Más flexibilidad en el sistema de partidos

Justo cuando el sistema político mexicano requiere de mayor flexibilidad, todas las discusiones y decisiones que tienen lugar en la esfera pública van en sentido contrario. Los partidos que conforman nuestro espectro político enfrentan una crisis interna, algo que no es producto de la casualidad sino de la naturaleza del sistema de partidos y de la historia política del país. Lo que procedería es flexibilizar dicho sistema, pero en su lugar todas las avenidas se cierran y un proceso de cambio ordenado parece muy lejano. ¿Será otra más de nuestros tantos callejones sin salida?

 

Dado que por décadas el sistema político se caracterizó por la rigidez de sus estructuras, la lógica de la flexibilidad se impone como necesaria. Sin embargo,  los actores políticos que están encumbrados, viendo sólo sus intereses más inmediatos, han llevado a aberraciones como la de dificultar y hacer todavía más costosa la creación de nuevos partidos políticos. Justo lo que el sistema de partidos menos necesita. La falta de flexibilidad tiene dos consecuencias: por un lado, deja a millones de mexicanos subrepresentados, con el riesgo de que, en algún momento, puedan optar por otras vías para hacerse presentes. Por otra parte, el mayor de todos los riesgos es que el sistema partidista nunca llegue a cuajar en un sistema democrático, lo que nos dejaría abandonados a la mitad de un proceso inconcluso.

 

El problema es obvio: por décadas, el sistema político mexicano giró en torno a dos instituciones cuya dinámica y naturaleza ha cambiado de manera radical. El  PRI y el presidencialismo fueron las dos instituciones clave de la era postrevolucionaria y ambas se vinieron abajo el 2 de julio del 2000. Creadas de manera complementaria, el partido y el presidencialismo garantizaron el funcionamiento político del país por décadas. Uno no era explicable sin lo otro. Con la derrota del PRI en las elecciones presidenciales, se vino abajo la mancuerna que gobernó al país por todos esos años, dejando en su camino una estructura política y partidista disfuncional. Es imperativo crear condiciones para reconstituir el marco de estabilidad y de capacidad de gobierno.

 

El primer problema que enfrenta la estructura partidista reside en que el PRI nunca fue un partido en el sentido tradicional. El PRI se creó como una organización techo, es decir, como un paraguas al cual se incorporarían la abrumadora mayoría de las entidades, grupos, sindicatos y partidos que existían en la época. La lógica de la creación del PRI nada tenía que ver con una filosofía común, una visión compartida del mundo o del desarrollo del país o una ideología que sirviera de fundamento para el diseño de políticas públicas. Más bien, respondió a las circunstancias postrevolucionarias de desorden, violencia y ausencia de un sistema político organizado. Así, el PRI se convirtió en un mecanismo de participación política y control fuertemente ligado a la presidencia. El PRI fue un partido creado desde el poder para servir a éste.

 

La naturaleza del PRI determinó las características de los partidos que, en el tiempo, se fueron constituyendo para oponérsele. Prácticamente todos los partidos políticos que existen en la actualidad surgieron a partir del PRI: en oposición a éste o como desprendimientos del mismo. Es el caso del PAN, surgido como una reacción al monopolio político que representaba el PRI (entonces PRM) y del PRD, que emerge a partir del desprendimiento de la llamada “corriente democrática” en los ochenta. Otros partidos, como el PARM y el PPS, ya extintos, pero también Convergencia, el Partido Verde y el PT, tienen en su historia un vínculo con el PRI. La realidad es que, dada la omnipresencia del PRI y los rasgos del presidencialismo mexicano, lo raro sería que se hubieran creado partidos ajenos a estas circunstancias.

 

Ya en la realidad actual, las disfunciones de aquel sistema de partidos se han convertido en paralizantes. Las circunstancias actuales guardan relación con el pasado sólo en el sentido en que son producto de esa historia y en que han heredado las estructuras que se construyeron bajo esa otra lógica. En un sistema en el que un partido era la organización monopólica y centro del actuar político, lo lógico para todas las agrupaciones políticas, independientemente de su ideología, visión o razón de ser, era vincularse a esa organización. Por lo contrario, en un sistema político y partidista competitivo lo lógico es competir por separado o, en todo caso, procurar alianzas a partir de la independencia. En otras palabras, la lógica del sistema priísta llevaba a que se sumaran organizaciones y grupos en su seno y eso era el fundamento de su enorme fuerza; en un sistema competitivo, lo que antes era fuente de fortaleza hoy es fuente de parálisis y luchas intestinas. Aunque el PRI, por el hecho de albergar grupos disímbolos, experimentó divisiones y conflictos de manera constante, esas divisiones sólo le fueron disfuncionales en contadas ocasiones. Hoy esas diferencias son fuente de impotencia y estancamiento.

