A conveniencia

Luis Rubio

La crítica a “los monopolios” es hoy en día ubicua. Se ha convertido en el tema de moda. No importa el tema particular sobre el que se discuta, la culpa es de los monopolios, sin que jamás se aclare cuáles o cómo dañan al país. A los monopolios se les atribuyen todos los males, pero hay una peculiaridad en esa crítica: se trata de una manera muy mexicana de criticar, porque los culpables son siempre otros. Uno no tiene responsabilidad alguna ni es parte del problema: son los demás quienes deben ser penalizados para que yo viva mejor. Más al punto, los monopolios son siempre de otros: en México nadie es un monopolista. Ni el mayor de todos (en el ámbito privado) se asume como tal: yo sólo tengo 85% del mercado y eso no puede concebirse como monopólico. Pero a pesar de poseer el monopolio de la red, el dueño de Telmex tiene un punto válido, si bien por razones muy distintas a las que él cree: en México hay muchos más monopolios y prácticas monopólicas de las que uno se imagina y, al menos en cierta forma, todos somos parte del problema. O, dicho de otra manera, el problema no es una empresa o un sindicato sino la estructura que lo hace posible.

Hace algunas semanas escribía en estas páginas que se usa la palabra monopolio para expresar fuerza o poder, pero no porque necesariamente se monopolice algo, sino porque se identifica al vocablo con la capacidad de imponer. A partir de ese artículo he recibido docenas de comentarios. Todos ellos reflejan la necesidad de definir la naturaleza del problema y, en muchos casos, el deseo de buscar soluciones; algunos relatan historias específicas, en tanto que otros expresan impotencia frente a los poderes fácticos que hacen difícil la vida cotidiana. Lo sorprendente fue encontrar que los problemas que enfrenta el país no se limitan al “ciudadano de a pie”, sino que impactan por igual hasta los más poderosos en todos los ámbitos. Más interesante fue encontrarme con esa actitud muy mexicana que parece hacernos genéticamente incapaces de ver la viga en nuestro propio ojo: en vez de afirmar que rompí el vaso, tendemos a despersonalizar el evento: “el vaso se rompió”. Nadie es responsable de nada.

Aunque esperables, muchos comentarios son reveladores. El primer grupo incluía quejas por los abusos cotidianos, sobre todo los relativos a las actitudes despóticas de los oferentes de servicios, particularmente teléfonos, luz y celulares. Uno iba un paso más adelante: “yo pago religiosamente el recibo bimestral de la luz, pero el servicio no es bueno ni constante. Ayer se fue la luz varias horas y hablé para quejarme, la respuesta que recibí fue que no me cobrarían el tiempo en que no hubo servicio”. Otro se quejó de la falta de gasolineras en las colonias de reciente creación. Nada de eso ocurriría de haber competencia.

El segundo grupo de correos ilustra la complejidad y extensión del problema que nos aqueja. Un grupo de investigadores en una de las principales instituciones académicas del país ha estado intentado encontrar una forma de intermediar entre productores y proveedores de materias primas con el objeto de ayudarlos a que puedan trabajar, pero se encuentran con que “desafortunadamente, la CFE no tiene interés en ninguna negociación y sólo impone su criterio”. Esa misma dificultad lo refleja otro correo, ahora del jefe de compras de una de las empresas más grandes del país: “los criterios de PEMEX y Hacienda en la determinación de los precios de los petroquímicos es obtusa y en ocasiones ridícula: por un lado dicen que tienen que poner precios internacionales para cada producto cuando no todos tienen referente internacional. En otros productos le cobran un precio distinto a cada cliente ¿pues no que era el precio internacional?” Uno se imagina que el único afectado por los avatares de nuestra pésima organización económica es el ciudadano que acaba pagando precios elevados por los servicios recibidos, pero resulta que el problema se reproduce en todos los niveles económicos.

Pero la parte más jugosa e interesante de los correos que recibí se refiere a las dificultades que enfrentan los empresarios (“Los aventurados empresarios y/o emprendedores mexicanos  que se atreven a sortear la burocracia de nuestro sistema para establecer sus negocios, son verdaderos héroes. Como aquellos de las novelas de caballería sorteando toda clase de peligros…”) o la población en general (“Barreras y más barreras… y de ello podría yo dar numerosos ejemplos… La cuestión es cómo cambiar lo que ya es parte de una cultura, que yo llamo “cultura de la desconfianza y de la improvisación” que nos lleva a generar leyes, reglas y miles de trabas a cualquier actividad y no preocuparnos de sus consecuencias, a corto y largo plazo… Si bien a nivel individual tenemos los Einsteins, los Mozarts o los Octavios Paz…  a nivel social no somos mejores que un cultivo de bacterias… creceremos mientras el medio nos lo permita… Me imagino a unos dinosaurios discutiendo estas cuestiones cuando se acercaba el meteorito a las costas de Yucatán…”).

Hasta aquí el tipo de comentarios que yo había esperado, aunque con el invaluable sabor de las vivencias personales. Pero lo que más me llamó la atención fueron dos correos que quizá reflejan lo difícil que resulta cambiar todo esto. Un lector se refiere a los “beneficios excesivos” que reciben los empleados del IMSS. Nada nuevo, pensé al leer el correo, hasta que leí la afiliación del firmante: es empleado del SME. De verdad se necesita vergüenza para que la olla critique al sartén.

Otro correo, de un académico estadounidense que trabaja temas de migración, se queja porque las encuestas de salud en México en materias de nutrición, enfermedades crónicas, adicciones y otras, no son públicas, a pesar de que las paga el gobierno. “Los investigadores parece que sólo quieren ponerse medallas en lugar de resolver los problemas” y continúa “en otros países, ese tipo de información es pública y está en Internet desde el primer día (y todos, incluyendo a los investigadores mexicanos, las pueden consultar)”. Es decir, la propensión al monopolio no se limita a los oferentes obvios de servicios, sino que es una práctica cotidiana en la administración pública, las universidades y, en general, nuestra sociedad.

Vuelvo al principio: el problema de nuestra economía no se limita a unas cuantas empresas o proveedores, sino a nuestra forma de ser. La buena noticia es que hay muchas sociedades que tienen estructuras corporativistas y sin embargo funcionan mejor que la nuestra; la mala es que no sabemos qué queremos ni estamos dispuestos a discutirlo con seriedad.

 

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