionario de una multinacional con intereses en ambas regiones. La cita lo dice todo: yo viví en Brasil y en Indonesia y era responsable de una operación muy similar. Pero en Indonesia me dedicaba en cuerpo y alma a la operación productiva y no me tenía que preocupar de nada más. Las regulaciones eran claras y no cambiaban. Todo fue diferente en Brasil. Ahí me despertaba todas las mañanas para averiguar si todavía tenía empleo porque no había día en que no cambiaran las regulaciones. ¿Suena conocido?

Nadie puede desestimar la complejidad de un gobierno, de todos los gobiernos del mundo, y menos en las condiciones de conflicto que nos han tocado vivir. Pero precisamente eso hace crítico avanzar al menos en el frente que da de comer.