 

En suma, la rigidez del viejo sistema político se ha convertido en el ancla del inmovilismo actual. Lo que el país requiere es flexibilidad política a fin de que las personas y grupos que participan y actúan dentro de los partidos con los que no guardan mayores simpatías o semejanzas, puedan moverse hacia otros sin pagar un costo tan elevado que resulte prohibitivo. Es decir, el sistema político mexicano se ha tornado tan inflexible que, como pudimos apreciar en diciembre pasado, conviven posturas e intereses tan encontrados en cada uno de los partidos que resulta imposible identificarlos con precisión o que éstos funcionen de manera eficaz.

 

Un sistema político rígido produce conflicto, disputas y parálisis. Un sistema político que favorece, por su flexibilidad, el movimiento de personas y grupos de un partido a otro, así como la creación de nuevos partidos, es un sistema que genera dinamismo y propicia alianzas que, en un momento dado, pueden generar mayorías legislativas con relativa facilidad. El sistema político mexicano actual es heredero del presidencialismo de antaño y evidencia las rigideces que produjo esa historia y esa realidad. La rigidez e inmovilidad no son culpa de las personas que se encuentran dentro de los partidos, sino de una estructura que hace tan oneroso el movimiento que conduce a la parálisis.

 

Quizá lo fundamental es reconocer que a las disfuncionalidades del viejo sistema se agregaron nuevas fuentes de inflexibilidad, consagradas en la legislación respectiva: las reformas electorales de los noventa incorporaron nuevos elementos que tornaron la tradicional inflexibilidad en parálisis. El hecho de que sea el erario quien financie a los partidos y a las campañas convierte al sistema partidista en un negocio y le confiere a las franquicias de los partidos un valor económico extraordinario. Si no hubiera los dineros que hoy existen, no tendríamos fenómenos como los del Verde, la Sociedad Nacionalista y demás. Pero tampoco tendríamos la ofuscación que hoy caracteriza a partidos como el PRI y el PRD, donde existen conflictos intestinos obvios y profundas diferencias internas que, sin embargo, no se pueden resolver porque es prácticamente imposible salir del partido y seguir legítimamente en la política. Por si eso no fuera suficiente, la legislación electoral crea un distanciamiento estructural entre los partidos y la ciudadanía.

 

Una metáfora que puede servir para ejemplificar el problema es la siguiente: cuando una empresa resulta incapaz de hacer frente a sus obligaciones contractuales y se declara en quiebra, tiene dos opciones: una es buscar formas para llegar a un acuerdo con los acreedores a fin de que, con un poco de flexibilidad y buena disposición entre las partes, se reconstituya una base sana de operación para la empresa y se mantenga la cercanía con la clientela. La alternativa es que, con todas las partes dogmáticamente aferradas a su posición, se acabe condenando a la empresa al fracaso, sacrificando las oportunidades que ésta podía explotar, los empleos y demás. El punto es que el sistema político mexicano ha llegado a un momento de enorme riesgo donde las opciones son renovarlo o fracasar.

 

Hay un sinnúmero de componentes que tendrían que renovarse y corregirse para que el sistema político se modernice y adecue a las nuevas realidades del país. Sin embargo, si uno acepta que el objetivo medular de una reforma institucional, incluyendo la del sistema electoral y partidista, tiene que ser elevar su representatividad y propiciar el desarrollo de una capacidad efectiva para tomar decisiones, entonces resulta bastante evidente qué hay que hacer. La capacidad de tomar decisiones depende de la capacidad de los políticos, comenzando por los legisladores, para negociar sus posiciones respecto a un determinado tema e intercambiar apoyos en legislaciones que convienen a cada una de las partes. Esa es la forma normal de operar en las democracias modernas, misma que resulta prácticamente imposible en un país con las enormes rigideces que caracterizan al sistema político actual.

 

Por lo que toca al sistema de partidos, lo que el país requiere es una gran flexibilidad para que los políticos y grupos que así lo deseen puedan migrar a otras organizaciones partidistas, existentes o nuevas. Sin embargo, todo en la legislación electoral reciente ha ido en sentido contrario: cada día se hace más difícil la creación de un partido, en tanto que se premia la permanencia de los tres grandes. Lo que México requiere es exactamente lo opuesto: la legislación electoral debe facilitar la creación de todos los partidos que se quieran, limitándolos no en el momento de su formación, sino en su acceso al congreso. Es decir, si en lugar de hacer prácticamente imposible la creación de un partido esto se facilita y, a la vez, se eleva el umbral de votos necesario para tener presencia en la Cámara de Diputados (por ejemplo, que en vez de requerir el 2% actual se eleva al 5% como en Alemania), muchos políticos podrían encontrar atractiva la formación de un nuevo partido para que sean los votantes, y no las burocracias partidistas que crearon la inflexibilidad, quienes decidan sobre lo atractivo de las ideas y posturas de esa nueva entidad. Renovar o fracasar: esa es la disyuntiva.

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